viernes, 8 de febrero de 2008

Hogar, dulce hogar


Mierda, miseria, pestilencia, miradas muertas en ojos de vida perdida. Viejos escondidos bajo la piel de jóvenes que cuentan sus años en toneladas de basura removida. No son más que niños nacidos adultos y a los que la palabra niñez les fue negada. Pilas de escombros en llamas delimitan lo que jamás fue su patio de juego pero que ha sido, es y será, por conocido, su casa. Su cocina una hoguera más, por dormitorio cualquier lugar en el que echar la esterilla y por techo plásticos y cuerdas.

¿Cómo sonreír cuando el sol se levanta sólo para quemarte la espalda y la noche cae para traerte el peligro de un camión descargando a ciegas encima de ti? ¿Cómo respirar cuando el olor del regazo de tu madre es el del plástico quemando? ¿Cómo?

Calzado en sus botas del treinta, sujeto en una mano el pincho con el recoger las basuras mientras que la otra saca de su sucio saco de tela una espada de plástico. Diríase, por ese esbozo de sonrisa que no es más que un arqueo de sus labios, que está contento. La hoja partida por la mitad y el dorado perdido de su puño evocan, punzantes, las felices horas pasadas jugando de niño, yo sí, a romanos en el parque. Su mente incapaz de recordar momentos que no existieron sólo pregunta: “Esta espada mellada y rota ¿será hoy mi sustento?”.

Su única posesión, lo único que podría perder y no puede es el tiempo. Un nuevo camión cargado de todo aquello que la gente ya no quiere, todos menos ellos, se abre paso entre negros charcos de barro y aceite. A pesar de su experiencia aún no tiene el derecho de ser el primero en rebuscar. Ése denigrante privilegio está reservado a aquellos que, inexplicablemente, llegaron, en este mundo de viejos, a ser ancianos en la veintena. Cansa, agota ver como se lanzan sin denuedo una tarea sin fin y escuchar como crujen sus espaldas soportando en los hombros cargas que les doblan en tamaño.

Observando en la lejanía, sentada bajo una lona, una madre no acude. Con la camisa levantada un pecho caído amamanta a un recién nacido. Está maldito con la maldición de aquellos que sin futuro sólo pueden sobrevivir, irremediablemente, al presente. ¿Cuál fue su pecado original para merecer esta condena?

No quiero pensar y pienso en todos aquellos que hacen cobijo de un vertedero y de cuya boca no oirás jamás “hogar, dulce hogar”. Jamás sentí mi corazón más pequeño ni mi pesadumbre más grande.

Vámonos a casa.