lunes 3 de agosto de 2009
Duro y tierno pero no cínico
Uno de las experiencias aquí es aprender a decir a decir que no, o que no tienes el dinero o que lo tienes pero que no lo vas a usar como ellos dicen pues de otro modo, a pesar de ser muy ineficiente, te arruinarías en dos días.
Cuando conoces a un liberiano de a pie, que son la inmensa mayoría, automáticamente te dice que quiere ser “your friendo”, como si la amistad fuese como el billete que se compra al subir al autobús. Ellos no entienden el significado que para nosotros tiene la palabra “friend” y nosotros no entendemos que para ellos pedirse dinero unos a otros es de lo más normal del mundo. La presión en los liberianos emigrantes para que envíen remesas a todo sobrino, nieto, hermano o primo, no ya de tercer grado, si no cualquier grado inimaginable es tremenda. Al hombre blanco se le supone aún más.
El problema principal es que muchas, muchas de esas historias son pura papanatas y mentiras. La vida no es fácil en Liberia, eso algo que nadie puede negar. Pero cuando uno se siente a hablar con la gran mayoría de esta gente se da cuenta de que las cosas no son como parecen, de que muchas son invenciones que se repiten una y otra vez. Desgraciadamente somos aquí muchos los que hemos oído la historia del hijo muerto y del dinero para el taxi. Cuándo alguien puede inventarse una historia así ¿cómo vas a creerte muchas otras menos dramáticas?
Aquí hace falta mucha ayuda y es mucha la gente que sufre. Sólo hay que abrir los ojos para verlo pero el tío del que te hablan no es tal si no un amigo lejano de la familia, el taxista tiene tele, DVD, generador, y dos coches, ciertamente viejos, pero funcionado como taxis; el amputado tiene la prótesis en casa pero no se la quiere poner porque de otro modo su efecto se disminuiría; el hombre que llora no te puede decir por qué, si su hijo está muerto en el hospital, él está en la otra punta de la ciudad; la madre que te quería vender el carbón y pedir la limosna tiene otros negocios por ahí y gana mucho más de lo que podías pensar; y al botswanés hace un mes que le vi por la ciudad a pesar de asegurarme que acaba de llegar.
Desgraciadamente, el resultado de días como las últimas 24 horas es que el cinismo y la desconfianza se instalan en muchos de los que han venido aquí para ayudar. Es una manera de saber que por estos Lares la pillería y el timo, al igual que la necesidad y la tragedia, son moneda común.
Todo me recuerda a las palabras de Carmen Iglesias en una entrevista de hace unos días sobre un personaje: Si no fuera duro, no habría sobrevivido; si no fuera tierno, no habría merecido la pena sobrevivir. Simplemente, hay que quitarse la venda de los ojos.
martes 14 de julio de 2009
Charles Taylor y los buscadores de Paz
“No quiero hablar de ello, no quiero ni siquiera tenerlo en mi cabeza” responde un conductor a preguntas sobre la Unidad Antiterrorista (ATU en inglés), cuerpo encargado de la seguridad de Charles Taylor y guarda personal de Chukie Taylor, su hijo, quien actualmente cumple una pena de casi 100 años de cárcel en Estados Unidos por delitos de tortura. Es difícilmente imaginable el régimen de terror que instauraron en Liberia (“Tierra de libertad”) Charles Taylor y su hijo. Sin embargo, el antiguo Presidente de Liberia, quien además fomentó el canibalismo entre sus tropas para aterrorizar a sus enemigos, no está siendo juzgado por los crímenes cometidos en su país sino en el país vecino, Sierra Leona. Curiosamente, Charles Taylor, a pesar de su crueldad, podría vencer limpiamente en las elecciones de Liberia de 2011 si fuese declarado inocente y volviese al país. Muchos son los que lo temen.
Liberia, al contrario que Sierra Leona, no tiene un tribunal especial para los crímenes cometidos en una guerra de 250.000 muertos, tantos como en la guerra de la antigua Yugoslavia. Los acuerdos de paz de Acrra (Ghana) de 2003 evitaron precisamente este tipo de tribunal y establecieron una Comisión de la Verdad y la Reconciliación (TRC en sus siglas en inglés) inspirada en la transición de Sudáfrica tras el apartheid. Esos acuerdos permitieron a Charles Taylor exiliarse a Nigeria (de dónde fue transferido el año pasado a La Haya para responder sobre la guerra de Sierra Leona). La inclusión también de una posible amnistía para los señores de la guerra fue una mala concesión necesaria para acabar con el conflicto.
La semana pasada la TRC emitió su dictamen final. La Comisión, cuyo mandato es el de ofrecer recomendaciones sobre cómo encauzar la reconciliación de Liberia, parece haber hecho un flaco favor a la estabilización del país. Su dictamen recomienda que los antiguos señores de la guerra sean juzgados (muchos de ellos actuales senadores) y que muchas personalidades políticas no puedan ejercer ningún cargo público durante 30 años. En un acto que algunos interpretan como político y otros como justo, esta lista incluye a la Presidente Ellen Johnson Sirleaf, admirada en occidente por su lucha contra la corrupción y su impulso al desarrollo y a la democratización del país. Los miembros de la TRC han recibido amenazas de muerte por ello y ha habido veladas amenazas de “volver al bosque” si se siguen las recomendaciones. Aunque todos minimizan el apoyo que estos antiguos señores de la guerra puedan tener, nadie olvida que a Taylor le bastó con 75 hombres para iniciar su guerra.
Han sido mucho los liberianos los que han preguntado qué hacer con la TRC, indignados como están de que el dictamen impute a su Presidente. Hay elecciones, la democracia, con una admirable libertad de prensa, se está afianzando lentamente, el país estabilizándose y desarrollándose pero la TRC, que tenía que servir para cicatrizar heridas, solo parece haber servido para echar leña al fuego no sólo por su polémico informe final sino porque han sido muchos los que han declarado ante ella y no han mostrado ningún arrepentimiento por sus actos. Los liberianos preguntan qué hacer y para qué ha servido la TRC y yo no sé qué contestar cuando pienso en las heridas que la guerra civil causó en mi país.
Como dijo sólo hace unos días Obama en Ghana, el futuro de África depende de los africanos; serán los propios liberianos quienes lo tengan que decidir el suyo. Pero el frágil porvenir de este país no se juega sólo en Monrovia sino también en La Haya y en los países vecinos como Guinea, dónde, en un movimiento que parece destinado únicamente a desviar la atención, el presidente golpista Moussa Camara ha puesto a sus tropas en máxima alerta.
Son tiempos revueltos en Liberia que ya ha pasado la crítica barrera de los cinco años de paz (más de la mitad de los guerras se reanudan antes de los cinco años). Aunque el camino hacia la paz de este país con casi 11.000 tropas de Naciones Unidas no está escrito en ningún sitio lo único claro es que Liberia no necesita más buscadores de su propia justicia y amantes de la humanidad a su manera como Taylor.
jueves 9 de julio de 2009
Reír y no llorar
Sí, lo sé, Liberia es un país pobre, de aquellos que para que salgan en la lista más vale que empieces por aba jo. Pero aquí, entre casas que no sabes si se están cayendo o están a medio montar, también la gente se echa unas risas.
El lunes andaba yo ya de paseo, acabada mi habitual ronda ministerial cuando…. Perdón, necesito un inciso para explicar lo que significa una ronda.
A veces creo que soy el sereno o una peonza, o ambas cosas. Lo primero porque la gente, de tanto que me ha visto, ya me saluda por la calle y por los ministerios, gente a la que yo ni recuerdo pero que ya me reconoce o por mi pinta de guiri (cámara al cuello, sombrero de paja y barba) o por mi cara de perdido y desamparado (cara de “¿cuánto tiempo quiere decir “ahora vuelve el ministro” pues ya llevo medio hora sentado aquí esperando?).
Volviendo a lo que me ocupa, que la cabeza se me pierde en demasiados detalles, el tema es que por ronda servidor se refiere a ir, en un ejemplo muy muy hipotético (vamos, que casi parece que me lo invento), al Ministerio de Educación, donde al llegar no hay ningún letrero que indique que estás en el edificio correcto. Entras y al ver unos buzones de sugerencias con un claro “Ministerio de Finanzas”, que está al otro lado de la calle, vuelves a salir dando por supuesto que te has equivocado. Miras alrededor “¿Hay algún edificio más de ocho plantas?” piensas pero sólo ves dos: el Ministerio Finanzas y el edificio del que acabas de salir.
Vuelves a entrar y preguntas en la “recepción”, en la penumbra de uno o dos fluorescentes que pretenden iluminar a cinco metros del suelo, con vendedores ambulantes y gente ajetreada entrando y saliendo, entre carteles de “La corrupción se está comiendo al país” y “El buen trabajador se presenta al trabajo; El buen trabajador llega a tiempo””. Por recepción se entiende una mesa, bueno, más bien un pupitre grande, en una esquina. Sí, estás en el Ministerio de Educación, te dicen. Venga, tira para arriba que el ascensor no está ni se le espera, a pesar de esa puerta que miras ilusionado pero que no hace más que dar el pego.
Primera parada, la tercera planta. Y de ahí, siguiendo al primer liberiano que he conocido de paso acelerado, el habitual ejercicio de escaleras. De la tercera a la cuarta, de la cuarta a la sexta, luego otra vez la cuarta, más tarde a la quinta y finalmente a la tercera. Allí un tipo me dice “ve a la sexta planta a hablar con los jefes”. “Pero, ¿no acabo de estar ahí?” piensas. Subes de nuevo (¿Qué más da tres plantas a pie otra vez?) Mala suerte, chaval, tendrás que esperar a otro día, los jefes no están y lo de pedir cita en la oficina con el ministro no funciona. Insisto. No. Vuelvo a insistir y funciona: consigo el número móvil del ministro. Bueno, ya se sabe, el ministro de turno, no el titular. Sorprendentemente ni siquiera he dicho quien soy (“¿Para qué sirve un secretario, entonces?” me pregunto).
Subiendo y bajando casi me he hecho amigo de un inglés al que he conocido un par de horas antes en un restaurante y al que al explicarle mi misión (sí, sí, esto es una misión y yo voy pertrechado con mis tres cartas firmadas por diferentes ministros), casi se ríe y me suelta sólo un jocoso “Good luck!”. Me lo he cruzado tres veces en las escaleras. Cuando intento en vano explicarle mi frustración a un compañero de trabajo, liberiano, éste sólo me pone su mano en mi hombro y compasivo me dice “Tengo confianza. Estoy convencido de que lo conseguirás”. ¡Tú tienes demasiada confianza en mí!
Con un número de teléfono más y un poco de paciencia menos, me dirijo al Ministerio de Justicia. Ahí, la conversación con el encargado de turno no es que lo parezca sino que directamente es de besugos. Hechas las presentaciones e indicada mi misión (recopilar todos los acuerdos de cooperación firmados por el gobierno con agencias internacionales u otros gobiernos) empieza la conversación:
- “Me gustaría saber si el Ministerio de Justicia ha firmado acuerdos de cooperación” digo yo
- “Todos los acuerdos los tiene el Ministerio de Exteriores o el de Planificación” me responde
Yo, que trabajo en Exteriores, añado:
- “No, no están todos. Precisamente por eso estoy yendo de ministerio en ministerio”
- “Eso no es posible. Yo no sé los acuerdo que el Gobierno ha firmado” responde
- “No, no me refiero a todos los acuerdos del Gobierno. Me refiero a los del Ministerio de Justicia.” especifiqué
- “Bueno, hemos firmado uno de cooperación para importar arroz….”
“¿Arroz?¿En el Ministerio de Justicia?” me pregunto por dentro.
- “No, me refiero al de Justicia”, insito
- “Ah, en ese caso me tiene que traer una lista con los acuerdos que hemos firmado para que yo le pueda comentar algo sobre ellos”.
- “Esa no lista no la tengo. Precisamente estoy intentado elaborarla” contesto
- “No, no, usted no entiende. Eso no es posible. ¿Me sigue?¿Entiende lo que digo?....
Sí, le entiendo, a pesar de ser blanco y occidental y de hablar usted en inglés liberiano, le entiendo. “¿Tanta cara de imbécil piensas que tengo?” me pregunto.
- “…..Le digo que esa lista la tiene el Ministerio de Exteriores”.
- “Es que precisamente ése el problema. Yo trabajo ahí y esa lista no existe”.
- “Pero ¡?cómo quiere que le diga yo todos los acuerdos que hemos firmado?! Son muchos. Si me trae usted una lista con ellos yo le comento”. ¡Y dale!
Así y ahí acaba mi ronda ministerial y empieza el embrujo de la ciudad. Y cuando digo embrujo no me refiero a un encanto hipnótico de hermosas ciudades (¡ja!), iluminándose en sus esquinas al caer la noche (¡ja, ja!) si no a brujos de esos de pócimas mágicas y palabras acadabrescas, de los que los libros de cuentos están llenos. Yo el lunes conocí a un brujo mandingo.
Pasaba yo por otro de esos edificios relativamente altos (unos pocos sí que hay) cuando vi una manta dividida en múltiples cuadrículas con dibujos de diferentes partes del cuerpo humano y nombres de enfermedades.
Me puse a mirar con detalle la sábana-cartel cuando apareció un tipo negro, bien negro, con un gorro de lana en la cabeza (si llueve y bajamos a 25 grados la gente se pela), comiendo cacahuetes. Le pregunté que era aquello y me explicó que él era médico y que curaba “todas las enfermedades” (¡viva la modestia!). Me dijo que traía las “medicinas” de un lugar llamado “áfrico” que resultó ser “Ivory Coast”( Costa de Marfil) como tradujo otro hombre, porque las plantas de aquí no tienen fuerza ya que llueve demasiado. 18 años se pasó el brujo en la selva para aprender su oficio Todo muy respetable, la verdad. Al fin y al cabo, herbolarios hay en todos sitios. “Herbolario” eso es lo que se leía en su tarjeta identificativa.
Pero claro, toda esa seriedad se va al garete cuando analizas los dibujos, de niño de diez años, de enfermedades reales o supuestas. Entre las primeras, la gonorrea, un muy general mal de cabeza (¡menudo dibujo con una cabeza deformada!), hemorroides (dibujo con mojón incluido) o la menstruación (sí, según él se cura pero te digo yo que si una mujer sangra como el dibujo mejor le das una transfusión); entre las segundas, los malos espíritus (por dibujo un fantasma de los de sábana blanca larga con sólo agujeros en los ojos y una equis (¿?) en la frente) o algo referido como “Education” (un chico en un pupitre, leyendo, ya ves que enfermedad ¡empollón!), que resulta ser mala memoria.
Balbucea. Está medio colocado, se tambalea y le cuesta pelar los cacahuetes. Será algún remedio casero para las alucinaciones en forma de hojas liadas para fumar, seguro.
Retira el plástico negro que cubre la carreta cargada de “medicinas” y sólo veo bolsas transparentes llenas de especias y hierbas. Nada, hombre, sólo son 30 dólares para curarte de la “Education” esa con estas yerbas. Una ganga. ¿Y qué me dices de una bolsa de un marón amarillento en la que un papelito se lee “Curry”? “Disculpa pero de pollo al curry yo no tengo mucho” Se me vienen a la cabeza todos esos soldados indios de Naciones Unidas que veo a menudo y me imagino que de algo, no sé el qué, estarán muy sanos porque comen mucho curry.
Y los anillos ¿Qué decir de los anillos y las pulseras? De un dorado viejo y un hierro un tanto oxidado son de fácil uso; uno se los pone tres días, no más (dosis precisas, que para eso es brujo) y dice unas palabrejas y ya está, sanado de malos espíritus. Lo mismo para el dolor de espalada. “Si es que seré yo estúpido preocupándome por cómo me siento, estirando y haciendo natación” piensas “cuando con un par de anillos, ¡zas!, chic chac, curado”.
La conversación con el brujo no sé si me curó de algo más que de espantos. El buen humor del que me puse lo atribuyo a la charla y no a esos efluvios que me recordaban a algo conocido como marihuana pero que mi ignorancia de hombre no africano puede confundir con algo que no era. Pero juraría que olía igual que durante las fumadas en el campus de la universidad en las que la gente, ya bonachona por todos esos humos, se reía largo rato.
Ayer, en medio del diario diluvio universal, me volví a acordar del brujo y de mis risas. Mi conductor chascaba los labios a modo de sortilegio cada vez que veía un relámpago pues si el chasquido se hace antes de que se oiga el trueno uno está protegido en la tormenta. Él dice que no lo cree (“Eso no son más que tonterías”) pero igualmente lo hace. Cambiaba de marcha y mmcchh; giraba el volante, miraba fuera, veía un relámpago y mmcchh. Aquí llueve mucho, mucho, así que cualquier ayuda es buena. Sin embargo, pude comprobar más tarde que o bien es cierto que es mentira, o que mi conductor no sabe chasquear bien los labios o que yo tendría que haberlos chasqueado.
En unos de esos charcos que parecen lagos pues casi tienen olas cuando pasa un coche (y, que por cierto, se están formando ahora mismo con la que está cayendo) nos quedamos parados. Al ver como se acumulaba el agua le dije al conductor que mejor la esquivase pero el me dijo que no, que yo no sabía. Te lo han dicho tantas veces y tantas ha resultado ser cierto que al final ya no rechistas; ni lo intentas. “Si pasa ese coche, pasa yo” me dijo. “Vale, pero ¿no es ese coche algo más alto que el nuestro? Ni caso, y piensas “soy tonto”. Arrancó y derechitos al agua. Por un momento pensé que íbamos a pasar pero en medio de ése ya casi lago la furgoneta empezó a renquear y a toser como un viejo hasta que se paró muerta, bien muerta. Ahí, en medio de un creciente pantano con el agua que llegaba por la puerta.
Glu, glu, glu, se oía en el motor cada vez que pasaba un coche por nuestro lado. Agh, ahg, cuando intentaba poner en marcha inútilmente el motor. Parados, glu, glu, glu, agh, agh, ahg, mmcchh y un “¡Quiero mear!” del conductor. A sólo 20 metros de nuestro destino. “¡Quiero mear!”. Si quieres orinar ¿qué te voy a decir yo buen hombre?. Pues nada, la verdad. Tampoco hubieran hecho falta mis consejos porque el tipo abrió la puerta y, ¡zas!, cremallera abajo para aliviarse, como si fuera un niño apuntando al charco para salpicar lo más posible.
Digo yo que ya habré aprendido a tener paciencia porque mientras mi conductor, una vez ya aliviado, intentaba ingenuamente (por una vez el ingenuo no era yo) poner el coche en marcha, yo estaba sentado detrás comiendo unas magníficas galletas María (sí, de las de verdad, hechas en Palencia) con chocolate.
El conductor pretendía meter mano al motor y no se explicaba que el tubo de escape estuviera dentro del agua. Metía mano y yo pensaba “¿Con que vas a sacar el agua? Además, por mucha agua que saques, como no vacíes todo este pantano no vas a hacer nada”. Glu, glu, glu, cada vez que pasaba un todoterreno (los coches ya no pasaban). Mi conductor sin saldo en el teléfono pidiéndome el mío para hacer llamadas (con sólo un par de dólares y con una red que fallaba) suplicando que le mandaran a alguien que en un momento pondrían el coche en marcha. “Ahora, ahora” le contestaban. Seguro que vienen, pensaba yo irónicamente. “Pones el coche en una rampa, el agua sale del motor y punto, como nuevo” me decía. Sí, sí, lo que tú digas pero yo sigo con mis galletas. “¿Qué haces que no paras de comer?” me gritó medio riéndose dándose cuenta de la situación. “A ver, explícame qué quieres que haga” le contesté. En ese momento el liberiano parecía yo y el impaciente hombre blanco él aunque al final acabamos los dos desternillándonos de risa. Por suerte para mí, un amigo mío pasó por ahí y, como en las operaciones de salvamento marítimo, pude pasar de un vehículo a otro. A él le tocó esperar entre chasquidos de labios y glu, glu, glus.
De vuelta a casa, mientras un coche se aprestaba a cambiar la rueda en medio de la calzada, colapsando el tráfico, (¿Por qué vas a mover el coche si lo puedes hacer ahí?) me acordé de un liberiano que el día antes me dijo “Las lágrimas no traen risas pero las risas traen lágrimas”. Vamos, para qué llorar si puedes reír.
jueves 18 de junio de 2009
Sufrir y añorar
Al ver la cámara, Abu, con el característico “You, White man!”, me ha llamado al pasar enfrente suyo. En cuclillas, me pide una foto mientras con un palillo pincha un trozo de carne en el cubo de una vendedora ambulante. Me arrodillo, enfoco y disparo. Nos ponemos a charlar.
Abu, que ronda la cuarentena, tiene dos críos, el mayor de los cuales no pasa de los seis años. Su madre tuvo un infarto hace poco y su padre murió hace ya veinte años. Abu no trabaja, trapichea vendiendo algo de carne estofada para sacarse alrededor de un dólar y medio al día. Poco dinero, poca comida y críos creciendo. Abu sufre.

Empezamos a hablar mientras un grupo de hombres curiosos, jóvenes, adultos y viejos, comienza a rodearnos. Como es habitual la conversación empieza con preguntas sobre mí y sobre mi trabajo: qué hago en Liberia, para quién trabajo, por cuánto tiempo y las demás preguntas del interrogatorio popular. Yo pregunto sobre qué opinan de toda esta marea de extranjeros que está en el país, de la misión de Naciones Unidas y del país en general. Abu está descontento sobre cómo van las cosas. En realidad, más que descontento. Piensa que el país no marcha bien y razón no le falta: “There are no Jobs”. Lamenta que nadie escucha a los pobres. “The government” se queja “doesn’t listen to us”. Mencionarle una larga serie de programas de ayuda que se están llevando a cabo sólo sirva para que responda:
- “The school is not free. The hospital is not free. There is nothing free for the poor”
- “What would you do to solve the problems?” le pregunto.
- “Education” responde primero. “Hospitals” añade un tanto después.
Abu, como el resto de sus compatriotas, habla de la educación como de la panacea a sus dificultades. Pero ¿cuántos años tarda en educarse una persona hasta que realmente contribuye a levantar el país? ¿cómo ayuda eso a solucionar el hoy de Abu, no sólo el mañana? Entiende que sí, que ahora hay cosas que van mejor pero como dice él “It will be too late for me”. Y sufre.
Abu se queja de que no puede comer, de que el dinero sólo le da para comer una vez al día. Hace tan sólo unos minutos que le he visto llevarse un trozo de carne a la boca y se lo recuerdo. Medio sonríe y me replica:
- “This would make you sick”
- “Why?” pregunto.
- “Spire” responde y repite más de una vez.
- “What do you mean by “spire”?”
- “Not good. Spire. Date passed” intenta hacerme entender. Lo consigue; comprendo: “Expired”, carne caducada. Ése no es alimento con el que alimentarse y dar de comer a sus hijos: Y sufre.
Abu, sin embargo, es consciente de que hoy, donde antes había fango y charcos varios meses al año, hay una carretera asfaltada. Pero Abu no entiende que esta fina capa de asfalto no llegue a su barriada y que haya sido construida, como tantas otras cosas de este país, por los chinos; no entiende que a pesar de ser todo músculo no haya podido alzar pico y pala; no entiende que varios meses al año se siga enlodando para entrar y salir de casa. Y sufre.
Abu ve los postes que se alzan cargando electricidad y que empiezan a iluminar aunque sea tristemente las noches tan oscuras de la ciudad. Pero Abu no entiende que la noche sólo brille para unos pocos porque ni él ni toda la cuadrilla a mi en derredor pueden pagar las, para ellos, desorbitadas tarifas de la compañía eléctrica. El día que el dinero da, pocos, Abu usa lámparas de parafina o carbón y linternas con baterías que milagrosamente aún se recargan a pesar del óxido incrustado. El día que el dinero no da, la mayoría, las oscuras tardes de lluvia y las noches siguen siendo más negras que el añorado carbón. Abu no tiene luz. Y sufre.
Abu ve pasar todos esos camiones cargados de soldados de casco o gorra azul y entiende que han ayudado a acabar la guerra. Pero él, como todos los demás, no entiende que no se paren a ayudarle cuando le atracan y que le manden a buscar ayuda a la policía, bien conocida por sus actos, no de servicio sino de corrupción. Abu se siente inseguro. Y sufre.
Abu no comprende para qué viene tanto extranjero a ayudarles si jamás ni a él ni a la cuadrilla de obreros que tengo al lado les han consultado nunca. “They don’t help me” argumenta. No se explica que el dinero que entra al país sea más que el presupuesto del gobierno, que les hayan perdonado miles de millones de dólares en deuda (cifras inmanejables para él y para mí), y que él, cuando necesita dinero tenga que dirigirse al prestamista del otro lado de la calle que le cobra un interés del 50% mensual. Abu no entiende que la usura es abuso pues es algo natural y común. “It’s business” argumenta “You take it or you leave it” como si tuviera alguna otra opción. Atrapado en un agujero de deuda que se cubre con más deuda “Dig hole, cover hole”, se resigna. Y sufre.
Abu, mientras hablamos de los nuevos proyectos de saneamiento de Monrovia juguetea con un pequeño sobre blanco de plástico. Me pregunta de si en España tenemos agua corriente pues no entiende que en este país, que en algunos puntos conoce más de cinco metros de lluvia al año, casi todos sigan bebiendo agua caldeada al sol y yendo a buscar el agua al pozo o a la charca para lavarse.
- “Do have soap in Spain?” inquiere.
- “Soap?” pregunto extrañado. “Yes, we do”
- “No. This soap” dice y adelanta el sobre con el que estaba jugueteando hace un momento.

Puedo leer “Excel. Ultra detergent powder”. Detergente protector de colores con el que lavarse pues es más barato que el jabón de cuerpo. En un país que muy cercano al ecuador conoce como propio el calor sofocante sorprende que un hombre te diga “It can make your skin very hot”. Pero Abu se lava con él y calla. Y sufre.
Abu añora el pasado; Abu extraña a Taylor.
Este hombre que se sienta delante de mí no es ningún santo. Sufre pero también ha hecho sufrir. El hombre con el que llevo ya un rato charlando echa de menos la guerra; está convencido de que sólo las armas pueden traer cambio a este país. Le pregunto si no prefiere la paz y me responde que entiende que ahora hay algunas cosas que van a mejor pero que él casi no puede comer. “I was making 3.000 or 4.000 dollars a day”. Dólares liberianos me aclara, equivalente a varias decenas de dólares, mucho más que su paupérrimo dólar y medio actual. Y añora.
El tipo que sigue sentado delante de mí apoya a Taylor. “He is my great leader” me da como única respuesta cuando le pregunto por qué iría de nuevo a la guerra. “If he says we go to war, I will follow him”. No atiende a razones; no me da ninguna explicación de cuál fue la causa de la tantos años de matanzas pero no se apoca en su apoyo a un hombre que está siendo juzgado por crímenes de guerra. “He taught me everything I know” justifica. Y añora.
El individuo con el que sigo hablando pasa a contarme con detalle una de esas enseñanzas. Con el dedo justo por debajo del codo, a modo de cuchillo, me habla de cómo cortaban los brazos de los cadáveres y hacían sopa con ellos para comer entre la tropa; de cómo sacaban la piel y los tendones y de cómo comían “the engine”, es decir el corazón, el hígado y demás vísceras de aquellos a los que habían asesinado. Con contundencia pero sin alzar la voz ni cambiar el tono me asegura “If they try all our generals at the criminal court, we will go to war”. ¿Es posible tener Justicia y Paz o hay que escoger entre Justicia o Paz? Explica y añora.
Han pasado seis años desde que se acallaron las armas en este país pero no está claro que se haya apaciguado el ardor guerrero. Hombres que empuñaron armas ven pasar monótonamente días anodinos que sólo sirven para echar la vista atrás y reforzar la creencia de que tiempos pasados siempre fueron mejores. Éste es el peligro de Liberia.
Abu sufre, el antiguo soldado añora. “I’m suffering” me dice el primero con su engañosa media sonrisa. “It’s so easy to kill” dice el segundo en un tenue suspiro que no es más que un pensamiento dirigido a si mismo. A sus espaladas, un cartel anuncia: LBDI: Liberia Ready for Business.
martes 16 de junio de 2009
El Prestige y el subdesarrollo
Liberia, a pesar de ser tan pobre, es una potencia mundial. Con una costa de tan sólo unos pocos cientos de kilómetros y con el puerto de la capital que se hunde Liberia es una de las potencias marítimas más grandes del mundo. Al menos, sobre el papel así consta. Son cientos los barcos aquí registrados. Pura falacia, todos lo saben pero Liberia enarbola el pabellón de la Bandera De Conveniencia.
Han sido muchas y airosas las quejas en contra de esos convenientes pabellones que permiten a un buque registrarse en un país sin casi ningún trámite; incluso es posible hacerlo por Internet. Fueron muchos los que alzaron la voz en contra de estos países que permiten crear agujeros negros legales (negritud que ya sabemos dónde acaba incrustada). Sin embargo, pocos saben que las principales potencias mundiales, europeas entre ellas, apoyaron el uso de esas convenientes banderas cuando se cuestionó su existencia allá por 1958, al entrar Liberia en la ONU.
Son muchas las protestas, reproches, críticas y lamentos por el uso de esos buques pero ¿acaso alguien se cuestiona el por qué de ellos?
Liberia es un país malditamente pobre. Son 3,5 millones liberianos, seis de cada 10 de los cuales viven por debajo del linde de la pobreza (límite que aquí se sitúa en unos 250 euros al año). Aparte de lo que gaste aquí la ONU y demás agencias internacionales, el presupuesto nacional para el año que viene es de unos 212 millones de euros. El presupuesto español para 2.009 contempla un gasto de 157.000 millones de euros. Es decir, Liberia, con una población trece veces menor que España, tiene un presupuesto que es sólo el 0,13% del español.
Todo lo anterior viene a cuento porque uno no ata cabos hasta que acude a una conferencia de prensa de la Presidente. En ella varios periodistas le preguntan repetidamente sobre una diferencia de ni siquiera un millón y medio de euros en las aportaciones al presupuesto por parte de la compañía registradora de navíos. 14 ó 16 millones de dólares, ése el problema. ¿En qué país desarrollado se interpelaría a su máximo dirigente por esa diferencia cuando se habla de los presupuestos para todo un año? Sencillamente a ninguno.
La explicación es aleccionadora. Liberia ha tenido que entrar en una guerra de precios con las Islas Marshall, otra de las principales potencias mercantes mundiales, para volver a captar a los buques que atraídos por tarifas más bajas y menos regulaciones se estaban registrando en aquellas. De ahí, el descenso en ingresos.
Liberia no enarbola el pabellón de la Bandera de la Conveniencia y reduce sus tarifas sólo para dar más márgenes de beneficios a patrones de barcos y navieras. No. Libera lo hace por pura necesidad. Cuando el precio de su principal materia prima, el caucho, se hunde un 40% a consecuencia de la crisis, ¿de dónde sacar dinero para levantar el país? Cuando hay hambre no hay pan duro. Y aquí hay mucha hambre.
Estoy convencido de que los liberianos estarían encantados de no formar parte de esos países tan convenientes y de que su presidente no tuviera que responder a preguntas sobre diferencias que son sencillamente ridículas para unos presupuestos generales. Pero también estoy convencido de que uno no puede ir a decirle a un liberiano que refuerce sus controles marítimos para que nosotros nos sintamos más seguros cuando la grandísima mayoría de sus gentes, como el compañero que se sienta a mi lado en el ministerio, encuentra normal comer sólo una vez al día.
El futuro de países como Liberia y el de nuestras costas se juega mucho en Occidente no sólo porque podamos imponer mayores regulaciones sino porque consigamos que países como Liberia avancen en eso llamado desarrollo, que aquí podríamos entender como desayunar, comer y cenar el mismo día. Ésa es la auténtica marea negra que les azota a diario. Nosotros ya limpiamos los restos en nuestras costas mientras que ellos siguen de lleno en ella.
jueves 11 de junio de 2009
Despertando en Liberia
Tenía que reventar y reventó. Tanto quejarme yo de que vivía en una burbuja por ir del trabajo a la oficina y de la oficina al trabajo que al final tenía que estallar.
Al principio todo resulta llamativo, exótico y hasta en cierto modo divertido. Es el ciclo natural: primero te divierte, luego te enerva y al final lo acabas aceptando. Hoy, tras dos semanas y media en Liberia, he pasado de la primera a la segunda etapa. Recapitulemos.
Tras haber empezado este oscuro día de lluvia animado tras visitar la escuela de mi amigo Manuel, un hermano marista que lleva seis años aquí, he llegado al trabajo. Ahí se ha empezado a torcer el día.
Aclaremos que estaré trabajando para uno de los ministerios del gobierno de Liberia durante poco más de dos meses y llevaré a cabo un estudio sobre la ayuda que ha llegado al país en los últimos tre años. Para ello es necesario que todos los ministerios me echen una mano y como los liberianos son muy protocolarios uno de los ministros de mi ministerio me firmó una carta “a quién corresponda” pidiendo colaboración. (aclaración: ministro, entendido al modo español, sólo hay uno pero entre vice-ministros y asistente de ministros, a quienes hay que siempre que llamar “Ministro” para no meter la pata, la lista se alarga).
Al llegar al ministerio me avisan de que el ministro (el de verdad, no de esos ministros subalternos) de otro ministerio al que tenía que ir hoy no acepta esos términos generales y exige una carta dirigida personalmente a él por el ministro. Aunque reconozco que resulta un incordio pienso que tampoco es para tanto porque sólo hay que cambiar la cabecera. Pero ¿Cuál es el nombre exacto del ministro a quien dirigir la carta? “Pregúntalo en protocolo”. El incordio va en aumento. Subo una planta y llego a la oficina de protocolo. De paso pido ya una lista con todos los ministerios y ministros intuyendo que ésta sí es la primera vez pero no será la última vez que suceda. “Lo siento pero ahora el sistema no funciona”. ¿¿¿Alguien sabe el nombre exacto de uno de los principales ministros del país??? Cuando el sistema ya funciona y pienso que tendré la lista llega la noticia del día: “No tenemos tinta”. La impresora está seca y lógicamente no me pueden enviar la lista por correo electrónico porque no hay Internet.
“No tenemos tinta”, frase más repetida del día. Ahí descubres lo que es trabajar en un país tercermundista con tantas restricciones presupuestarias. Lo habías entendido cuando te habían dicho que para las visitas a los otros ministerios el taxi te lo pagas tú porque no hay transporte disponible. Sin embargo, lo de la tinta sí que te pega de lleno. ¿Cómo se supone que voy a escribir una carta si no puedo imprimirla? Mi departamento también se ha quedado sin tinta, así como en no sé cuantas oficinas más. Tras dar más vueltas que Mortadelo y Filemón en las ventanillas de la T.I.A. he bajado, acompañado de un compañero, a la oficina de material.
Primera pregunta a mi compañero: ¿Has hecho una petición oficial de tinta? Respuesta: No. (aclaración: la tinta se acabó ayer). Tras varios tomas y dacas interpelo yo al funcionario: Si hacemos ahora la petición ¿cuándo podremos tener la tinta? Respuesta simple: No tenemos. ¡Toma ya! ¿Por qué no has empezado por ahí? Pues nada, vuelta a arriba (aclaración tres (¿Cuántas aclaraciones tendré que dar?): sólo hay un ascensor y está reservado para la presidente así que de la primera a quinta planta todo el día por las escaleras).
Finalmente, tras enfadarme, patalear, tener que recomponerme y casi lloriquear he conseguido que alguien me dejase imprimir la carta. ¡Qué contento estaba yo porque casi había acabado! Ingenuidad de “White man”.
A falta del ministro titular, hay un “acting minister” que actúa de ministro titular. La anterior carta la firmó el entonces ministro en funciones pero hoy le tocaba a otro. En principio, eso no debería causar más problemas que cambia la firma ¿no? ¡No! He tenido que hacer 5 borradores diferentes, cada vez pensando que era el último pues el ministro me daba su visto bueno para cada vez volver a tener que bajar una planta a hacer cambios. ¿No hubiera sido lógico hacerlo en formato digital para ahorrar tiempo, papel y la tan preciada tinta? No opina así el ministro.
Eran las 10:00 de la mañana cuando, en vano, he intentado argumentar al otro ministerio de la validez de la carta. Eran las 15:00h cuando, rendido ya tras cinco borradores, le he entregado la carta a un asistente para que la acabase él. ¿Cómo será el tema que hasta él me ha dicho “quiero dejar atrás esto hoy”? A las 16:00h aún no estaba acabado el tema. ¿Estará mañana? Desgraciadamente no me sorprendería si no estuviera. Y todo esto con apretones de manos, chasquidos de dedos y sonrisas como si no pasara nada (porque en realidad, y ése es el problema, es que no pasa nada) que no hacen más que añadir frustración para que te lleves las manos a la cabeza.
Aclaración cuatro. Esta aclaración requiere un punto y aparte: el saludo liberiano requiere un cierto aprendizaje y parece un saludo quinceañero “guay”. Empieza con un apretón de manos convencional pero a partir de ahí hay varias opciones. La más común es dejar ir la mano despacio, deslizándola, para acabar chasqueando los dedos corazón y pulgar. Otras veces las manos se enlazan en una serie de movimientos para acabar con el consabido chasquido. También puede uno chocar los puños y con el puño aún cerrado golpearse el pecho a la altura del corazón. Pero volvamos al ministerio.
O mejor, a como irse del ministerio. Debo añadir que llevaba todo el día entre crecientes dolores de estómago y arcadas regalo de alguna comida contaminada. Irse del ministerio es más fácil de decir que de hacer. A pesar de que la marea de taxis amarillos le inundan la vista a uno parece que no hay suficientes para surtir a Monrovia. Para coger un taxi hay que dar codazos, literalmente. Hay una hilera de gente en la “parada” del taxi. Al llegar, uno se pone al final para descubrir que aquello de de fila tiene lo mismo que Joan Gaspart de merengue. El taxi llega con la mano del taxista haciendo misteriosas indicaciones sobre hacia dónde se dirigo (nota aclaratorio (una más): los taxis se comparten) y la gente se abalanza literalmente sobre él. Al principio, como vas trajeado no te metes en harina pero al final, harto de esperar, con retortijados y tras cuarenta minutos bajo la lluvia sacas punta a tus codos. Sin embargo, el resultado puede ser que te metas en el taxi equivocado y que tras doscientos metros tengas que bajarte entre risas de todos los demás pasajeros que entre labios murmuran jocosamente “White man, White man” como si eso fuera sinónimo de tonto. O también puede ser que aciertes y encuentres un incómodo acomodo en el asiento trasero con otros tres pasajeros más. Ahí, bien apretado y oliéndolo el sobaco a al pasajero de cada flanco, oyes al taxista que le dicen al afortunado pasajero del asiento de delante “abróchate el cinturón que ahí delante está la policía”. Y ¿qué pasa con los cuatro que vamos detrás dejando de vez en cuando la puerta abierta para poder ir más anchos?¿no dirá nada la poli? Pues no.
Al cabo de varias paradas para dejar y recoger a nuevos pasajeros (con el consiguiente apretujón en el asiento trasero) he conseguido llegar a la clínica. He llamado al médico desde el coche y según él “everything is clear”. ¿¿Cómo va a estar todo bien si llevo varios días que parezco Belcebú por la cantidad de azufre que echo por la boca?? Los dos hablamos inglés pero parece que él hable chino y yo suahili, tan diferente es el inglés liberiano del que uno aprende. Aunque la insistencia (los retortijones pueden maravillas) consigue que nos entendamos y al final me recete un antibiótico. Ahí en la clínica de una ong (nadie, absolutamente nadie, ha ni siquiera mencionado el “sistema” liberiano de salud para que te curen) piensas en qué pasaría si necesitaras una gastroscopia o resonancia magnética. ¿Cuánto tardarías en llegar a Dakar en avión? te preguntas.
A la salida de la clínica, la misma historia con el taxi. Pero esta vez con el añadido de que como estás en la carretera pasan camiones que levantan una nube de agua sucia y acabas con tu traje hecho un desastre. Un par de taxis más tarde (el segundo lo he cogido para mí solo en vez de esperar a que se llenase) he llegado a casa. He salido del ministerio a las 15:00. He llegado a casa a las 17:00h y sólo he estado 10 minutos en la clínica. El resto, pasado a la caza y captura del taxi. ¡Cómo se echa de menos un buen sistema de transporte público!
Mañana será otro día; habrá luz, no lloverá, mi estómago no reclamará atención, no me subiré a un taxi, y tendré tinta en la impresora y la carta en mi mesa. Pienso esto y en mi cabeza resuenan al unísono varias voces desternillándose: ¡White man!
domingo 3 de agosto de 2008
El fin de un capítulo
Cada cara, reflejo sonriente de un alma fuerte que algún día se resquebrajó, me ha concedido el honor de entrar en su vida y me ha enseñado lecciones para las que no hay escuela: humildad, sufrimiento, aceptación, superación y lucha diaria. A través de ellos aprendí la sencillez, el valor de la presencia y la felicidad de recibir tanto al dar tan poco.
Nunca me gustaron las palabras cursis, demasiado dulces o rimbombantes pero, sentado en mi cama a miles de kilómetros de sus lechos, siento que éste ha sido el lugar en que me he hecho hombre aunque mi cabellera hace tiempo que luzca claros en la frente.
No te escribí porque dediqué este último mes y medio a disfrutarlo en todos sus minutos, mañana, noche y madrugada, con aquellos que tanto me han dado por tan poco recibido. He necesitado de todo este tiempo para arrancarme de ellos. Al hacerlo sentí mi corazón negarse a acompañarme y no han sido pocas las lágrimas derramadas por ello.
En este año y medio no han sido poca las veces que he oído como me felicitaban, me elogiaban y me daban las gracias por estar ahí. Lo agradezco pero en verdad te digo que no hay nada más alejado de la realidad. Los valientes de verdad, los héroes a diario, son ellos, los camboyanos, porque, seamos sinceros, ellos no pueden coger un avión e irse a otra tierra si las cosas se ponen feas o necesitan buscar un trabajo. Son ellos los que han de sacar el país, su país, adelante y los que sufren y lo pasan mal y peor. Yo he sido un privilegiado al verlo y entenderlo.
Todo tiene un principio y un fin. Pero éste ha sido para mí sólo el fin de un capítulo de un libro que ha de seguir y del que no puede haber punto final. Podría contarte aún muchas cosas, buenas, malas, mejores y peores de este país y de sus gentes, ¡tantas cosas se quedaron en el tintero!,pero jamás, aun repasando una y mil veces el diccionario, encontraré el modo, el vocablo, el verbo que exprese la felicidad contenida en tantas lágrimas derramadas y el agradecimiento que, en vano, intento comunicarte.
Si me preguntas cómo estoy te responderé que triste pero que, incluso en lo más íntimo de mí, allá dónde se guardan las penas más profundas, soy feliz. Soy feliz porque (y yo mismo sonrío al leer esto pues suena muy místico) encontré mi camino. Tantas veces oí que es más feliz el que da que el que recibe y al final tuve la dicha de comprenderlo. Dando sólo un poco de mi tiempo he recibido la experiencia de mi vida.
Seguro que te preguntas el por qué de mi partida. En esta larga lucha interna y eterna de la cabeza y el corazón acabé en tablas. Comprendí que lo más justo para ellos es ayudar en la medida de tus posibilidades y entendí que para ello he de estudiar más para comprender y colaborar mejor. Pero el corazón, apasionado él, impuso el retorno.
Me voy para volver a un lugar del que nunca escaparé porque ni quiero ni sé huir de aquellos que en su empujar las sillas de ruedas, en su constante caminar de muletas y prótesis, me han completado. Mientras, con los ojos ya resecos, soy la prueba de que se puede vivir sin corazón pues el mío se quedó bombeando en Camboya.
sábado 14 de junio de 2008
Va de fotos
Rostros:
¿Alguien se ha fijado en la cara del gato? Sufren como canallas.
¡Cuán diferente puede ser la vida de un niño! El basurero, el lago aunque casi siempr una casa de paja y uralita.
El mercado. 3 fotos en 3 minutos: Esperando sentada, en la peluquería y abuela y nieta echando una siesta.
Mi calle y el cielo de cada tarde.
Yendo a la escuela:
Y el tempranero juramento diario a la bandera:
Mi trabajo. ¡Qué fácil es! Nunca es gratis, siempre cobro pues todos me sonríen.
La Camboya rural: El transporte de ayer y el de antes, persiguiendo a un posible cliente que se baje de la furgoneta.
Una ciudad cualquiera y una mujer llevando un coclhón en una moto. Lo importante: el colchón.
La Camboya moderna: Phnom Penh, la capital, atascada.
Aquí abajo uno de tantos restaurantes en los que suelo comer. A la derecha, la vaca, animal de compañía.
De celebración. Atravasendo con la moto la carpa de una boda (siempre las montan en medio del camino). A la derecha, de bendición; siempre con agua.
El pescado es básico en la dieta camboyana.
Una casa en el campo. Afortunados ellos, tienen letrina. Por cierto, los 3 hombres que se ven en la foto de la izquierda trabajan conmigo y juntos suman sólo 3 piernas.
Estas cocinas no saldrán en el Nuevo Estilo.
Las minas. Pesadilla y tortura inmisericorde, inhumana e infinita. Ayer llegó Makara a nuestro centro: 16 años, hace 4 meses una bomba abandonada le voló la pierna por encima de la mitad del fémur.
¿Alguien puede decirme que hay tras esa ventana de la escuela, justo al lado de los lavabos? Respuesta: el mismo cartel que aparece en la foto de la izquierda.
Amor puro e incodicional, amor de madre: Ratanak y su madre.
Los chavales de Arrupe, una lección diaria de superación del ser humano.
Cultura camboyana PARA TODOS:
¡Qué guapas! ¿Dirías que estas dos niñas tienen polio?
Sophon, una de las estrellas del grupo de baile de Tahen
Yo, en la cumbre y en el foso. Ataviado como un camboyano sólo con un cromá (pañuelo típico), con los pies descalzos y doloridos, subido a un palmera. A la derecha, yo en mi "cama" de un hostpital chino tras pillar la peor intoxicación de mi vida.

Simplemente Camboya. Llanamente mi felicidad.
lunes 9 de junio de 2008
¿Otro mundo es posible? Que alguien me lo explique
Escucho a menudo que "hay que huir del materialismo, del consumismo". Estoy de acuerdo. También creo, sin miedo a equivocarme, que queremos mejorar nuestro nivel de vida y que nuestros hijos pueden vivir igual o mejor que nosotros. No creo que nadie quiera vivir en las condiciones del principio del siglo XX. Sin duda, hemos mejorado económica y socialmente. Nada que decir a nivel sanitario; nuestra esperanza de vida se ha disparado: en España vivíamos una media de 34 años en año 1.900 frente a unos 80 hoy en día. En resumen, con todos los avances nutricionales, sanitarios y tecnológicos hemos pasado de ser 1.600 millones de habitantes en el año 1.900 a ser alrededor de 6.600 millones de personas. 6.600 millones a los que hay que satisfacer sus necesidades.
Esto es como en cualquier familia: a más hijos menos herencia que repartir. En este caso, a más poblacíon menos recursos por cápita. Es decir, que a menos que continuamente produzcamos más riqueza, tendremos que repartirnos el mismo número de camas de hospitales o de plazas en colegios públicos entre cada vez más personas. Eso, traducido, quiere decir, a la larga, pobreza.
Aquí es cuando entonces aparece lo de "hay que huir del materialismo, del consumismo". Curiosamente, leo estos días en los periódicos que los constructores (o cualquier hijo de vecino que tiene un piso que vender), productores de electrodomésticos, productores de automóviles,... están poniendo el grito en el cielo porque nadie compra. Si nosotros no queremos comprar (digamos que esta "crisis" o "desacelaración acentuada" es una huida obligada del consumismo), las empresas no podrán vender. Entonces, ¿qué pasará con sus trabajadores? Pues que no habrá dinero para pagarles y acabarán en la calle. Si acaban en la calle no podrán generar riqueza y tan sólo consumirán recursos públicos (subsidios de paro, atención sanitaria, formación laboral,etc...) habiendo menos gente que pague por ellos. Entonces ¿es bueno un bajó del consumismo? Yo supongo que la gente que no está a favor del consumismo, sí querrá tener un trabajo.
Nos gastamos auténticas fortunas y hacemos esfuerzos denodados para que el campesino y el pobre del tercer mundo tenga algo que comer. Pero, a menos que creamos en la absoluta autosuficiencia, ésto pasa por el comercio (ahí están las tiendas de "comecio justo"). Pero si nadie compra sus productos, el esfuerzo es vano y la inversión pérdida.
Puede que el auténtico reto sea decidir hasta qué nivel de desarrollar estamos dispuestos avanzar para huir de esa "cultura del consumismo". Mientrastanto, no estando dispuestos a bajar nuestro nivel de bienestar y teniendo cada vez más gente entre la que repartir todo, no hay más camino que seguir generando riqueza.
Consecuencias negativas de este consumo, y de la producción que necesita, hay muchas y son muchos los libros escritos, que no caben en este artículo.
No obstante yo, cuando veo a un mutilado orgulloso de rehacer su vida a través de una preciosas tallas de madera que vende al turista (que en realidad, huyendo del consumismo, podrías haberte ahorrado), creo que el consumismo tiene una gran parte positiva. Es éste, la venta de tallas, su "otro mundo" ya hecho posible.
miércoles 4 de junio de 2008
¡Vaya mierda de vida!
viernes 23 de mayo de 2008
Un juego imposible: fútbol con bombas de racimo

De entre todo lo que es un balón sin serlo prefieren las latas; son resistentes, pesadas cuando se aplastan, van lejos y tienen múltiples colores. Son rojas como la sangre, verdes como las uvas, azules como el cielo, doradas como la cebada, amarillas….
Amarillas como la que tienen enfrente que, como una botella en el país de las maravillas, está pidiendo a gritos ser el balón que lleve a la victoria de ese partido interminable que cada tarde juegan dos chavales de once años al volver de la escuela. El rubio se para calmo, coloca el balón-lata en un pequeño hueco en el suelo y se dispone a lanzar el penalti que selle el desenlace. El moreno, a modo del mejor portero, se lanza al suelo, enérgico, rebotando como un muelle estirando sus huesos hasta casi desencajarlos y alargando sus manos suspendido en el aire.
¡Bum! Una explosión sacude el aire llevándose consigo el ánimo, el partido, los cuadernos. En medio de todo, además, un brazo, un ojo y casi el otro, tres dedos y la esperanza de un niño. Silencio, muerte en vida, sangre y gritos. Negro y rojo tiñen el blanco de la inocencia.
“¡Goooool!” clama exaltado y saltando un muchacho de media melena en el portal de su casa al tiempo que el moreno también grita, en la otra acera de un lugar olvidado del mundo, desde el fondo de un alma y un cuerpo rotos su dolor a la entrada del hospital que a partir de ahora será su casa.
Fue el amarrillo un sol de estío para uno y una vil trampa encerrada en una bomba de racimo para el otro que ha estado esperando treinta años, ignorante de la paz firmada antes de que nacieran e irreverente con esos acuerdos, para lograr el objetivo para la que fue creada: matar, mutilar.
Dos niños como dos gotas de agua en sus sueños de jugadas que sólo la imaginación inocente es capaz de crear ¿La diferencia? La fortuna de haber nacido en una tierra que no conoció las bombas de racimo. No vimos la luz en Laos, Camboya, Afganistán, El Líbano, Vietnam, Marruecos, Serbia, Irak, ….
Afortunado eres tú, afortunado soy yo. Mutilado es Ratanak, once años, de músculos potentes y finos, bajo, de pelo ralo y piel morena, manco, tuerto y desgarrado en cuerpo y alma que a pesar de todo me sonríe cada día cuando le abrocho unos botones que sus manos ya no pueden.
viernes 16 de mayo de 2008
De Camboya a Birmania: 800 kilómetros y un mundo
lunes 12 de mayo de 2008
Phnom Penh, una ciudad feneciente

Pasearese por Phnom Penh es hacerlo por una ciudad cuya alma está feneciendo desangrada por los puñales de los primeros y venideros rascacielos que habrán de mirar altivos los pequeños edificios que la conforman. La puntilla final llegará rodada bajo las pesadas ruedas de los enormes todoterrenos que sin contemplación ni respeto se adueñan de calles y avenidas antaño anchas y espaciosas y hoy colapsadas en asfalto y en aceras. Phnom Penh está diluyendo irremediablemente su espíritu en un vaso de malentendido desarrollo para convertirse en una de tantas megaciudades asiáticas que se confunden en las fotos.
La Phnom Penh que yo conozco es una ciudad básicamente de tres y cuatro plantas en la que los edificios más altos , construidos en los últimos años, apenas llegan a las cinco o seis. También muchas de sus calles residenciales están formadas por casas individuales de claro estilo colonial rodeadas de muros y vallas desbordadas por plantas. Su arquitectura particular es fruto de la mezcla de la colonización francesa, viva aún en el color amarillo de las antiguas mansiones, y una arquitectura propia desarrollada en los años cincuenta y sesenta que se plasma en el color blanco roto por la humedad y el polvo en ya negruzcos edificios de ángulos y formas geométricas, expresadas en amplitud en las rejillas de ventilación
A la visita de quien las visita por primera vez sus calles son un desorden de pandillas sin fin de chavales en motos y viejos y nuevos coches circulando con un olvidado código de circulación y de puestos callejeros en los que resulta difícil diferenciar al barbero del frutero del mecánico de motocicletas y del vago que atiende paciente. El olor penetrante de la mierda, comida en descomposición o ya descompuesta, hacinada en montones en cualquier esquina o desperdigada por todos los rincones impregna el aire caliente que golpeando al paseante desprevenido. Sin embargo, vista ya con ojos acostumbrados e insensible el olfato uno descubre que todo tiene un orden en esos puestos de paredes de madera y techos de hojalata en los que unas sillas rojas de plástico, modelo Coca-cola, y cientos de arrugadas servilletas de papel esparcidas por el suelo distinguen a un restaurante del mecánico con baldas repletas de ruedas envueltas en reluciente papel de aluminio de adornos rayados multicolores. Tiendas de telefonía móvil replicadas al infinito aportan su contribución tecnológica y brillantes escaparates.
Sus avenidas son anchas y en su mayoría sus bocacalles también distribuidas en un plano concebido principalmente en cuadrículas. Sus aceras, no pensadas para el peatón, pues en Camboya no se camina, son lugar reservado a infinidad de puestos, sombrillas, coches y aparejos. Sin embargo, como en un humorístico recordatorio camboyano de realidad, su numeración pareció haber olvidado secuencia alguna y así como la calle nueve puede ser contigua a la setenta y cuatro el número veinticinco de una casa no tiene porque ser el que esté al lado del veintitrés obligando en ocasiones a explicaciones auténticamente surrealistas para poder llegar al destino pretendido.
En sus mercados, de bajos techos a excepción del antaño renovado mercado central, todo se hacina cumpliendo la máxima camboyana de que siempre cabe más en un espacio en la que las leyes de la física dicen lo contrario. Ir de compras es sinónimo de rebuscar entre montones de ropa recibiendo empujones en un estrecho pasillo con poca luz y mucho sudor.
En medio de la ciudad, escondido tras barrios de pequeñas casas y chavolas olvidados de turistas en los que la única piel blanca que se ve es la del que escribe, se encuentra un lago de unos cuatro kilómetros de perímetro lleno de nenúfares y todo tipo de plantas y en el que es posible observar amaneceres y atardeceres preciosos.
Es este corazón repleto de agua, expresión camboyana de felicidad, ejemplo entristecedor de una incipiente e imparable transformación a una ciudad sin alma. Poca vida queda ya en los peces que aún sobreviven a duras penas en sus sucias aguas puesto que basándose en un desarrollo que no espera concebido únicamente como construcción será desecado para dejar paso a un megalómano proyecto inmobiliario ante los que palidecen los más salvajes proyectos urbanísticos de nuestras costas. Proyectos pensados para sí mismos y no integrados en la ciudad en la han sido levantados para, pienso yo, mejorarla. ¿Por qué será que el hombre es incapaz de aprender de los errores de otros que ya llegaron antes, de los nuestros?
Ésa es la ciudad que yo conoceré: Altos y estrechos rascacielos que se abrirán paso para dominar unas vistas cada vez más pobladas de otros rascacielos; todos sin alma pero con una coraza de hormigón y metales y vidrios brillantes; todos albergando nuevas tiendas de lujo que dan cobijo a unos pocos y la espalda a casi todos los camboyanos: todos con supersticiosos nombres que llaman al dinero, al oro y a la suerte, fruto de una materialista espiritualidad; todos rodeados de atascos imposibles de todoterrenos que tan sólo habrán probado bien asfaltadas calles de las que desaparecerán sus gentes, vendedores, compradores y vagos pacientes que ya no verán el atardecer en un lago del que dirán “sólo fue, ya no es”. ¿El lago o la ciudad? preguntaré yo.
lunes 5 de mayo de 2008
9 vidas en un microcrédito
Abrazando una de sus piernas por la rodilla y la otra colgando, moviéndola a ratos nerviosamente y a ratos meciéndola, Salit me cuenta entre palabras entrecortadas y risas nerviosas su proyecto. Ella, Salit, de una apariencia que ronda la cuarantena, es madre de siete hijos: Salit, Salí, Salat, Salay, Salam, Saley y otro más cuyo nombre olvidé por haber escapado a esa tradición de nombres tan seseantes. Me explica que por mil baths tailandeses podrá alquilar una hectárea y media durante tres años. Un vecino suyo, propietario de ésta y muchas más tierras, le ha hecho una muy buena oferta mas ¿con qué financiar ese proyecto si apenas tienen para comer y comprar ropa?
Mientras hablamos y calculamos aparece el marido y siento vivir como en un sueño la respuesta de porqué casi todos los créditos son concedidos a mujeres: El hombre, inseguro en un caminar zigzagueante y dejando un fuerte rastro oloroso de alcohol a pesar de tan temprana hora, hace acto de presencia inentando tomar las riendas de una conversación que no le corresponde entre los ojos ya llorosos de su mujer. Sus pretendidas suaves caricias no hacen más que aumentar la desazón de la mujer. Molesto no puedo evitar hacer un par de preguntas que cortan su verborrea tan falta de claridad como de comicidad: Señor, usted ¿de qué trabaja?¿cuántos días a la semana trabaja?. Hechas las mismas preguntas a la mujer la respuesta es demoledora: Todos los días de lo que puedo para alimentar a mis hijos.
Volvemos a hacer números y me asusta pensar poder quedar atrapado en un trampa de tan bajo precio, 207 euros, y tan alto valor, 9 vidas. Una hectarea y media, añadida a la hectarea que ya poseen les permitirá producir alrededor de cinco mil kilos de arroz bruto (con la cáscara), que quedarán reducidos a unos 2.500 ya limpios. Si calculamos que una persona adulta consume unos 180 kg. (ciento ochenta escribo para que no quede dudas del número) de arroz por año, les quedarán mil kilos; veinte sacas de cincuenta kilos, con los que pagar todas las deudas y compras de todo un año.
Son veinte sacas que dan para seiscientos dólares con los que pasar un año. Veinte sacas para alimentar ocho bocas. Es Salay, el noveno, un magnífico chaval con dos piernas de trapo víctimas de la polio que vive conmigo el centro de discapacitados.
Son 207 euros para mejorar diez vidas: las de Salit, su ebrio marido, y los seis hijos de nombres seseantes, la de Salay por saber a su familia mejor y la mía por verle sonriente.
viernes 2 de mayo de 2008
No quiero más
Tengo que admitir que, a pesar del disgusto que tendrá mi hermana al leer esto, odio a esos gatos porque maúllan en medio de la noche y no han encontrado mejor sitio para marcar su territorio con orines y heces que una de las duchas, y sólo hay dos. Sin embargo, también hay que romper una lanza a su favor pues desde que se instalaron aquí ya no hay ratas ni ratones, tan comunes por estos lares y que ya se habían comido parte de las riñoneras de mi mochila. Ahora bien, esta mañana los he odiado más que nunca. En su huir el gato ha dejado atrás la cabeza de un gueco. Aquí los gatos, son gatos de verdad, no de esos que sólo beben leche y comen pan. No, aquí ratones y lagartos salen como alma que lleva el diablo al vez a unos de esos felinos maulladores y sucios. Particularmente, estoy encantado que se coman a las ratas pero ¡los guecos no! Son unos lagartos enormes, de un palmo o más, de colores diversos que hacen un ruido asombroso por las noches y, gran cualidad por la que son apreciados, se comen mucho, pero que muchos insectos. Y los gatos, lo siento hermanita, no se comen mosquitos.
Tras el disguto del gueco de cabeza azulada me he ido al gimnasio. Como cada mañana hay una mujer vestida en su pijama y no es que no se cambie si no que esa es su ropa de "deporte". Escribo "deporte" entre comillas porque ella lo entiende como caminar en la cinta a 4 km/h, que es la velocidad normal a la que uno camina. Cada vez que la veo (a ella y otros mucho "deportistas"-pijameros) pienso "¿No crees que si fueses caminando de casa al gimnasio ya habrías hecho más deporte que en la cinta de CORRER?". Luego está el señor que camina hacia atrás (en realidad, un par de ellos), el que al caminar zarandea los brazos al doble de velocidad ue mueve las piernas pareciendo un personaje de la época del cine mudo y el que corre apoyando casi todo su cuerpo en las barandillas, lo que es muchísimo más fácil. Cuando a éste le dije, viendo su cara de satisfacción por correr a 8 km/h, que probase a correr sin apoyarse en las barandillas casi sale disparado de la cinta. En fin, aún no me explico como en ese gimnasio hay una tabla de estiramientos ¡en castellano!
Tras la ducha, me dirijo al banco. Están apareciendo sucursales bancarias como setas a medida que el país se desarrolla. Es el mejor sitio para estar de toda la ciudad: tienen aire acondicionado. Llevo sólo la cartilla; el pasaporte lo he dejado en casa pues jamás me han pedido identificación. Relleno el papel correspondiente y me pongo....¿a la cola? Hay un pasillo creado con postes y cintas, como en los aeropuertos, un moderno cartel de "Wait here" y una ralla pintada en el suelo ante 3 mostradores. Enfrente de ellos somos unos nueve, apeletonados unos con otros y dividos más o menos por igual. Rozándome la cara aparece un brazo y una mano que entrega la libreta a la oficinista. ¿Para qué sirve la línea? ¿No será que los que están detrás nunca serán atendidos?. Allí todos juntos pruebo, en vano, a mantener mi privacidad. Todo el mundo intenta mirar el saldo de tu libreta y el importe que quieres retirar. De nada sirven mis esfuerzos porque una voz en alto dice "¿Quién ha pedido cuatro mil dólares?" Todas las miradas se dirigen al único extranjero que está allí. Es decir, a mí. "¿Es que alguien más ha pedido esa cantidad?" piensas sulfurado y con la cabeza gacha. Intentas hacerles ver que los extranjeros no somos ricos (porque siempre te ven como un billete andante) y el tipo echa tus esperanzas por el suelo. Es inútil explicarles que el dinero no es para tí.
Recuperado ya de esa irritación momentánea y por un día (ya van unos cuantos, la verdad) decido desayunar a la manera camboyana. No, no me comeré sopa de menudillos con fideos de arroz y verduras tal vez mal lavadas. Es un desayuno especial que he asumido muy bien: Pan con leche condensada. ¡Qué recuerdos! Al primer contacto del paladar con la untuosa leche dulce me sobreviene el comentario de rigor que me hacen muchos "Javi, ¡qué mal debes de comer en Camboya!" Cierto, cierto, pienso apurando el final del bote con mucha más leche condensada que pan, haciendo caso omiso de las recomendaciones que me daba mi abuela. Todo ello, comido en el coche, por supuesto, pues a pesar de salir media hora tarde, ya son las ocho, no hemos tenido tiempo de desayunar.
En el coche vamos 5: Sor, mutilado de mina en ambas piernas que conduce la moto como Sito Pons en sus mejores tiempos, Path, mutilado de mina en ambos brazos y algo sordo por la explosión y al que un día tendré que preguntar cómo consigue manejar esa radio tan pequeña con tantos botones, Kimlieng, afectada de polio que no llego a entender como camina sin que le revienten las rodillas por lo que las flexiona lateralmente, Theara y yo que somos, en minoría, los únicos enteros. A Path, al que llevamos a casa para que pase unos días, lo hemos de atar con el cinturón porque con tanto bache el pobre no para de botar y no tiene con qué agarrarse. De golpe y porrazo, tras casi cincuenta kilómetros y en medio de la nada aparecen diez kilómetros perfectamente asfaltados. ¿Por qué aquí si no hay ningún pueblo? "Javi" me digo " no hagas preguntas de extranjero".
Al llegar a su casa, a la de Path, a la que hace cinco meses que no va, lo primero es bajar los doscientos cincuenta kilos de arroz de buena calidad que ha comprado como regalo (como los chocolates que uno trae de suiza para la familia), los treinta kilos de fruta y el pequeño árbol del mango. Vamos, lo primero que yo llevaría a casa. Lo siguiente es que nadie, absolutamente nadie, saluda. Él llega al porche y se sienta. El que va a comprar el pan cuando vuelve suele gritar un "ya he vuelto" bien claro por lo menos pero esto es más como el que se ha ido a la habitación de al lado y ha vuelto, aunque haga cinco meses que se fue. Los perros salen a merodear, canes escuálidos y pulgosos que parecen todos iguales (aquí no hay gatos porque aquí los perros sí persiguen a los gatos) que hacen de gallinas lamiendo y comiendo todo lo que cae al suelo. Su número en una casa cualquiera es casi siempre una incógnita pero no suele bajar de tres.
Aunque antes paramos a comer. Ya es la una y es tardísimo. La elección del restaurante es bastante sencilla en estos casos. En el primer local que ves con las características sillas de plástico (los restaurantes de sillas de madera maciza de diez kilos sólo en la capital, por favor). Desde el coche preguntas si tienen comida (ya se sabe, es la una). Si la respuesta es afirmativa te bajas, vas a los fogones y abres las tapas de todas las cacerolas a ver si te gusta lo que ves. Sólo que esta vez no está mi madre, mi abuela o la cocinera de turno para darme una bofetada en la mano y decirme lo de "no metas la nariz". Para desgracia nuestra en el primer restaurante no hay arroz y como en los anuncios de La Casera, "si no hay arroz, nos vamos". Tras recorrer varios kilómetros y ver un par más de restaurantes hemos volvemos al primero (casi las dos, ya) a esperar a que hiervan el arroz. Sobre una parilla reposa un pollo con muy buena pinta. Se parece mucho a los pinchos morunos y está delicioso, si no fuese por una pequeña e incómoda salvedad: los huesos. Es su costumbre machacar y desmenuzar el pollo de tal manera que los huesos quedan reducidos al tamaño de guijarros o de pequeñas piedras. Mejor evitas pegarle un buen mordisco pues el cartel del dentista del otro lado de la calle no inspira mucha confianza. Cuando te quejas de ello, se miran entre ellos y dicen "Es verdad, que es extranjero: no le gustan los huesos". Pues no, no me gustan los huesos. Al final, cansado de separar carne y huesos como si estuviese comiendo pipas y no atraído por esa sopa picante de curry verde y hierba limón, mi plato acaba lleno hasta arriba de arroz y de salsa de soja. Hoy no hay grillos, cucarachas o saltamontes con qué sazonarla.
Tengo que hacer un inciso sobre estos insectos. Otra vez mentaré la decepción que tendrá un miembro de mi familia: lo siento, mamá, pero sí, he comido cucarachas. Son exactamente crujientes como el ruido que haces al pisarlas sólo que esta vez no es con los pies, como cuando vas descalzo en casa, sino con las manos. He comido insectos de varios tipos: largos, grandes y menudos. En resumen, una crujiente y aceitosa....decepción. Voy a desmitificarlo: ¿Quién no ha comido gambas? Pues casi, casi igualito: los pelas, les quitas las alas y te los comes. Con ajo y especias, como las gambas al ajillo (y no estoy pidiendo que me sirvas sofrito de hormigas con ajo, mamá, cuando vaya a verte) pero es tan y tan aceitoso todo que al final no tiene más gusto que el aceite de palma mil veces refrito.
Estando en la mesa asisto a otra conversación puramente camboyana. Me pruebo las gafas de sol de mi compañero Sor y se oye un "loi" a un par de metros. "Loi" se traduce como "que bien te queda, que guapo estás" pero también significa dinero. Como "saat" es limpio y a su vez bonito y "acró" es sucio y feo. En este caso vengo a entender que, en el fondo, hay una relación entre tener dinero y ser guapo: que quien tiene dinero es guapo. Entre que soy extranjero, lo que es igual a ser rico, y soy blanco seguro que soy loi, loi, loi.
Tras una brevísima sobremesa (costumbre española que se echa mucho en falta) nos detenemos en nuestra última parada en un templo para visitar a una chica de dieciocho años mutilada de mina. Aparece cargada de unos pequeños y sabrosísimos plátanos y la frente tan sudada que ni siquiera hace ademán de secársela con la manga de su camisa de franela (increíblemente). Un par de monjes, vestidos en sus llamativas y casi fluorescentes túnicas, naranjas nos saludan, un hombre ya mayor construye cestas de mimbre, una abuela despioja a su nieto y un par de niños revolotean alrededor jugando con los mangos rotos de un paraguas a modo de espadas mientas las vacas pacen y un par de pájaros pían. Miro en derredor y, capturado por tanta tranquilidad y belleza, me resulta casi inconcebible el infierno en la tierra que fue este paraíso. Sim embargo al recordar como Sor, antiguo soldado, ayudaba a Path, antiguo jemer rojo, mutilado con mutilado, sé que al menos algo se está haciendo bien.
A la vuelta de nuestro paseo por el fin del mundo, pues así me he sentido con el barrizal continúo que son estos caminos entre colinas de bosques y palmerales aún por talar (cosa de que aún quedan minas), todos duermen con este brusco masaje que es la carretera y el silencio del traqueteo incesante. Mi teléfono suena una vez, sólo una vez. "Alguien se ha vuelto a equivocar" pienso mientras observo al sol, filtrándose entre los resquicios que dejan unas voluptuosas nubes de algodón, caer sobre unos arrozales empapados de agua tímidamente verdeantes.
"No quiero más que otro día en Camboya", sonríen mis labios.
lunes 28 de abril de 2008
Quisiera ser un niño camboyano

¿Te acuerdas cuando en cualquier botella vieja de plástico no veías más que un coche al que sólo le faltaban las ruedas?¿Recuerdas las espadas hechas con palos tan torcidos pero que en tu imaginación eran dignas de Camelot?¿Recuerdas que, no tan sólo eras capaz de pensar, sino que estabas convencido de que un limón era una rueda y un tapón un volante?
Quisiera recorrer los campos embarrados armado en mi bolsillo con mi tirachinas para matar gigantes. Quisiera poder meter mis manos en el fango o en la olla de la comida y limpiarme en mi camisa, pues no es posible que este pedazo de tela sea sólo para cubrirme. Quisiera volver a sentir que un camisón de segunda, tercera o cuarta mano es el más bonito de los vestidos que un cuento de hadas pueda regalarme. Quisiera volver a hacer maravillas con latas, papeles y cuerdas y pensar que los adultos son estúpidos por desechar tales tesoros. Quisiera, descalzo, darle puntapiés a un balón mil veces roto y mil y una remendado. Quisiera, en mis meriendas, con compañía inmejorable de amigos conocidos hoy y despreocuado de padres y abuelos, masticar hojas de banano como el más dulce de los manjares. Quisiera que esta lluvia que con su boca clama me empapase de la inocencia perdida. Quisiera, a veces, ser un niño camboyano.
domingo 20 de abril de 2008
¡Feliz año nuevo!
lunes 14 de abril de 2008
Un año de monzones
jueves 13 de marzo de 2008
Occcientalización frente a desarrollo
viernes 7 de marzo de 2008
Lecciones de comunidad

Al cabo de dos horas de trayecto llegamos a nuestro destino, Kumrieng. En la misma casa de siempre nos esperan dos de los tres jefes del pueblo con Sprite caliente, hielo que por precaución más vale no tomar y una fruta redonda y pequeña similar de textura al lichi y cuyo nombre soy incapaz de traducir pero que uno come compulsivamente como si fueran pipas. Tras saludarnos efusivamente empezamos a charlar y voy matando el hambre a medida que baja la cantidad de fruta de la bandeja (luego tendré que intentar explicar a mi madre que si pierdo peso es porque estoy sustituyendo las empanadillas y bocadillos del bar de Manolo por unos tentempiés de fruta y más fruta).
Lo que nos trae aquí es la renovación anual del micro crédito de unos pocas decenas de miles de dólares. Me presentan los datos en un papel con las palabras en jemer, que no puedo entender, y los números en caracteres arábicos que sí puedo comprender. Son poco más de cien familias que se unen para cultivar una extensión que dada la cifra creo son “Rei”, una medida camboyana que equivale a un sexto de hectárea. Ando equivocado y tengo que preguntarlo dos veces: hablamos de casi mil hectáreas. Están todos muy bien organizados y ya es el séptimo año consecutivo que les ayudamos.
Es a la hora del discutir el tipo de interés cuando recibo una lección en toda regla de lo que significa pensar en la comunidad antes que en uno mismo. Vienen a nosotros porque les ofrecemos unas condiciones mucho más ventajosas que los usureros, quienes fijan un interés que ronda el 8 ó 9 por ciento mensual. Les propongo una reducción de nuestro interés y su respuesta, la de los jefes y demás hombres, es tajante y definitiva: No. Yo me quedo sorprendidísimo y ahí viene la lección. Nosotros dividimos en dos partes el interés conseguido: la mitad para nosotros y la otra mitad para gastos que pueda tener la comunidad. Al reducirles la tasa de interés les reduzco la cantidad de dinero que la comunidad recaudará y que necesitan para pagar a los profesores, pagar medicinas, arreglar casas, etcétera. Se están imponiendo voluntariamente un impuesto. Finalmente arreglamos la situación aumentado la parte que les corresponde del interés y reduciendo la nuestra.
Estamos en Pailin, donde siguen explotando la mayoría de minas que quedan en este país. Estoy comiendo, riendo y ayudando a una comunidad en la que las familias comparten dos cosas: la mayoría de hombres son mutilados por mina, pues a Kumrieng les retiraban cuando caían heridos y puedo contar cincuenta personas y menos de cincuenta piernas, y todos sin excepción fueron Jemeres Rojos.
Ellos vinieron a buscarnos pidiendo ayuda y les ayudamos pues la paz no distingue de bandos.
martes 26 de febrero de 2008
Aún estamos de resaca
Aún estamos de resaca. El jueves pasado, día 21, fue fiesta grande, de las que se recuerdan por mucho tiempo. Más de un año de espera consumido en un día. Vino a visitarnos nuestra reina, la Reina Doña Sofía.¿Cómo hacer entender lo que significa, para estos niños mutilados y estas gentes pobres, que una reina venga a visitarlos? Aunque Camboya es también una monarquía parlamentaria el Rey, curiosamente con un papel aún menor que en España, tiene una imagen muy poderosa en la mente de la gente. Es un símbolo de máxima altura y respeto. Hay, incluso, un vocabulario propio bastante extenso que sólo se emplea en caso de dirigirse al Rey.
¿Puedes entender que aquí, donde casi no vienen turistas, venga la reina de un país desarrollado? Las caras de nervios y alegría de todos los niños, adultos y ancianos lo decía todo. La mía también.
Como el día anterior había habido una recepción en la capital para toda la colonia española me tocó pegarme el madrugón e ir con los periodistas. Salimos a las cinco de la mañana en un par de furgonetas. Son de las mercedes-coreanas (coreanas de fabricación pero que ellos cubren con todo tipo de cueros, chapas y demás señas decorativas de Mercedes) que no suelen pasar de ochenta pero que iban zumbando con un coche de policía delante. Íbamos en procesión, 2 furgonetas y el coche abriendo paso. Volamos a ciento veinte por hora. Mucho transmisor pero cuando la furgoneta de atrás se paró los de delante no se dieron ni cuenta y tuve que sacar mi teléfono móvil para llamarles y decir que dieran media vuelta. Llegamos una hora y pico antes de la Reina, que vino en helicóptero. Ya a la puerta de la Prefectura el coche se para y no quería entrar porque querían llevarnos al aeropuerto a hacer las fotos de rigor con el gobernador. Para hacerles ver que no íbamos a ir (los periodistas españoles se negaban) hubo que hacer un conato de bajarse de los coches. Total, estábamos en el linde de la entrada.
Doña Sofía fue recibida con cientos de banderas españolas y camboyanas, con vítores de “¡Viva la Reina!¡Viva Sofía!¡Viva la Reina Sofía!” en perfecto castellano y con gran júbilo. Todo estaba reluciente como los paños del oro y los niños y empleados se vistieron con su traje de los domingos para la ocasión. Vivas, cantos y bailes tradicionales para un día especial. La Prefectura estaba preciosa, aún están las banderillas colgadas de los árboles.

Anécdotas hay unas pocas. Ante la mirada atónita de los ministros camboyanos, la Reina decidió entrar a una típica casa camboyana hecha de madera, paja y bambú, subiendo por una paupérrima escalera de madera, y se sentó a charlar con sus moradores (para muchos de estos altos funcionarios camboyanos fue una sorpresa que una reina quisiera conocer la Camboya profunda y salirse del circuito tradicional) o el niño pequeño, de unos cinco o seis años, que acercándose a la Reina, le saca el teléfono móvil para hacerle una foto cuando ésta se acerca a saludarle. Entre los fotógrafos hubo codazos, más que en un carrera de atletismo, especialmente por parte de los camboyanos, enviados desde palacio. No quedó nada por fotografiar. Además, una mujer venida de palacio le indicaba a la reina, como si ésta fuese ciega, donde pisar, dónde había un escalón, dónde estaba la silla, etcétera. Cuando la Reina se desviaba a la pobre mujer parecía que le daba un síncope.
La comida, en el único restaurante con decorado decente de la ciudad, fue amena. Invitaba oficialmente el Rey de Camboya y la comida era privada. Por privada, los camboyanos quieren decir que no montaban la gran comida en la casa del gobernador, sino que toda la delegación camboyana junto a la española comerían en un restaurante privado. Allá llevaron, otra vez de palacio, las sillas, la mesa, la cubertería, los vasos con el reborde dorado, los platos, los manteles, el vino, la champaña y hasta las servilletas. Todo. La silla de la Reina era un pelín diferente a las demás en su mesa de siete personas. Los demás comimos en la terraza, encantados. Ha sido el único filete decente que he comido en Battambang desde que llegué. Me comí todo sin excepción pues había que aprovechar.
Como la Reina decidió no descansar tras la comida salimos pitando, literalmente hacia Tahen, el pueblo que iría a visitar más adelante. A todo pastilla, con los intermitentes puestos, no hubo poli que nos parase. La próxima vez que vaya a Phnom Penh voy a probar lo de poner los cuatros intermitentes y no parar de pitar. Tal vez incluso me compré una sirena. Los bailes salieron muy bien en un encuentro de menos de una hora. La despedida fue, en un perfecto castellano, una salve rociera y un "Adiós Reina, nos veremos en octubre" (este año estaremos de gira en España)

La visita fue fugaz, de tan sólo unas seis horas, pero lo que cuenta es el reconocimiento al trabajo humanitario que, aquí, Kike y su equipo llevan desarrollando durante 22 años y el apoyo y ánimo a esta comunidad que se siente revitalizada con la visita.
Al final del día los camboyanos y los pocos españoles que estamos por aquí compartimos, como en el patio de vecinos, una charla en la que todos sonrientes nos contábamos una y otra vez como había ido el día y qué había hecho tal o cual persona.
No sólo de arroz vive el camboyano pues también necesita sentirse hombre, notar que forma parte de una comunidad y que cuenta para los demás. Podrás estar a favor o no de la Monarquía pero visto desde aquí, a más de 10.000 Km. de distancia su visita nos acercó a casa y trajo alegría a quienes más lo necesitan. Difícil no apoyar esto.
El sábado apareció un camboyano con un periódico en mano. Dijo ser periodista y tras enseñarnos el diario nos pidió dinero por haber publicado la noticia. Dijo que, además, traía fotos reveladas de la ocasión. ¡Cómo si no tuviéramos!
P.D.: El único que no tengo soy yo que estuve de asistente por si pasaba algo
miércoles 20 de febrero de 2008
¿Taxi nuevo o viejo?
Una vez en la calle paro a un motodop (uno de los miles de mototaxis que circulan por esta ciudad). Al pedirle que me lleve a la parada de taxis puedo ver como, por lo bajo, maldice la mala suerte de haber ido a dar con uno de los pocos extranjeros que vive en Camboya y habla jemer y al que no podrá sablar. Bueno, al menos no como a un turista habitual. (Hay tres precios en este país: camboyano, extranjero residente y turista).
La “parada” en cuestión consiste en un lugar cualquiera con espacio para aparcar varios coches. El lugar puede acabar, al cabo de un tiempo, edificado por lo que habrá que buscar otro. Eso implica que el taxista vaya preguntando a gritos por la calle y sin pararse, a todo coche que tenga aspecto de taxi, dónde está ahora la parada de taxis y de paso, en un ejercicio inhabitual de eficiencia, si su destino es el mismo que el tuyo.
Todos los coches, que sin lucir el letrero taxis ejercen como tal, son, sin excepción, de marca Toyota y modelo Camry. El que me ha tocado fue fabricado en el 91. Al decirme el taxista el año no he podido evitar preguntarle al recepcionista en la distancia: ¿Eso es ya viejo?. Las puertas parecen cerrar bien , a pesar de que una de ellas sólo se puede abrir por dentro, el maletero no va cogido con cuerdas, la pintura no está desconchada y el interior, a pesar de sus diecisiete años, tiene un aspecto decente. Únicamente son preocupantes una grieta en el cristal delantero que me impedirá por completo tomar fotos y la más que baja presión de los pneumáticos. Para lo primero hay pegamento y para lo segundo un compresor. Es decir, nada que no tenga remedio.
El taxista, de quien ya soy amigo pues hicimos juntos el viaje de ida, me pregunta con un brillo especial en los ojos si quiero viajar solo. Hoy no. Hoy me lo quiero tomar con calma. Eso una invitación a la indeterminación: no puedo determinar cuándo llegaré a casa. Una indeterminación que apaga ese pasajero resplandor de esperanza del conductor por no tener que buscar.
Me subo al coche, comprando mis dos plazas del único asiente del copiloto. Empieza la gira. Empieza una serie de llamadas y más llamadas dando vueltas por la ciudad buscando clientes. Saca su flamante teléfono del bolsillo para buscar el número de un cliente. No tiene saldo. Varios cientos de dólares han quedado reducidos a agenda telefónica. Podría utilizar uno de los incontables mensajes de texto de los que aún dispone pero no sabe una sola palabra de inglés y no puede escribir en su teclado. Nos paramos en un quiosco y sólo dice “Turusap” (teléfono) y una muchachilla se acerca rápidamente con un teléfono en mano. Marca el número, habla brevemente, devuelve el teléfono a la chica y ésta mira el consumo realizado. Aproximadamente ha de pagar cinco céntimos de euro. Acabamos de estar en una cabina telefónica o en un locutorio camboyano.
Al cabo de poco volvemos a parar. Esta vez consigo entender la pregunta que hace la voz chillona de una mujer al otro lado del teléfono. “¿Cuánto dura el viaje?””3 horas”, responde él. Si pudiera yo añadiría: “ más el tiempo necesario para llenar el coche de clientes” Es decir, 3 horas más un tiempo completamente indeterminado.
En la siguiente alto parece que vamos a recoger a un primer pasajero. Nos bajamos del coche y nadie dice absolutamente nada. Se pone a fumar. Buena señal pues quiere decir que no hay nada que discutir. Al cabo de no menos de 10 minutos aparece un chaval que deja su pequeña bolsa en el maletero. De nuevo a dar vueltas a la caza de clientes. Hay suerte. Sólo un par de llamadas más tarde se sube un hombre en la cuarentena. Éste es un pasajero experimentado: en la anterior llamada ha preguntado cuantas personas había subidas ya en el taxi (pregunta clave porque significa que no somos pasajeros hipotéticos).
La siguiente parada es en balde. El hipotético cuarto pasajero se ha cansado de esperar y se ha buscado otro taxi. Hay que volver a pasar por la cabina telefónica y tirar de agenda y de amigos taxistas que, previo pago de comisiones, nos desvíen un cliente. O ha habido suerte o mi chofer ha sido muy generoso con las propinas porque en menos de diez minutos tenemos ya a otro cuarto pasajero que esta vez sí se ha subido.
Es entonces cuando empieza la discusión de cuanto ha de pagar cada uno. El taxi cuesta 150.000 rieles (35 dólares). Yo, por ocupar las dos plazas del único asiento elantero tengo que pagar 50.000 (12,5 dólares). Los demás se han de repartir los restantes 100.000 a pagar. Los pasajeros intentan rebajar el precio diciendo que normalmente pagan menos. La respuesta del conductor es aclaratoria y definitiva: “Atrás, sentados de un modo normal, van cuatro personas. Apretados, cinco y anchos, tres. Es decir, de un modo “normal” son 25.000 cada uno, apretados, 20.000 y “anchos”, 33.000. El taxista se para en el arcén a encenderse otro pitillo mientras los pasajeros camboyanos discuten entre ellos si están dispuestos a pagar más y salir ahora (ojalá sea así) o ahorrarse unos dineros e ir sentados “normal” o “apretados”. En el viaje de ida, tras haber acordado las dos plazas delanteras, tuve que esperar, esta vez en casa, más de dos horas para al final comprar una tercera plaza en el asiento trasero, que ocupó “anchamente” mi mochila. Al final parece que su situación económica no es tan mala y deciden ir sentados “anchos”. Llevo una hora y diez minutos en el coche y me encuentro a tan sólo trescientos metros de mi hotel.
En este caso el taxista me podría hacer un descuento porque voy a tener que trabajar como piloto. Su volante está en el lado derecho en un país donde los coches, por ley, han de tenerlo en el izquierdo. Eso implica, si quiero viajar tranquilo y evitar que asome tres cuartas partes del coche para ver si es posible adelantar, que voy a tener que decirle con monosílabos (sí o no) cuando puede hacerlo. Si el copiloto no tiene ganas de hacerlo se duerme (lo más habitual) el método para averiguar si alguien viene de cara cuando uno se plantea adelantar consiste en comerse el arcén y algo más que ya no es asfalto tirándose completamente a la derecha para tener un mayor ángulo de visión. Cuando se circula por una carretera sin asfaltar (como es mi caso durante unos ochenta kilómetros) y la nube de polvo que levanta el camión de delante la única solución es, con las luces encendidas, hacer sonar el claxon con la intensidad de un drogata con mono. Entre baches casi imposibles me he santiguado más de una vez sin poder soltar mis manos del agarradero.
Finalmente, agotado por las pocas horas de suñeo y por el estrés constante de decirle o chillarle a veces entre risas suyas que no adelante acabo, como los demás camboyanos, rendido en los brazos de Morfeo. Me despierto cuando el ruido del motor de mi “nuevo” taxi se silencia casi por completo. Un tiempo indeterminado después he llegado a casa.
jueves 14 de febrero de 2008
Fui un hombre
Sentado, haciendo las paces con un futuro no lejano que ha de llegar para juzgarme, mis manos antaño firmes rompen con temblores la blancura del papel. Es un balance de haberes y deberes de una vida que expira.
miércoles 13 de febrero de 2008
Anatha
Mas merodeando por las esquinas, a pie, algunos de ellos, cargados con un saco remueven basuras buscando restos que vender. Son los niños de la calle.
La situación de pobreza familiar empuja a estos niños a sacrificar un esfuerzo de inciertos resultados futuros por el inmediato dólar diario que pueden conseguir pidiendo o vendiendo latas o botellas usadas. La primera lección de la vida: cada uno se paga lo que come. Son niños que sólo tienen dos respuestas a la pregunta de si estudian. Una, a pesar de sus diez ó doce años, dirá que estudia segundo grado aunque hace ya seis años que no pisa la escuela. La segunda te dirá que, simplemente, no tiene dinero. Son los niños de Anatha.
Anatha acoge este año a doscientos niños. Provienen de las familias más pobres, de las que viven bajo plásticos al lado del río o y sobreviven todos ellos con poco más que ese dólar que el niño lleva a casa. La pocas líneas de este artículo no permiten discutir la situación de cada una de ellas y como afrontar los problemas de alcoholismo, juego o desatención de padres a hijos. Sin embargo, la mayoría de aquellos son conscientes de la necesidad de que estos estudien. Más bien lo desean.
A estos niños se les ofrece la posibilidad de volver a la escuela. Se les paga la escolarización que, a pesar de ser oficialmente gratuita, implica un coste adicional extraordinario en clases de repaso obligatorias de facto. Además se les hace un seguimiento médico que se ha extendido este año a las familias. A éstas, para compensar la pérdida de ese ingreso diario del hijo se les otorga cada dos meses un saco de 50 kilos de arroz. Si uno entrega dinero, no se sabe donde irá. Si uno entrega arroz, acabará en sus afamados buches.
Puede discutirse mucho y bien sobre la conveniencia de realizar esa entrega de arroz a las familias. Puede argumentarse cargado de razón que, de algún modo, las familias están negociando con la educación de sus hijos. Puede argüirse que se está descargando de responsabilidad a los padres. Cierto, puede. Ésta es la clase de decisiones que uno ha de tomar cuando aparece aquí. Hay que enfrentar el derecho, la necesidad y la voluntad de un crío a dejar de ser analfabeto e intentar salir de ese pozo de miseria al posible aprovechamiento de unos padres que, aunque en su mayoría trabajan, puedan sacar, sin hacer nada, algún rédito con ello. Sin embargo, si no es en arroz y algo de paracetamol lo será en ese dólar diario proveniente de las botellas.
Al final, esas sonrisas que inundan la cara, la del niño, la de la madre, la del abuelo cuando te dicen orgullosos que el hijo o nieto es ya uno de los mejores de clase dibujan en ti una sonrisa por saber que algo, por pequeño que sea, estás haciendo bien. Son las sonrisas de los doscientos niños de Anatha.
viernes 8 de febrero de 2008
Hogar, dulce hogar

¿Cómo sonreír cuando el sol se levanta sólo para quemarte la espalda y la noche cae para traerte el peligro de un camión descargando a ciegas encima de ti? ¿Cómo respirar cuando el olor del regazo de tu madre es el del plástico quemando? ¿Cómo?
Calzado en sus botas del treinta, sujeto en una mano el pincho con el recoger las basuras mientras que la otra saca de su sucio saco de tela una espada de plástico. Diríase, por ese esbozo de sonrisa que no es más que un arqueo de sus labios, que está contento. La hoja partida por la mitad y el dorado perdido de su puño evocan, punzantes, las felices horas pasadas jugando de niño, yo sí, a romanos en el parque. Su mente incapaz de recordar momentos que no existieron sólo pregunta: “Esta espada mellada y rota ¿será hoy mi sustento?”.
Su única posesión, lo único que podría perder y no puede es el tiempo. Un nuevo camión cargado de todo aquello que la gente ya no quiere, todos menos ellos, se abre paso entre negros charcos de barro y aceite. A pesar de su experiencia aún no tiene el derecho de ser el primero en rebuscar. Ése denigrante privilegio está reservado a aquellos que, inexplicablemente, llegaron, en este mundo de viejos, a ser ancianos en la veintena. Cansa, agota ver como se lanzan sin denuedo una tarea sin fin y escuchar como crujen sus espaldas soportando en los hombros cargas que les doblan en tamaño.
Observando en la lejanía, sentada bajo una lona, una madre no acude. Con la camisa levantada un pecho caído amamanta a un recién nacido. Está maldito con la maldición de aquellos que sin futuro sólo pueden sobrevivir, irremediablemente, al presente. ¿Cuál fue su pecado original para merecer esta condena?
No quiero pensar y pienso en todos aquellos que hacen cobijo de un vertedero y de cuya boca no oirás jamás “hogar, dulce hogar”. Jamás sentí mi corazón más pequeño ni mi pesadumbre más grande.
Vámonos a casa.
martes 5 de febrero de 2008
¿Ayudamos o no?
Camboya tiene una industria textil cada vez más fuerte que ocupa a tanta gente como el turismo. Es una industria formada por empresas que vienen a buscar aquí mano de obra barata. Los alrededores de la capital sin un bullicio sin cese de tractores, camiones y furgonetas cargadas hasta rebosar de obreras, pues casi todas son mujeres, que empiezan o acaban sus turnos. Trabajan por unos 50 dólares al mes. Al cambio actual unos 35 euros.
Sé que en este punto ya habrá voces que digan que eso es explotación. Pero yo les recuerdo que un profesor de primaria cobra 25 dólares y que un salario decente no llega ni siquiera a los 100. Son más de 200.000 personas que de otra manera estarían en la calle sin hacer nada. Con ello no justifico la explotación, entendida como un sobreesfuerzo mal remunerado, por debajo de las condiciones del país. ¿No pasó acaso Europa por este proceso de fábricas masivas con obreros mal pagados?
Se podrá argumentar que los grandes beneficios, los generados por la comercialización, no se quedan en Camboya pues las empresas están en manos extranjeras. Sí, cierto, los chinos y coreanos se quedan con la mayor parte del pastel. Pero para ser dueño del proceso distributivo primero hay que tener una industria que produzca. Sin industria no hay nada que distribuir.
Este país necesita una gran inversión y crear muchísimos puestos de trabajo. Necesita de inversores que estén dispuestos a aprovechar las ventajas que ofrece: una de ellas la mano de obra barata. Paradójicamente el gobierno camboyano está intentando crear una imagen de marca de productos de calidad para Camboya puesto que, en realidad, este país no puede competir en bajos costes con otros países como China. A quien más daño hace la mano de obra barata no es a España, que ha de centrarse en servicios de alto valor añadido, sino a Camboya que no puede hacer como España y no puede competir con China, Vietnam o Tailandia por el momento.
No hace falta ir muy lejos para ver un ejemplo de país que creció con este modelo. España basó su gran crecimiento económico de los años 60 en 3 factores: turismo, emigración e inversión extranjera. Incluso, una vez dentro de la Comunidad Europea fuimos el país con mayor nivel de inversión directa extranjera debido a nuestras ventajas competitivas. Una de ellas era que dentro de la Comunidad éramos uno de los países con salarios más bajos. Ahora les toca el turno a Hungría, Rumania, Polonia y demás países del este.
De este modo no pretendo justificar una política que beneficie siempre este tipo de trabajos de salarios bajos (no digo explotadores). Es tarea del gobierno estimular la educación y fomentar la creación de propias empresas y de personas capaces de trabajar en todos sus puestos. Pero esto, desgraciadamente, no depende de la inversión de empresas extranjeras sino de ellos mismos.
Al final, aunque luego nos quejamos de la globalización y de que las fábricas se van a China, o a Camboya, yo me pregunto: ¿Quién está dispuesto a pagar 30 euros por una simple camiseta blanca de algodón hecha en España cuando puedes pagar 10 euros si está hecha, igual, en China o Camboya? Estoy convencido de que raro sería el que quisiera pagar 30 euros.
Hete aquí la contradicción de la globalización.
lunes 28 de enero de 2008
A esas horas
La mesa y los bancos de un granito ya frío de enfrente de mi casa ofrecen acomodo a un número dispar de niños y adultos: es un corro de muletas, sillas de ruedas, piernas buenas, piernas malas, falta de piernas que se anima robando energía de la luz que se apaga. Los hay bajos, muy bajos y alguno que tal vez será alto, tuertos, ciegos y con vista de lince, con un brazo, dos muñones o de manos muy largas, con dos piernas de trapo, con una hercúlea como la otra enclenque, o de plástico y metal y alguno muy grande sin necesitar piernas para demostrar su altura de espíritu. Los hay listos, muy listos y algún que otro zoquete al que el aserrín se le escapa por las orejas, morenos, ninguno rubio, piel color café, café con leche o chocolate espeso, guapos y feos. Introvertidos pocos, parlanchines la mayoría, sonrientes todos.
Nunca estamos todos, nunca somos los mismos pero nunca falta aforo a esas charlas de patio de vecinos. Aunque no haya más asientos que una docena bien apretada siempre hay sitio para el que llega, ya sea huésped o una de las más de sesenta vidas que aquí viven y reviven.
La cháchara discurre animada, como siempre, con rítmicos golpeteos de algún percusionista del alma, con cantos de quien quisiera triunfar en los escenarios, con juegos muchos, con amores pasados, presentes y por los que se suspira para que lleguen. Entre medio se cuelan las palabras para dejarte saber quien quiere ser abogado, médico o enfermera, muchos éstos para aliviar el sufrimiento a otros por el que ellos pasaron, informático, mecánico, secretaria, contable y alguno que será jefe, pues su vigorosa y serena voz no entiende de limitaciones. Otras te hablan de esposas, maridos e hijos dejados atrás, de una vida escrita con renglones torcidos que están enderezando.
Allí, tú, uno más como ellos, a cara descubierta: pregunta directa, respuesta franca. No hay un tú, no hay un ellos, hay un nosotros. Es la terapia de las palabras y la franqueza, la hora de superar traumas y miedos.
A esas horas, a todas horas, todos iguales porque valemos tanto como ellos: Una vida.
domingo 27 de enero de 2008
Suma Cum Laude
Todo comienza de una bonita manera, como en los buenos cuentos, con un auténtico, ligero y, en principio, saludable desayuno camboyano a base de sopa de verduras en un puesto callejero. Todos camboyanos excepto yo. Cansado ya de que digan que los barran (extranjeros) “comemos especial”, dicho esto con sorna, me animé a desayunar el “nom-banchoc”, que ya había probado otras veces y que no me disgusta, aunque tampoco me vuelve loco.
Era un puesto como tantos otros, con unas pocas mesas de metal cubiertas, o no, con un cutre y corto mantel de plástico de rancio color amarillo que sólo se consigue tras años al sol y miles de sopas desparramadas por encima y de baratas sillas rosas, rojas o azul claro de plástico como las que ten encuentras en los conciertos de las fiestas mayores de los pueblos. Aparte está el tenderete principal que hace de cocina con un termo enorme para el agua y las verduras metidas en coladores de plástico que no cuelan nada porque es difícil de creer que alguna vez éstas se hayan lavado. Como de costumbre está la nevera naranja grande para las bebidas, que es como una nevera de coche enorme con bloques de hielo dentro y las latas flotando en el agua que se derrite (eso el día que hay hielo), y la neverita pequeña, a modo de termo frío, para el hielo picado con el que se hacen su particular café frapé inundado en leche condensada. Encima de cada mesa tienes un bote con cubiertos, es decir tenedores y cucharas porque en Camboya no se utiliza el cuchillo para nada, y palillos. A veces, con suerte, te los traen metidos en agua hirviendo como para demostrar que están esterilizados. Y una caja que contiene un rollo de papel higiénico que al ir cortando a pedacitos sirven de servilletas. Como muestra de la confianza en la higiene, venga o no en agua candente, antes de comer cada comensal arranca un trozo y limpia los cubiertos o palillos.
En un plis plas la comida está servida y en un plis plas aún más rápido, sin decir palabra pero no en silencio porque resuenan sonoros sorbidos, ya está todo ingerido. Por poco más de treinta céntimos de euro no puedes pedir mayor rapidez. Yo, del café, paso que no me la quiero jugar con el hielo picado. ¡Qué ingenuo!
Durante todo el resto del día no comí nada más, hastiado ya de que sólo me ofrecieran arroz y más arroz. A la mañana siguiente, ya de vuelta en casa, y justo tras tomar un desayuno mucho más apetecible de pan con tomate y leche con Cola Cao (que guardo como oro en paño) empecé a notar que mi estómago no parecía estar del todo satisfecho. Tan sólo una hora y media después ya estaba echando carreras a lo Carl Lewis para visitar el inodoro más cercano. Al cabo de nada estaba tirado en mi cama, a cuatro metros del lavabo, tiritando a pesar de frío a pesar de los ventipocos grados de temperatura.
Parece ser que lo de jugar a ser médicos es universal y aquí me ofrecieron desde medio gramo de paracetamol hasta casi dos, medicina camboyana a base de succión con ventosas, arroz caldoso con ¡huevo! y masajes en el estómago. ¡¡¿¿Apretarme el estómago??!!¡Pero si ya se aprieta sólo! ¡Cómo me aprietes el estómago, no respondo!
Tras, ¡finalmente!, conseguir un termómetro y ver que estaba a 40 grados decidieron que había llegado el momento de dejar de jugar a ser médicos y llevarme a los de verdad. Yo pensaba que me llevarían a uno regentado por occidentales que es el mejor de aquí pero sólo acepta caso de trauma y nada de gastroenteritis pues tantas hay en el país. Total, acabé en ¡El hospital chino! Por mi cabeza se cruzaron todo tipo de historias desde Tintín el Loto Azul, la leyenda de la turista que va a China con su perro y se lo cocinan para comer hasta auténticas mafias de inmigrantes. Pero yo no estaba para discutir.
El “hospital” chino tiene de hospital lo que mi habitación tiene de ordenada. Es decir, sabes que es una habitación para dormir porque ves la cama y de alguna manera sabes que está ordenada pero jamás la calificarías así a primera vista. Luz de fluorescente, grandes baldosas de colores fríos, metal dorado y un aspecto cutre. Lo primero que hice fue preguntar donde estaba el lavabo por si tenía que volver a dármelas de liebre y salir corriendo. A partir de ahí empezó un conversación a tres y luego a cuatro. En primer lugar me piden mi nombre. Especifico, mi nombre escrito en jemer. Por suerte eso me lo aprendí de casualidad porque siempre son ellos los que escriben sus nombres con caracteres occidentales.
Luego apareció la doctora. Era china. Pero china, china. De las que te cuentan de pequeño y ves en los dibujos animados. Ojos rasgadísimos, piel amarillenta, un retaco y de carácter muy seco. No sabía ni una puñetera palabra de otro idioma que no fuera el chino (y no me preguntes si mandarín o cantonés). Así que yo le hablaba en inglés (no estaba yo para forzar mi cerebro y chapurrear jemer) a la Hermana Ath, que venía conmigo y que habla muy bien inglés y jemer. Ella, a su vez le hablaba en jemer a un tipo que traducía en chino a la doctora. En aquel momento pensaba que era como el juego de boca-oreja en el que se van pasando las palabras rápidamente y lo que se recibe al final no tiene nada que ver con lo del principio.
Lo siguiente fue tumbarme un camastro de metal con una de esas colchonetas de gimnasia que aquí tienen la consideración de auténtico colchón. Y empezó el suero. Yo, ahí tirado, pidiendo ver las agujas y queriendo que todo el material lo abrieran delante de mis narices y que quería medicina de las buenas. Sí, sí de las buenas. En Camboya, según te lo puedas permitir o no, tienes diferentes calidades de medicinas: desde auténticos placebos hasta las producidas por los mejores laboratorios mundiales. La gama es amplia. Una botella de suero más. Y empezaron los pinchazos para que me bajara la fiebre. Y las inyecciones de vitaminas y sales. Otra botella de suero y antibiótico. Pero nada, el menda seguía a 40 de fiebre. ¿De verdad que las medicinas son buenas? Lo de “Made in China” tumbado en un camastro metálico, en esa caja de cerillas con poca ventilación y mal alumbrada no inspira mucha confianza. Por descontado nada de cena. Y por descontado carreras a ese agujero en el suelo que tienen por inodoro con el suero enganchado a una mano y agarrado de la otra. Parece que las medicinas para cortar la necesidad de tanto ir y venir al lavabo no funcionaban. Finalmente a eso de la 1 de la mañana la fiebre empezó a remitir ligeramente.
Tras haber conseguido dormir algo entre botella y botella de suero, más por la debilidad, que por la comodidad del colchón y por su empeño en dejar la luz encendida toda la noche a pesar de mi esfuerzo en apagarla, por la mañana me sacaron sangre. Por suerte todo está bien, dice la doctora. Le intento decir gracias en jemer pero me mira como si yo le hablase en chino, sin entender nada.. Que te digan que todo está bien cuando estás todos sudado, sin duchar, sin afeitar, hueles mal y te sientes como la piñata que los niños acaban de moler a palos resulta, cuanto menos, curioso.
La enfermera me trae unas medicinas y me pregunta si ya he desayunado. ¿Yo? Que yo recuerde no he salido a comprar comida y el “hospital” no me la servido, así que no. Suerte que la gran cantidad de acompañantes camboyanos que me vino a visitar me trajo una “deliciosa” agua de zanahoria. Al preguntarle que eran las medicinas, me contesta con un simple “medicinas”. ¡Eso espero! Y al preguntarle para qué, me añade otro simple “para tu enfermedad”. Total ¿para qué preguntar? En otro momento se me ocurrió preguntar que estaban poniendo en el suero y cuando el tipo me contestó “algo para que tengas energía” no pude evitar acordarme de las atletas chinas que hace unos años batieron marcas mundiales en atletismo porque, según su entrenador, bebían sangre de tortuga. Ya me veía yo saliendo de ahí forzudo como Conan y pitando en cualquier control antidroga.
Tras casi 10 litros de suero, 12 horas a cuarenta de fiebre, múltiples pinchazos y casi 24 horas en ese camastro en el que ya no sabía como ponerme, dije que necesitaba ir a casa a ducharme y cambiarme de ropa. Aún muy debilitado pero bastante mejorado decliné su oferta de quedarme una noche más en su “hospital”.
A partir de hora me dará igual que me acusen, con sorna, de comer como un extranjero. Ya aprobé la asignatura y no quiero repetirla. ¿Qué mejor nota puedes sacar cuando tienes ya un “suma cum laude” en intoxicaciones alimenticias?
miércoles 23 de enero de 2008
En cuclillas
Allí reluce débilmente un canoso flequillo de cabellos grises. Está acuclillado sobre sus pantorrillas. La cabeza inmóvil, atenta, escucha. Esa segunda piel que es la tela de su cromá amarillo y una cadena de plata de eslabones medianos, de la que cuelga un Cristo mutilado por debajo del corazón, son más carta de presentación que su nombre: son toda una declaración de intenciones.
Más que su piel clara, su polo y sus pantalones chinos de corte occidental son las miradas agradecidas y atentas de los demás las que le delatan. A pesar de tener no tener hijos sus bocas pronuncian una cariñoso “padre”. A pesar de no ser santo oficia sus pequeños milagros a través de su particular octavo sacramento: el de la silla de ruedas. Con él levanta del suelo a muchos de sus “hijos” que antes no eran más gusanos.
Sin embargo, es como el tipo que te has cruzado mil veces en el metro pero cuya cara no recuerdas porque jamás te paraste a conversar con él. O como el compañero de café de quien sólo sabes el nombre sin importar jamás los apellidos o su historia. Como nuestros desayunos. Como aquellos, el también se enfada, se cabrea, se ríe, se equivoca, se emociona, se preocupa, se cansa, se estresa y se enferma. Como tú, como yo. No hay hombre sin mácula que no sea digno de reproche. Como él.
Todo lo tuyo, todo lo mío, toda esta absoluta normalidad es la que le hace extraordinario. Es precisamente su humildad la que hace que alcemos la vista para mirarle recogidos de corazón. Esa absoluta convicción, Fe, de servicio a quien necesita nos convence a otros para servirle en su tarea. Llevo un año a su lado y aprendí más del ser humano que en mis veintinueve anteriores.
Tiene nombre y apellidos, apodos, títulos, tratamientos y condecoraciones. Pero allí, de cuclillas, confundido en las tinieblas, es una sonrisa de candidez que habla, escucha, comparte y apoya. Es, simplemente, Kike.
jueves 10 de enero de 2008
La sonrisa del arrozal

He descubierto la sonrisa más sincera del mundo. Está enmarcada por una cicatriz que, recorriendo el borde de la mejilla, empieza en el mentón y acaba en la frente. Como si los labios, incapaces de contener tanta inocencia, necesitasen prolongarse en esa extensión vertical. Es infancia que se alimenta de una mirada de cariño. Es agradecida, ingenua y curiosa pero más que nada contagiosa. Va pegada a un tirachinas, a una botella-coche, a un balón-lata o a un trozo de carbón con el que pintar nombres y corazones hechizados. Ten por seguro que dibujó el mío. Le pertenece.
He descubierto la sonrisa más afable del mundo. Es amabilidad desbordando una boca sin dientes y labios teñidos de un rojo intenso, como la vida fluyendo por su sangre. Es tranquilidad asomando entre arrugas tras una dura vida sonriendo. Es experiencia de canas deslumbrantes. Es la misma vida, consumiéndose, invitándote a disfrutar de ella.
He descubierto la sonrisa del mundo. Es de piel y ojos café, tiene dos u ochenta años. Me persigue, me rodea y me atrapa entre verdes arrozales y polvorientos atardeceres anaranjados. No la ahoga la torrencial lluvia de mayo, ni la seca el cruel sol de marzo. Es perenne, no marchita. Va a pie, en bicicleta o con muletas. No tiene cara pero las posee todas, es infantil y adulta, es una y es mil. Es la sonrisa del arrozal, es la sonrisa de Camboya.
domingo 6 de enero de 2008
Un soplo de diez años

No seré yo quien escriba sobre las desgracias sufridas por este país pues no soy historiador. No seré yo quien aporte datos a la historia de los últimos sesenta años de guerras escrita con el olor de la pólvora, la sangre, el miedo y la tortura. Son seis décadas de de guerra de Independencia de Francia, dictaduras de derechas, dictadura de izquierda, ocupación vietnamita y pacificación por fuerzas internacionales. Son años que dejan una huella profunda que la sonrisa no puede ocultar aunque todo parezca haberse desvanecido en el silencio.
Sin embargo, sí escribiré sobre detalles que te hacen recordar que los recuerdos de las pesadillas vividas a la oscura luz del día de cuatro años eternos de carnicería no han sido borrados por los breves treinta años pasados. Todo sigue reciente y latente. ¿Qué sentía la gente en España en 1949, únicamente diez años después de acabar la guerra civil? (pues esto es lo que fue en Camboya, una guerra civil).
A mi llegada a Camboya me sorprendió la poco presencia que tiene el francés. Tantos años de dominación francesa y el francés ha desaparecido. Nadie lo habla. Más bien, casi nadie. Cuando alguien se dirige a ti lo hace en inglés y rara es la vez que la lengua de Voltaire asoma. A un simpático taxista cincuentón, que se ocultaba del sol bajo un sombrero de grandes alas, le bastó un dedo para darme una explicación definitiva: con el dedo índice dibujó a la altura del cuello el recorrido que haría un cuchillo para seccionarte el cuello. Eso es lo que pasaba con aquellos que hablaban francés, ésa era la suerte que les esperaba a aquellos que habían sido ilustrados en "exceso".
Del mismo modo también se resintió la lengua jemer como pude comprobar el viernes cenando con un grupo de jóvenes camboyanos. Entre las risas de los demás uno de ellos pronunciaba palabras recién aprendidas en la universidad, que a los demás les resultaban divertidas y extrañas pues jamás las habían oído. Al igual que a aquellos que hablaban francés, a los que tenían un lenguaje excesivamente rico y culto les esperaba la misma suerte del machete. El uso de ciertas palabras y expresiones denotaba horas pasadas enfrente de libros y presuponía una cierta categoría social. El resultado, aparte de cientos de miles de gargantas seccionadas y cráneos reventados al ser despeñados por precipicios, fue un gran empobrecimiento del lenguaje.
Lo sufrido entonces también explica la manía de los camboyanos en dormir, si es posible, con la luz encendida para evitar, como dicen ellos, fantasmas o alguien viniendo a casa.
A lo que no me ha sido posible encontrar explicación es a los tatuajes. Un manto de silencio de vapores de alcohol dibuja una sonrisa melancólica y temerosa como respuesta a la pregunta. El vino de palma se ha convertido en el compañero más fiel y próximo para muchos de ellos atormentados para toda la eternidad por lo que hicieron. La cirrosis será su particular guadaña.

viernes 4 de enero de 2008
Un miércoles cualquiera
domingo 30 de diciembre de 2007
La soledad invisible
sábado 29 de diciembre de 2007
Inaugurando etapa
jueves 27 de diciembre de 2007
Recuerdos de madre
Es costumbre y buena educación camboyana quitarse las sandalias, aquí casi ninguno usa zapatos, en el linde de la puerta, antes de acceder a la casa o a la oficina. En los templos e iglesias aquello parece un mercadillo en el que misteriosamente todo el mundo encuentra su par entre los cientos de zapatos. Allí, sentado entre medio de una multitud con los pies desnudos, que no malolientes porque siempre están aireados, te das cuenta que la pedicura no está muy extendida. Los pies son anchos, como si el zapato nos los mantuvieses finos y estrechos, y los dedos se desparraman como los de un lagarto o los de un palmípedo intentado dar la máxima estabilidad posible. El polvo acumulado de años y la suciedad quedan disimulados por el color oscuro de su piel pero sabes que está ahí porque sólo tienes que pensar en el empeño que pones en limpiarte los tuyos. La suela plana, porque todos parecen tener pies planos, es tan gruesa que es cualquier intento de hacerles cosquillas es vano. Se te quedan mirando con unos ojos que delatan que piensan que estás mal de la cabeza. En definitiva, sus pies son simplemente feos.
Y a pesar de ese manto dorado en el suelo, que por muy bonito que parezca sigue siendo polvo, al que entra en casa le dices "por favor, quítate los zapatos que ensuciarás el suelo". Y ya nos ves su mirada extrañada porque has vuelto a la tuyo. Más bien, al ir descalzo lo limpia al actuar sus pies de escoba, la verdad sea dicha.
Al volver a bajar la cabeza y sentir la dura baldosa en mi nuca vuelvo a acordarme de ella. Me acuerdo de mi empeño en tirarme por el suelo para ver la televisión o para hacer la siesta. Y aquí son muchas las madres y sus hijos que la hacen del mismo modo. Total, cuando me levante me sacudiré la camiseta y listo, piensas. Después de haber tenido una reunión, en la que no existen ni sillas ni mesas, de no sabes dónde aparece una pequeña almohada, que mejor no sacudas si eres alérgico a los ácaros, y a veces una esterilla y en un abrir y cerrar de ojos ya tienes amueblado el “salón” (entre comillas bastante grandes). El suelo está duro y no te permite girarte de lado, al menos a ti porque a ellos, los camboyanos, parece que les da igual y eso que no tienen ningún colchón de grasa que les haga más cómoda la posición. Sientes el pelo áspero de la humedad y el polvo pero es increíble lo que puedes llegar a dormir con este calor que amuerma hasta la cafeína.
Mamá, perdóname pero tras la ducha me he vuelto a acordar de ti. Es cierto que he dudado en ponerme una camiseta limpia porque sé que dentro de media hora volveré a estar sudando pero mis principios inculcados desde pequeño se han impuesto. También con el desodorante, que la mayoría de camboyanos no conocen. Sin embargo, por estas latitudes mucha gente ha de dejar de usar desodorante. Se suda tanto que al usar un desodorante con talco o con algo que tapone los folículos lo único que se consigue son infecciones. Recomendación del médico: no usar desodorante. Tampoco parece que su uso sirva de mucho como atestiguan las grandes manchas de sudor en las axilas de las camisas de casi todo el mundo (y también incluyo a las mujeres, camboyanas u occidentales). Es algo comúnmente aceptado, como cuando aceptas que alguien en el trabajo no vaya recién afeitado: Te lo miras pero no dices nada y te olvidas al cabo de un momento.
Al final, al mirarme al espejo recién duchado, afeitado, con ropa limpia y las uñas recién cortadas me imagino a mí mismo dentro de unas horas, tras varias visitas por las aldeas, tan desaliñado que mi madre me podría espetar "¡Vas tan sucio que pareces un.....!", "niño camboyano, mamá, un niño camboyano" especificaría yo tirado en el suelo, descalzo y sudando.
jueves 20 de diciembre de 2007
El ciclo del arroz

Comienzo a segar temiendo cortarme con una hoz tan afilada. Voy más lento que un caracol enfermo y encima o corto el tallo demasiado largo o excesivamente corto. ¿De verdad que a muchos de los que me rodean les falta una pierna?
Mejor me pongo con otra tarea. Lo de anudar los haces de arroz ya parece complicado a simple vista por lo que tras una brevísima inspección ocular decido que tampoco es lo mío. Tan sólo me queda hacer de mulo de carga: trasladar cada haz de arroz del campo al carro o al lugar en el que se secará.

Ahora solo cabe esperar a que cuando los campos yazcan yermos por la falta de agua llegue la temporada de lluvias, dentro de varios meses, para poder empezar a trabjar, de nuevo, la tierra.
sábado 15 de diciembre de 2007
Seguridad laboral

Todo empieza cuando ves a un niño de unos cuatro años llevando en su mano un cuchillo de carnicero que desde el suelo le llega hasta más arriba de la rodilla. Lo lleva como quien lleva la bolsa del pan: hablando con la gente y tan sólo de vez en cuando mirando hacia delante. Horrorizado se te ahoga un grito en la garganta. Aliviado suspiras cuando ves al niño entregar tan descomunal cuchillo a un adulto responsable. O tal vez debería decir irresponsable al ver como se sienta inestablemente de cuclillas, los pies descalzos y sin ninguna malla de protección en las manos para empezar a cortar con enérgicos y duros machetazos algún trozo de carne, con el cuchillo golpeando la madera a escasos centímetros de los mugrientos dedos de sus pies.
Me gustaría poderle decir: "Buen hombre (por decir algo gentil), ¿no te das cuenta que vas a hacer pinchos de salchichas con tus dedos? ¿Que si ese cuchillo es capaz de partir la columna vertebral de una vaca tus dedos son más blandos que un azucarillo en el café?". Seguramente, como mucho, el tipo levantaría la vista y miraría en derredor. Le seguirías la mirada para ver:
Al chapista que pinta las motos con spray y sin ningún tipo de máscara y acaba con las manos y la cara del color de la pintura, el soldador al que saltan las chispas en el pie y acostumbrado como parece estarlo sólo se preocupa por el estado de su sandalia, al herrero que sólo se le ocurre comprobar si el metal sigue candente poniendo su mano crónicamente llagada encima, al recolector de cocos que trepa a la copa de palmeras de veinte metros confiando en que si se cae le saldrán alas (eso sí, lleva una cuerda para atar los cocos porque no hay que echar a perder lo más valioso), al de la gasolinera fumando mientras está recargando los depósitos de combustible o pidiéndote que pongas en marcha el coche mientras repones gasolina para poder escuchar la radio, al que busca en el basurero entre toneladas de basura en sandalias en las que se clavan decenas de agujas y clavos, al electricista haciendo apaños sin cortar la corriente o en medio de la calle en plena tormenta tropical, al peón de obra subido al quinto piso de un andamio de troncos retorcidos y que amenaza caerse, a los camioneros llevando una carga tan alta que dobla la altura de su camión y tan pesada que hace crujir suspensiones y ejes hasta que se rompen, al carpintero dando patadas, por supuesto con sandalias, a una sierra automática de amenazantes dientes para que se ponga en marcha o para que pase el último trozo de madera con aquella bien afilada y funcionando perfectamente, al enfermero poniendo vías y sueros y sacando sangre sin guante alguno, al que limpia metiendo la mano dentro de cubos llenos de productos de limpieza muy corrosivos para que todo se mezcle correctamente, etcétera.
Viendo lo baldío de tu intención te vuelves a casa sin articular palabra. Y tampoco vas a argumenar sobre la necesidad de sindicatos. Sin embargo, al pasar por delante del hospital te paras y entras a saludar y ves al chapista con problemas de pulmón, al soldador con el pie en carne viva por las quemaduras, al herrero con las manos vendadas por las llagas, al recolector parapléjico en la cama, al del basurero que le acaban de comunicar que tiene alguna enfermad muy seria transmitida por los pinchazos (tal vez sida), al electricista echando chispas por todo el cuerpo del chispazo que se ha pegado, al peón de obra haciendo compañía al recolector de cocos, al camionero con todos los huesos rotos tras habérsele caído encima toda la carga, al carpintero echando de menos a sus pies o sus manos, al que limpia echando de menos la piel de sus brazos.
Buff, respiras tranquilo por un momento, por suerte aún no has oído hablar de ninguna gasolinera que haya saltado por los aires. Sin embargo, ¿No te suena ese enfermero que está sacando sangre al que trabaja en el basurero?
jueves 13 de diciembre de 2007
Vuelta a casa
jueves 6 de diciembre de 2007
Periplo español



A la gente que me dice "menudo trote" yo respondo "¡Qué gozada!"
lunes 19 de noviembre de 2007
Channeng, el poderoso brazo del humor

P.D.: Se muere de ganas de ir en bici

viernes 16 de noviembre de 2007
Una boda camboyana (más)
Es el final de la temporada de lluvias. Eso conlleva la gran ventaja de que los caminos están embarrados y podrán ser reparados quedando bien para varios meses. Además, significa volver a disfrutar de atardeceres espectaculares. Y también de los amaneceres porque significa despertarse casi todos los días a las cinco de la mañana ya que empieza la temporada de bodas. ¡Y yo vivía tan tranquilo acostumbrado ya a los rezos de monjes y de imanes!Las bodas camboyanas son toda una experiencia que, desgraciadamente, se repite todos los días y por todas partes. ¿Por qué no se desarrollan un poco y hacen como los países occidentales: irse a vivir juntos sin papeles o enlaces de por medio? Se podrá estar de acuerdo o no pero lo que es indiscutible es que me ahorraría unas cuantas ojeras. Con millones de jóvenes en edades casaderas (el 65% de la población tiene menos de 25 años) son infinidad las bodas que se celebran. Número que se ha de multiplicar por dos ya que las bodas duran dos días y el ruido dura dos días.
Los enlaces camboyanos parecen de quita y pon. En España cuando te vas a una boda, te preparas a conciencias. Los hombres la verdad es que tampoco tanto. Como mucho te afeitas y te compras una corbata nueva (porque te lo ha ordenado tu mujer o tu pareja para ir a juego con ella porque tú irías con la que tienes en el armario). Las mujeres lo pasan peor y se llegan a gastar un dineral con eso de no poder repetir vestido.
En Camboya todo es diferente. Tu día es como cualquier otro con la única diferencia de que sabes que a cierta hora tendrás que ir a un banquete. Sí, al banquete porque a la ceremonia, como ellos son budistas, sólo van los esposos y los monjes. Un par de horas y de vuelta.
Ellas sí se arreglan, y bastante. Sinceramente, están mejor sin arreglar que con todo esos kilos de maquillaje encima en un intento de aclararse la piel lo máximo posible. Y sin esos pelos crepados, rizados y lacados. También cuidan mucho el vestido, que ha de ser de falda larga y parte superior sexy (palabra usada por ellas para referirse a hombros descubiertos y multitud de flores y ornamentos básicamente horteras). Pero la gran diferencia es que el traje es alquilado. Por 8 dólares tienes el último grito del mercado. Yo siempre he sido muy favorable a alquilar pero una y otra vez he perdido esa batalla con cualquier mujer a la que se lo he planteado. Lo volveré a intentar y sé que volveré a perder. Lo único que han de comprar son esos zapatos con tanto tacón que no parecen lo más adecuado para un día de campo, pues es en medio del campo donde se celebra la boda (el cercano olor de vacuno te lo confirma).
Ellos tardan en arreglarse lo que tarda un calvo en peinarse. Hay algunos que llegan a ponerse corbata (seguro que tienen alguna cercanía familiar con los novios) pero son las excepciones. Eso sí, camisa y no camiseta.
Al llegar a la boda, que es fácil de localizar porque la música resuena a kilómetros de distancia, te hacen entrar, a través de un pasillo de damas y caballeros de honor vestidos del mismo color que los novios y que te dan una flor de bienvenida (envuelta en plástico, como todo en este país). Luego alguien te indica donde sentarte bajo una carpa de rosas, amarillos, verdes y azules con guirnaldas que pretenden ser doradas. Las mesas son para diez comensales y todas las sillas, de plástico, están recubiertas por una tela de colores marrones y rojizos y motivos geométricos. Hasta que no se han sentado diez personas en la mesa no sirven nada de comer. Y nada quiere decir que no te dan ni agua, ni hielo, ni cerveza, ni Coca cola (o algún sucedáneo más barato) mientras miras como algunos ya van por el tercer o cuarto plato. Porque tal y como llegas te pones a comer sin esperar a que llegue el resto de la gente. Tampoco es necesario haber visto a los novios que están dando vueltas por ahí o cambiándose en una de esas cinco mudas que han de vestir como mínimo (blanco, amarillo, azul, verde y rojo son los colores básicos).
A los camboyanos les encanta que la ropa les quede grande y lucir grandes hombreras y zapatos de punta así que muchas veces parecen niños jugando a probarse la ropa de sus hermanos mayores, luciendo un aire a veces grotesco.
En todo eso te fijas sentado en la mesa pues no puedes hacer más, ni tan siquiera hablar con los que están a tu lado ya que el volumen de la música es tan potente que te tapas los oídos. Es inútil levantarse y dirigirse al pinchadiscos para que te dé un respiro. Intentas hacerle comprender que no quieres que te vibre el cerebro con la letra de "Revlon Charlie", el último éxito camboyano dedicado a una colonia de hombre. En el preciso momento en que te vuelves a sentar en tu silla vuelve a girar el mando y suben los decibelios.
Por fin somos diez en la mesa (si nos juntamos más a alguno le parecerá inmoral) y llega la comida. Deliciosos aperitivos entre los que tan sólo llegas a distinguir cacahuetes pues el resto parece sacado de un documental de La 2 de extraños alimentos. Al menos tienes el vaso lleno de hielo hasta rebosar (fórmula cortés camboyana) y ya te han traído algo de beber. Hay que tomárselo con calma ya que irán saliendo bandejas y más bandejas. Es un festín y más en un país donde hay tanta gente pobre. El último plato, y como excepción al día a día, es arroz. Y de postre, como regalo, un paquete de galletas rellenas. Sí, de esas que compras en el súper cuando quieres picar algo.
Entre tanta comida, tragos de cerveza. Tragos largos, muy largos y larguísimos, con algún que otro sorbo corto para moderar. Tragos que se beben una cerveza de un litro de un tirón. Se trata de "beber cuánto puedas, lo más rápido posible durante el mayor tiempo posible". Es decir, pillar tal borrachera que luego se pasan la tarde durmiendo. No saben beber de otra manera y no paran de brindar entre ellos, y alguna vez con alguna mujer, para así beber más.
Y entre sorbos y trozos de pollo el tipo que tengo detrás mío, sentado en otra mesa, se gira para poder escupir y hurgarse entre los dientes sin molestar a los otros comensales de su mesa pero a tan sólo un palmo de mi cara.Sinceramente, puede escupir porque en el suelo ya que entre el barro (ayer llovió), la paja, las botellas, latas y papeles un escupitajo no supondrá que tengan que ponerse a limpiar.
El momento de bailar ha llegado. Como ya han desmontado varias mesas que se han de llevar a otra boda (entre mesas de gente que aún no ha acabado de comer) hay espacio para los bailes. Éstos básicamente consisten en dar vueltas a una mesa como quien juega al corro de la patata, alzando los brazos y moviéndolos rítmicamente de un lado a otro como la tradición camboyana manda, al son de versiones jemeres de antiguos éxitos occidentales (escuchar "Eternal flame" en camboyano, con el estribillo en inglés, me hace pensar en lo cutre que es medio traducir las canciones, incluido al castellano). Bailes entre hombres que apestan a alcohol y con sus camisas por fuera ya llenas de grandes manchas de cerveza. Y ellas casi no bailan porque, aparte de descartar tan agradable compañía, se les clavan los tacones en el barro.
Han pasado ya 2 horas y es el momento de depositar nuestro regalo (un sobre, que te dan en la misma boda, para que pongas el dinero dentro) en la urna de alpaca e irnos. Por fin se acabará la música de unos altavoces más altos que yo y podré descansar.
Hasta que esta mañana me ha vuelto a despertar el entusiasmo de unos novios anunciando a bombo y platillo que se casan.Por favor, ¿Cuánto falta para que empiece otra vez la temporada de lluvias?
miércoles 7 de noviembre de 2007
¡Qué mono!

No tendrá más de dos años y está plácidamente dormido estirado ocupando poco más de un asiento, vestido sólo con una camiseta y un pantaloncillo viejos. ¿En qué habrá pensado para decidir que yo soy el tipo más adecuado para ocuparme del niño? No importa mucho porque esto parece ser muy camboyano. Tanto es así que los niños se van con el primero que les da la mano, acostumbrados como están a que sean muchas las personas las que, en un momento dado, les cuidan. Sin embargo, al cabo de un par de minutos, en los que el niño ha seguido durmiendo y yo aún no me he levantado de mi asiento, llega un niño mayor. Mayor porque es de más edad que él pero apenas levanta un metro del suelo ya que debe de tener, como mucho, cinco años. Aliviado con este súpercanguro me decido a bajar del autobús para estirar un poco las piernas.
El canguro y yo ya nos conocemos, el roce hace el cariño, o las ganas de enviarle a sentarse en la otra punta del autobús. Incluso la física camboyana ha encontrado su límite intentando hacer encajar nueves cuerpos en cinco asientos por lo que a él le ha tocado sentarse en el suelo, en el escalón que hay delante de la última fila, obligándole a asirse a los reposabrazos de los asientos de los de la penúltima fila. Uno de ellos es el mío y cada dos por tres noto su mano debajo de la mía, o encima, o apoyándose contra el reposabrazos, o indistintamente contra mi cabeza o mi hombro. Al principio me callo pero, cansado de no descansar, le pido que no se apoye tanto. Finalmente parece que hemos llegado a un acuerdo no escrito ni hablado de no molestarse el uno al otro e incluso me sonríe.
Y me sonríe cuando levanto la vista del libro y miro como los dos, el mayor y el pequeño, juegan. Y sonrío yo también. Allí, en medio, del autobús lo que parecen ser dos hermanos (eso sería una suposición demasiado occidental) se ríen, se sacan la comida de la boca el uno a lo otro y se la ponen en la propia, se ríen y se divierten sin importarles en absoluto las incomodidades.
Vuelvo a mi libro hasta que un sonido me fuerza a volver a mirarles. Estoy convencido: eso ha sido un pedo, una flatulencia, una ventosidad, un cuesco. Llámese como se quiera pero sonoro y maloliente. Si el ruido es proporcional al descanso que habrá sentido entonces es mejor que un masaje a cuatro manos.
Risas. ¡Qué mono el niño! (si fuese alguien mayor se me ocurrirían otros adjetivos como guarro, cerdo, gorrino, puerco, cochino antes que mono). Pero ya no parece tan mono cuando al mirar para abajo, al piso, nos damos cuenta que junto al pedo ha aparecido, marrón y vulgar, una cagada. Sí, allí en medio, bueno, en medio dura un momento porque con los zarandeos de su hermano acaba pisándola y su pequeño pie hace de espátula esparciéndola un poquillo. Nada, allí, a medio metro de mí.
Porque no, en este país no hay pañales. Los pañales son caros así que durante el tiempo que el niño no aprenda a aguantarse sus necesidades las dejará allí donde esté. ¡Qué invento los pañales!
Las ventanas se abren y las cabezas se asoman por ellas buscando un poco de aire no tan fétido. La marcha continúa hasta que el olor lo inunda todo y el ayudante del conductor llega hasta las últimas filas para ver qué ha pasado. Su cara no refleja la famosa sonrisa camboyana y manda al chofer pararse.
La madre saca una bolsa de plástico y junto a su hijo y ayudados los dos por un cromá (pañuelo típico camboyano) se ponen a limpiar las heces de ese niño tan mono, al que tras mirarle el pandero deciden que no hay que limpiarle más (será un niño muy limpio, pienso yo). Parece que ya han acabado y dejan el cromá y la bolsa, anudada, eso sí, en el suelo, como si la tela impregnada no oliese hasta que el ayudante con voz de sargento les dice que lo tiren fuera: se abren las puertas del autobús y afuera se fue. (nota aparte. Eso es lo primero que ves bajar del autobús en cualquier parada: la basura lanzada a través de la puerta aunque una vez abajo haya, de milagro, algún container). Pero sólo han tirado la bolsa ya que la madre se resiste a desprenderse del cromá. Casi empiezo a creerme que estos hacen desaparecer los olores pero no cree lo mismo el sargento-ayudante que también le ordena deshacerse de él. Tras unos repasillos más aquello parece que está limpio. Pero no. Falta el remate final. Falta pulverizar muy abundantemente con insecticida. Tanto que los que estamos al lado (en todo este rato nadie se ha levantado de su asiento) empezamos a asfixiarnos. Ya no sé si es peor el remedio o a la enfermedad.
Y todos me miran y se ríen como si yo fuese el único al que le molestase el olor de la mierda de un niño tan mono.
¡Vamos, que llegamos tarde! grita el chofer para dar por concluidas las tareas de limpieza, como si esperar un minuto más fuese a añadir mucho a nuestro ya retraso de cuarenta minutos.
Y vuelvo al libro, y los niños a jugar, y la música a sonar. Todo como antes, como si nada hubiese pasado, pero con las ventanas aún abiertas y sin ningún cromá más de recambio.
martes 6 de noviembre de 2007
Día mundial contra las bombas de racimo
“Make it Happen” (Haz que suceda) es el lema bajo el cual ayer se organizaron actividades de información y protesta en alrededor de 40 países pidiendo la prohibición de las bombas de racimo en la próxima conferencia de Viena del 3 de diciembre.Impulsados por el Cluster Munition Coalition (http://www.stopclustermunitions.org/), movimiento civil internacional que agrupa organizaciones civiles y no gubernamentales de desarrollo, y del Servicio Jesuita, quien lidera la campaña en Camboya, la Prefectura Apostólica de la Iglesia Católica en Battambang ha querido, a través de la decisión de Kike, el Prefecto Aspostólico, apoyar este movimiento global, por estar muy vinculado a la lucha contra las minas antipersonal.
Las bombas de racimo (conocidas en inglés como “cluster bombs”) son bombas que una vez en el aire abren su coraza para esparcir cientos de bombas más pequeñas del tamaño de una mano, los racimos, sin dirección y control alguno explotando y causando daño haya donde caigan, afectando mayoritariamente a la gente corriente. Sin embargo un porcentaje elevado de estos racimos, entre el 5% y el 30% según el modelo, no llega explotar esperando en el suelo para matar a mutilar a quien las recoja, actuando de este modo como minas antipersonal.
El gobierno camboyano, involucrando oficialmente en este proceso desde el principio, expresó esta misma semana través del Rey, Norodom Sihamoni, su deseo de que se incluya “asistencia a las víctimas, limpieza del terreno y sensibilización al riesgo”. Desde Camboya, fuertemente bombardeada con este tipo de bombas durante la guerra de Vietnam y con millones de minas aún por desactivar, ha surgido el testimonio de miles de víctimas.
En la sede de la Prefectura se organizaron por la tarde bailes tradicionales camboyanos y una conferencia abierta al público para dar a conocer qué son las bombas de racimo y en qué países se han utilizado,. Channneng, un chico de 19 años mutilado de ambas piernas y un brazo, testimonio cruel del uso de explosivos, participó en las lecturas entre otras personas discapacitadas. Así mismo Bopha, una bailarina de 14 años vestida de paloma de la Paz, manifestó estar “muy contenta de bailar por la paz en Camboya en el mundo entero”. Alrededor de 300 personas asistieron al evento, entre ellas un gran número de niños, quienes corren un gran riesgo al confundir los racimos explosivos con juguetes.
El grupo de baile del centro Arrupe para discapacitados representó el baile de la bendición y el grupo de baile de Tahen, que estuvo ya en España en 2.005 y volverá en octubre del próximo año, llevó a cabo una serie de bailes folclóricos acabando con el baile de las minas, alegoría de la situación que se vive en Camboya, pidiendo así la paz y la prohibición de las bombas de racimo.
Más tarde se hizo participar al público mediante concursos, preguntas sobre qué son las bombas de racimo y rellenado en palomas de papel sus mensajes de esperanza. El evento finalizó, entre cantos, con la liberación de palomas de la paz y de globos a los que se engancharon las palomas con los mensajes escritos.
Mientras, a tan sólo 400 metros, ingresaba en el hospital de Emergency una nueva víctima de mina: un hombre joven, padre de dos hijos, vecino de Chem, una mujer también mutilada de mina que trabaja en la Prefectura.
P.D.: El día 28 de noviembre, en Barcelona, y el 29, en Lérida, daremos Kike, Channeng y yo unas charlas sobre las bombas de racimo en El CaixaFoum.
Siempre he sido pacifista pero nunca me consideré militante activo pues, como nos pasa a todos, esto me caía muy lejos. Sin embargo, aquí se te remuevan las tripas y no puedes evitar estar de acuerdo.
martes 30 de octubre de 2007
En el mundo de los olvidados

Aquí, la miseria instalada en chozas de madera y paja en la que viven muchas familias no concede tregua y la tradición enseña a tener que ganarse el plato de arroz por uno mismo desde que se tiene uso de razón. Aquellos que en los infortunios de la vida hayan sido desprovistos de aquella o de su capacidad de ayuda no pueden esperar encontrar consuelo. La pobreza, permanente desde hace muchas generaciones, no lo entiende y únicamente enseña valores que no son poco más que brusquedad en el trato.
Peah, doce años de vida encogidos en cuclillas que apenas la levantan cuarenta centímetros del suelo, extraña a todo y a todos y a una altura a la que incluso los perros la miran desde arriba y tan sólo unos pollos sarnosos, desplumados y escuálidos lo hacen de frente desde su cercano nido pulgoso. Incluso se adivina un resquicio de desprecio en su mirada al ver como ese ser, que ya no humano, coge, mastica y traga piedras como si de un animal se tratase, ante la indeferencia de sus padres, abuelos y hermanos, que perdieron hace tiempo la condición de próximos para convertirse en distantes observadores.
El llanto monótono, cansado y débil de quien ya no tiene fuerzas para llorar revela las horas pasadas en ése su rincón, que hace de gallinero y trastero, mal vestida con una falda para niñas de su edad pero que a ella le queda tan grande que parece un muy largo poncho que ir arrastrando. El verde intenso y dorado de los dibujos no puede ocultar la suciedad acumulada durante semanas que se intercambian la tela y su cara al limpiarse, constantemente, los mocos y sus ya escasas lágrimas. Así pasa los días, entre oídos sordos de aquellos que la rodean, acostumbrados ya a un ruido continuo que el cerebro ya no pierde tiempo en escuchar, como quien cambia de canal ante anuncios incómodos y crueles.
Peah enseña que el más necesitado no es aquel que no tenga casa, ni agua corriente, ni comida o educación sino aquel que ha sido desposeído de su condición humana por sus iguales, al que le han quitado ese trato sin preguntar, llevándose con ello el afecto y el cariño y quedando reducido a un mero ser viviente a la espera de acabar sus días sumido en la desesperanza cuando su único pecado capital, condenada ya a vivir muerta, es ser discapacitada mental como si la culpa y la elección de tal ofensa hubiesen sido decisión suya.
Todas son caras de extrañeza y sorpresa al sentarme junto a ella, acariciarle la cabeza, sus mejillas, una de ellas con una gran cicatriz causada por el fuego, como si el castigo de la discapacidad no fuese suficiente, y agarrarle las manos haciéndole sentir que estoy ahí. Sus “próximos” se mantienen distantes y ni tan siquiera los perros se atreven a acercarse. Al besarle la mano, en la que toda la superficie de piel está cubierta por roña, barro y tierra me mira sorprendida por primera vez a los ojos, temerosa durante todo este rato, y es posible creer que, seguramente, es la primera vez la han besado.
A medida que se apagan sus quejas aumenta mi enfado; me hierve la sangre y se me sulfura el ánimo ante tanto desprecio y olvido. Quisiera gritar y escupirles a la cara palabras de desdén infinito y conseguir, siquiera por un momento, rebajarles a una altura a la que incluso las gallinas les mirarían desde arriba. Quisiera, cabreado hasta el alma por la rabia, denunciar y sacudir los cuerpos y las conciencias de aquellos que la rodean y de gobernantes corruptos e insaciables que tienen, supuestamente, el mandato de ayudarla y que con sus corruptelas sólo la mantienen en la pobreza, porque no es posible sumirla más en ella. Pero su familia, impulsada por la hambruna y la necesidad, justifica algo que no entiende como injusto con una falta de tiempo para hacerse cargo de alguien desvalido.
La pongo de pie, quiero que mire a sus hermanos a la cara y no desde abajo, y la siento con nosotros. Pero los llantos vuelven a su garganta y, autómata, se levanta para caminar torpemente y volverse a su rincón entre pajas, pollos, piedras y sombras dónde parece sentirse menos incómoda. Son doce años de indeferencia. Demasiados.
¿Cómo es el hombre capaz de tal denigración? ¿Por qué nosotros hemos tenido la suerte de evitarnos este olvidado mal trago? ¿Es esta la auténtica naturaleza humana? Sé que no porque el trabajo diario de ayuda a discapacitados físicos y mentales que lleva a cabo el equipo de trabajadores sociales (algunos de ellos mutilados de mina) para restaurarles su dignidad y derechos y las sonrisas de los casi cuarenta niños también discapacitados que viven en mi mismo centro así me lo han demostrado.
domingo 28 de octubre de 2007
Un día de campo
El día ha amanecido cargado de una lluvia intensa y fresca que, aunque bienvenida y deseada en las horas de sueño, es maldecida y odiada con el volante en las manos. Me quedo en la cama intentando alargar el descanso todo lo que pueda evitando el gimnasio y el calzarme las zapatillas de correr. Un copioso desayuno me sirve para cargar fuerzas mientras espero que lleguen los visitantes que son la causa de mi excursión.
Iremos a Prey Thom, un poblado a poco más de sesenta kilómetros de Battambang, rodeado de terrenos infestado de minas, del que vienen tres niños mutilados que viven en nuestro centro y en el que estamos llevando a cabo un proyecto de desarrollo rural y al que se tarda en llegar, según plazca a la Diosa Naturaleza y al tráfico de camiones, entre una hora y media y tres horas. La carretera ofrece vistas preciosas de campos inacabables de verdes de intensidad inefable entre aldeas olvidadas de casas de madera y paja. Pero tan sólo esporádicamente veo todo lo me rodea porque los baches en la carretera atraen mi atención cual agujeros negros con la materia: no hay manera de escapar de ellos.
Y al llegar la visita sigue lloviendo. Y sigue también una hora más tarde cuando toca partir.
Cómo medida de precaución llevo el depósito lleno, doscientos dólares en el bolsillo (la mitad en moneda camboyana ya que en el campo no tendrán cambio de billetes grandes) y a un compañero camboyano de trabajo, Cheat, para que nos eche un cable en el remoto caso de que sea necesario. El restaurante en el que comprar comida y agua para llevar es nuestra última parada antes de enfilar definitivamente la marcha. Somos 5 personas en total: 1 camboyano y 4 españoles.
Empiezo a oír los comentarios jocosos sobre los baches y botes de mis compañeros españoles, neófitos en los caminos rurales. Con un "esta es la mejor parte" les aviso de que aún es pronto para quejarse más. Me parece que he pasado demasiado tiempo entre cráteres y baches porque tengo la impresión de que la carretera está bien.
Una hora y media de tormentas y sacudidas después llegamos a Camping Pui, un embalse artificial en el que la luz del sol riela en el agua entre nubes grises y amenazantes dejándonos embelesados. Haciendo un alto en el camino aprovechamos para comprar y comer semillas de flor de loto y así matar el hambre y el tiempo. Hemos recorrido treinta kilómetro y ya estamos a mitad de camino. Tan sólo falta rodear el lago y ya habremos pasado lo peor. Como aquí no ha llovido tanto en poco más de veinte minutos ya hemos pasado por ahí y enfilamos un camino más recto y sencillo que nos permite acelerar.
Sin embargo, al cabo de poco rato asoman puntos extremadamente embarrados que nos obligan a parar para estudiar el lugar idóneo de cruzarlos. Conducir un bicho de casi tres mil kilos con la reductora, en primera marcha, el motor a casi cinco mil revoluciones (su tope) y patinando y coleando cómo si estuvieses pisando mantequilla te dispara la adrenalina. Estoy convencido de que me he ganado mi diploma de conducción de cuatro por cuatro.
Pero todo lo que sube, baja y vuelves a la realidad de las dificultades en las comunicaciones y experimentas por ti mismo lo que supone vivir así, teniendo que emplear 2 horas en recorrer cuarenta kilómetros. ¿Qué haces si te coge un ataque de apendicitis? ¿Cuánto crees que tardará el 061?
Así que pasa lo que llevabas temiendo todo el día. Te lo han preguntado por la mañana y aunque no eres supersticioso eras reticente a responder: "¿Te has quedado alguna vez encallado en el barro?" Un "hasta ahora no" intenta evitar una rotunda negación que llame a gritos a la mala suerte. Pero, al igual que las diarreas, esto es algo por lo que tenías que pasar en tu experiencia camboyana y no hay prevenciones lingüísticas que lo puedan evitar. Resultado: Estás encallado.
Las cuatro ruedas del cuatro por cuatro, que ahora es un cero por cero, parecen girar como un torno, que se mueve rápidamente pero que, quedo, no va a ningún sitio. El barro no es más que agua saturada en arena que se hunde bajo tus pies y los voluntariosos empujes de mis acompañantes resultan vanos y no mueven nuestro encallado transporte ni un ápice. Y tras un buen rato de esfuerzo baldío aparecen los primeros campesinos que no hacen más que mirar como nos desgañitarños y nos reímos hasta que, viéndonos impotentes, pedimos ayuda a otro grupo, más numeroso, que también pasa por ahí.

Ahora somos unas 10 personas pero aquello sigue siendo inútil y decidimos que es hora de utilizar un tractor. En un principio no es posible porque no tiene combustible, a lo que sugiero que podemos sacarlo de nuestro depósito (Javi, has hecho bien en llenar el depósito hasta arriba). Sin saber el porqué, y después de haber sacado el tapón del mismo, parece que ya no hace falta. Hago un amago de averiguar el por qué pero desisto ya que saberlo (si es que llego a saberlo) no me servirá de nada y me supondrá perder tiempo.
Mientras van a buscar el tractor (no, nadie sabe cuánto tardarán) me sube a la parte trasera del todo terreno, que es abierto, para comer. A pesar de que reconozco que no es lo más bueno me como ávidamente arroz frito con verduras volviendo a pensar por enésima vez que las raciones camboyanos son de chiste de lo pequeñas que me parecen. Me he vuelto a olvidar de pedir dos.
Y entre bocados y risas u imaginación recrea un tractor de gigantes ruedas y motor potente con una cabina en lo alto para el piloto. ¡Baja de las nubes, piloto de rallys! Un motor algo más grande que un cortacésped de largos mangos con los que controlar las marchas y el gas y un par de ruedas metálicas es tu servicio de grúa. Y el cable que une tractor y coche está formado por un par de cuerdas atadas a cada extremo de un tronco.

A la quinta vez que se rompe la cuerda alguien pregunta "Nos vendrán a buscar ¿no?". A ver, déjame que piense, ¿Alguien ha oído hablar del Real Automóvil Club de Camboya? Me parece, sólo me lo parece, que aquí no hay ningún R.A.C.C. así que hay que seguir empujando. Además, ¿algún teléfono tiene cobertura? ¿Hay por ahí algún punto kilométrico que indique el número de carretera y la posición exacta? La respuesta obvia a esas preguntas es una clara invitación a cavar.
Tras haber puesto hojas, maderas, algún tronco pequeño y alguno más grande (ante nuestras atónitas miradas parecemos entender una de las posibles causas de la deforestación de este país: La facilidad con la que cortan uno o dos árboles de tamaño medio para sacar un coche del barro) hay que pasar a remedios más contundentes. De repente un par de camboyanos, estirados en el suelo y rebozándose en el barro, alzan el coche con un gato para poder sacar el barro y poner, en su lugar, algo con más agarre.

Ver a un tipo que no conoces de nada embarrarse de tal manera para hacer tu trabajo por tu dinero te hace verte cómo un tipo colonialista ya que sabes que no le pagarás, ni remotamente, lo que tendrías que pagarle a otro occidental para que lo hiciera.

Finalmente tras dos horas y media de empujar, cavar, acelerar, maldecir y reír conseguimos sacar el coche. Y aún nos quedan 15 kilómetros.
Llegamos a Prey Thom, bajo una tremenda cortina de agua, tras 5 horas y tan sólo 65 kilómetros.
Como está anocheciendo ya la visita es breve y hemos de enfilar el camino de vuelta. Nos recomiendan un camino alternativo que está mejor. A saber, mejor significa que seguramente, que no quiero decir seguro, no nos quedaremos encallados. En ningún momento se refiere a que sea menos bacheado y más rápido. Es un concepto que nos queda bien claro entre vuelos en los asientos, golpeos al techo y sacudidas en la espalda.
Un camión encallado en la parte "buena" del camino hace que tengamos que pararnos, de nuevo. Esta vez tengo que acelerar y pasar deprisa ante el riesgo de volver a embarrancar. Pero tanto acelero que acabo en un borde del camino y el coche se desliza hacia un badén. Una raíz se interpone en la trayectoria de la rueda delantera y evita que me vaya para abajo. Si me caigo, pasamos la noche aquí. Nadie te lo ha dicho pero sabes que no serás ni el primero ni el último en quedarse tirado en medio de algún camino. Tampoco me preocupa en exceso pues llevas dinero, chapurreas jemer y llevo a un camboyano, aunque tampoco me hace gracia. Y éste es el camino bueno.
Con algo de suerte y un poco de pericia conseguimos salir esperando que sea la última dificultad del día. Al cabo de poco pararemos porque necesitamos descansar algo ahora que ya es noche cerrada.
Me ha parecido distinguir una casa conocida en este camino que desconozco. Estoy casi seguro de saber dónde estoy. Me paro, salgo del coche, abro la puerta de la tienda y ahí, comiendo sobre una mesa y con algo más de pelo me lo encuentro. El padre me saluda efusivamente. ¡Es Titi! El niño de 3 años que lleve al hospital para que le curaran la herida. Ya no le queda rastro alguno de la herida más que una calva redonda en la que tal vez no crezca más pelo ya. Pero es lo de menos.
En un principio no me reconoce pero, al sentarme a su lado, se acomoda en mi regazo y me agarra los brazos y las manos. El padre no quiere dejarnos pagar nada de lo que compremos en la tienda, a lo que nos negamos. Se dirige hacia mí y me pregunta: "Bong (hermano mayor) ¿Cuánto tiempo estuviste en España?" ¿Cómo sabe él que yo estuve en España? No recuerdo haberle dicho nada. Me cuenta que se presentó con su mujer y sus dos hijos en la Prefectura, donde trabajo, con una gran bolsa llena de naranjas para ¡darme las gracias!
La bolsa, en la que tal vez haya unas 40 naranjas, vuelve a aparecer mientras nos ofrecen algo de beber. Las cervezas también aparecen en la mesa como por arte de magia entre risas y brindis al ritmo de "salud". Tengo más que suficiente pero me piden que me quede porque me quieren dar una bolsa aún más grande y nos quieren invitar a cenar.
Mientras, iluminados por la débil luz de una sóla vela, Titi se sienta en mi rodilla y me coge la mano para posarla en su pierna apoyándose contra mi pecho. ¡Esto sí que es una recompensa! A pesar de que el sueño le cierra los ojos y le ladea la cabeza se niega a irse a dormir.

Muy a pesar nuestro, y entre refunfuños de la mujer, que se ha puesto a cocinar, y los nuevos brindis de los hermanos del padre allí presentes, tenemos que irnos. Son las siete de la tarde y aún nos quedan más de cincuenta kilómetros.
Entre baches y más baches, en medio de la oscuridad y el silencio total recorremos los siguientes veinticinco kilómetros en una hora y media. Lo que en un principio era algo divertido y aventurero ya cansa y las caras denotan las ganas de llegar a casa o, al menos, a una carretera asfaltada (da igual que esté mal asfaltada pero que esté asfaltada). Me piden que no diga cuánto queda porque la espera se hace eterna. El final llega tras treinta y dos kilómetros y dos horas desde que dejamos a Titi.
Curiosamente son los últimos veinti y pico por la deseada y recta carretera asfaltada los que se hacen más largos. Si no fuese por el temblor del volante, el rechinar de la estructura metálica trasera y el olor a humedad y barro del interior, heridas inflingidas al coche, seguramente también sucumbiría al sueño. El silencio es casi total, apagada ya la radio tras escuchar infinidad de veces las mismas canciones.
Han sido casi diez horas de viaje de las que hemos pasado unas nueve dentro del coche para recorrer ciento cuarenta kilómetros entre el barro que, aunque duros, han merecido sobradamente la pena y que al menos, espero, hayan servido como respuesta a la pregunta de "Por cierto, Javi, si tan fértil es la tierra ¿por qué no exportan más sus cultivos?"
jueves 25 de octubre de 2007
¿Srei o Coun cromom?
Luke y yo ya hemos sufrido en nuestros oídos decenas de bodas y nuestras ojeras son la mejor muestra de ello. Falta Ani, que acaba de llegar y la que queremos integrar rápidamente en la cultura camboyana por lo que no encontramos mejor manera que pararnos y decirle que vamos dentro. Además aprovecharé para sacar unas cuantas fotos. Con todo esto los camboyanos no tienen problema alguno. Es más que un blanco se junte con ellos durante la celebración parece subir el caché de los novios. Así que con 2 barranes y una blanca y guapa occidental parece que les ha tocado la lotería.
Al acercarnos a la entrada se nos ponen a hablar y en mi rudimentario jemer le pregunto a uno de ellos donde está la mujer (no, no sé como se dice novia a pesar de llevar 7 meses aquí) y nos indican que subamos al piso superior. Seguramente, pienso, está cambiándose en uno de los tantos vestidos que tiene que vestir para demostrar la riqueza de la pareja.
Para no quedar mal me dirijo a uno de los adultos que sostiene una gran copa entre sus manos, llena de billetes, y en la que gente deposita sus regalos, para darle algo de nuestra parte.
Al novio no se le ve por ningún lado.
Tras descalzarnos y dejar las sandalias encima de otros muchos pares ascendemos y lo primero que me llama la atención es la cantidad de beatas que hay y el olor a incienso. Las beatas son mujeres ancianas que se afeitan la cabeza y visten de blanco. Vienen a ser, salvando muchas distancias, las monjas budistas.
Me precede Ani, quien al atravesar el linde se voltea hacia mí y me mira extrañada pero sin decir nada pues no sabe cuales son las tradiciones camboyanas. Con sus ojos parece querer interrogarme si estira de la manta. ¿Cuál será la sorpresa? y ¿Por qué hacen eso?
Pero al entrar yo entre camboyanos sonrientes y con mi cámara colgando en el costado nos damos cuenta rápidamente de lo que pasa: ¡Estamos en un funeral!
¡Ani, por favor, no tires de la manta! Como un rayo sale de la habitación entre camboyanos con la sonrisa dibujada en sus rostros y beatas de labios radiantemente rojizos. Luke ni siquiera ha llegado a entrar y cuando le digo lo que pasa no podemos evitar que se nos escape alguna carcajada por lo bajo con Ani ya al pie de la escalera.
¡Y los camboyanos insistiéndome en que saque fotos y rogándome que me quede para contarme la historia de la fallecida mujer de 75 años!
Ya decía yo que algo no me cuadraba: no se oía música por ningún sitio a pesar de los altavoces.
Pero por el resto todo es igual que en las bodas.
Y aunque nos vamos precipitadamente, sobretodo para no reírnos por esta forma tan intensa y equivocada de empapar a una recién llegada en la cultura, el hombre del micrófono no para de darme las gracias con mil sonrisas por mi, reconozco, escaso donativo.
Ahora ya estoy advertido de que no es lo mismo preguntar por la srei (mujer) que hacerlo por la coun cromom (novia).
miércoles 24 de octubre de 2007
¿Por dónde empiezas?

Falta de agua potable, suciedad ingente, falta de recogida de basuras, niveles de abandono escolar tan altos que piensas que parecen erróneos, una de las mayores tasas de mortalidad infantil de entre niños de 0 y 5 años más alta del mundo así como de madres durante el parto, malnutrición, una tasa de pobreza del 40%, una de los primeros puestos en la negra lista de países más corruptos del mundo, puesto 55 de 122 en los países con mayor desigualdad del mundo y subiendo puestos rápidamente, inseguridad jurídica a raudales, falta de higiene y atención médica, prostitución infantil, alta propagación del VIH y de la tuberculosis, etcétera. Y así podría seguir y seguir pues las necesidades de reforma de un país tercermundista, llamado eufemísticamente país en vías de desarrollo, son enormes. A quien haya estado en uno de ellos no le sorprenderá en nada esta lista.
Y cuándo llegas, te preguntas ¿por dónde empiezo? Pues por el principio y aplicando el dicho de quien mucho abarca poco aprieta. Soy consciente de que mi presencia aquí no es más que un granito de arena y que se tardarán años en ver los resultados. No seas impaciente, olvídate de los proyectos bien planificados a corto plazo de tu trabajo pues aquí no tienen sentido. Cambiar hábitos a base de educación requiere de mucho esfuerzo y tiempo. Tanto que muchos acaban quemados porque vivir durante años con la frustración drena las reservas de esperanza y por eso es de admirar la obra de los que a pesar de llevar tantos monzones a las espaldas siguen sonriendo, confiando en el futuro y animándote.
Muchas veces lo has oído en la tele o en la radio pero hasta que no lo ves no lo crees. ¿Cuál es la primera necesidad humana? Si no la puedes cubrir ya te pueden venir con cuentos sobre desarrollo. Sí, es comer. Hay que ver como me puedo poner cuando el estómago me ruge reclamando que lo llene. No consigo concentrarme en nada más que no sea en llevarme algo a la boca. Y eso que muchas veces se trata de tomarse algo tan necesario como la merienda.
Pues ahí empieza la trampa de la pobreza: Si no tienes qué comer sólo te puedes dedicar a sobrevivir y no puedes ni quieres pensar en educarte y poder liberar tu mente para cosas tan lejanas como montar un negocio. Y el hambre no distingue de sabores y así comes cualquier cosa que mueve y cualquier tallo verde y flor colorida que te proporcione el campo.
Junto al agua va la comida. No tengo estadística alguna para saber cuanta gente tiene acceso a agua potable pero ni hace falta ni me apetece buscarla. Si el 80% de la gente vive en el campo sé que, por lo menos, el 80% de la población no tiene agua potable. Y no tener agua potable significa depender que la impredecible naturaleza te llene tus botijos de agua para no tener que ir a buscarla, como sucede en los insufriblemente secos meses de la temporada seca, a charcos de agua estancada y verdosa que se van secando o, si eres afortunado, a pozos con agua contaminada de arsénico.
Oye, con esta dieta tan equilibrada ¿cómo es posible que enfermes? Acidez de estómago, fallos hepáticos agravados por cantidades ingentes de vino de palma ingeridas durante años, hipertiroidismo, malnutrición crónica e infecciones intestinales. Y la guinda a este pastel lo pone un poco de dengue y otro tanto de malaria.
Y , entonces ¿qué haces? Pues no te queda otra que entrar en la rueda de la deuda. Y cuando entras ahí no sales. Aquí el banco no es más que el recurso de unos pocos y el prestamista de turno no se deshará en amabilidades como esos sonrientes empleados de los anuncios. No, aquí, de media por cada 100 dólares que pides has de devolver al mes siguiente 110. Es decir, ¡todo más un 10% mensual! Mmmm, eso es el euribor más ¿cuanto? No creo que a ese interés se vendiera un solo piso en España.
Lluego pasa lo que pasa: niños que no van a la escuela porque han de trabajar para poder comer y pagar las deudas familiares, o porque no tienen dinero para pagar el dinero de las clases de repaso que exigido el mal pagado profesor forzado a utilizar ese remedio, padres que emigran cada uno por su lado a Tailandia dejando los niños al cuidado de quien sabe quién, reutilización de los preservativos (sí, aunque suene increíble se lavan y se reutilizan para no estar comprando más), gente forzada a vender la tierra para hacer frente a los pagos y convirtiéndose en indigentes, y una plaga de iliteratos yéndose a la capital soñando en emular lo que ven en la tele quedando a merced de cualquier trabajo y que acabarán, muchos de ellos, mendigando más de lo que lo hacían en el campo y gente expulsada por no poder demostrar la propiedad ante un juez corrupto untado por las mafias.
Pero para aquel que ya está contra la pared no queda otra opción que tirar para delante, avanzar e intentar, con la ayuda de todos lo que seguimos creyendo y educación y más educación, volver a levantarse para ésta vez caminar más decidido y conseguir, al final, como hacemos nosotros mismos sin apercibirnos, andar independiente y seguro sin tener que ser un valiente a cada vez.
martes 23 de octubre de 2007
Cuestión de estatus
No puedo evitar mirar al chico de arriba a abajo y pensar que estamos yendo en un autobús y no en uno de esos tanques móviles que tanto se ven por aquí, por qué cuando más grande y brillante mejor, y que su móvil no es ninguno de última generación como para que vaya aleccionando a la gente con su estilo, gracia y fortuna.
Y ello me hace pensar en cómo en Camboya es muy importante la demostración del estatus de cada uno que se demuestra, básicamente, a través del teléfono y del coche.
Las calles están plagadas en sus aceras de tiendas de móviles relucientes y enormes coches, muchos de ellos 4 x 4, que también saturan el tráfico.
La respuesta que le doy no la entiende pues le digo que mi teléfono aunque viejo es robusto, funciona perfectamente y la batería me aguanta unos 4 días al no tener ni colores ni sonidos polifónicos, y que no necesito más. Y me contesta que sólo cuesta unos 100 dólares. Y cuando le pregunto cuánto cobra me contesta que un poco más de 100 dólares. ¡Comprarse un teléfono con el salario de un mes! Echando cuentas del salario medio en España sería como comprarse un teléfono de unos 1.250 euros. La verdad es que por ese precio más valdría que hasta me hiciese un masaje y me pasase peliculas como si estuviese en el cine. De nada sirve argumentar, pues no lo entiende, que prefiero gastarme el dineo en otra cosa y que él puede claramente intuir que tengo ese montante ya que un billete de ida y vuelta a España no te sale por menos de 1.00o dólares. Para él tengo que ser pobre por mucho que le dé explicaciones.
Del mismo modo que me han preguntado más de una vez si soy pobre por no querer subirme a un motodop (moto taxi) ya que prefiero ir en el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando.
¿Por qué ir a pie si te pueden llevar? Y ¿por qué ir en moto si puedes ir en coche? Y, ¿por qué ir en coche pequeño cuando te pueden llevar en un mastodóntico 4 x 4? Ésa es su filosofía.
Un par de anécdotas sirven para ilustrar mejor como piensan ellos.
Este verano a una chica que estuvo por aquí le robaron la mochila con bastante dinero dentro en un pueblo pequeño. Al día siguiente una persona que no tenía nada se compró un móvil de ¡400 dólares! Eso sí, luego tendrá que ir tirando de la electricidad de otro para cargar la batería, pero la electricidad ya no forma parte del estatus.
Lo segundo es ver todos esos Lexus, sí, sí, Lexus, 4 x 4 pululando por aquí, con sus ruedas anchas y su coraza que les hace parecer indestructibles. La verdad es que los comparas con algún Porsche Cayene (hoy los he visto por primera vez en la capital) y éste último te parece pequeño y de juguete por lo voluminoso que resulta el otro.
Pues hay que saber que la gran mayoría de esos coches son de segunda mano, legales o ilegales muchos de ellos. Los coches tienen una apareciencia magnífica pues nos se aprecia raya alguna en sus brillantes y cromadas superficies. Pero si te vas algún día a una tienda de coches (y no hablo de concesionarios porque son más bien tiendas multimarca: todo se compra y todo se vende) verás a algún enjuto camboyano en cuclillas lavando, pitando o cromando para que todo reluzca y resalte más. Por unos 10.000 dólares puedes conseguir uno de esos coches de segunda, tercera o "quien-sabe" mano. Y quien no puede con el coche se compra una moto.
Y al pasearte por las aldeas ves chozas, porque a veces a ese habitáculo en el que viven sólo se le puede describir así, y ves motos nuevas de trinca en la puerta y a alguien sacando brillo a un móvil que tiene conexión a internet en un país en el que no hay cobertura móvil de internet y cuyo dueño no puede hacer uso de los cientos de mensajes de texto que te ofrecen las operadoras porque no sabe una palabra de inglés para escribir al menos uno.
viernes 12 de octubre de 2007
Palpando la felicidad

viernes 21 de septiembre de 2007
Vida de perro
Inmediatamente no puedo evitar ponerme a pensar en el fiel y leal amigo que tienen mis padres en Barcelona. Reconozco no ser el mejor amo del mundo y comprarle todos los juguetes y ropajes disponibles en la tienda para mimarle pero aparte de eso Scully, que así se llama, baja dos o tres veces al día a la calle, come diariamente su pienso y alguna que otra galleta o sobra, cada mañana recibe sus 10 minutos de caricias para darle los buenos días, duerme cuanto quiere, si enferma el veterinario lo sana y cuando va al campo es más feliz que unas pascuas. Aparte de faltarle alguna perrita con la que echar una cana al aire no es que tenga una vida muy de perro. Es decir, come, juega, duerme y recibe atenciones y cariño. No está mal e incluso alguno podría pensar, estresado por el trabajo, ¡Yo quiero una vida de perro!
Pero en Camboya ves un maloliente pielyhuesos, hogar de pulgas y parásitos, sarnoso, de andares inquietos, mirada insegura, ladridos silenciados, patas finas, cuerpo estrecho, costillas marcadas, áspero pelo, hocico fino, puntiagudas orejas cortas, largo rabo gacho, miedoso desde que le robaron su braveza las pedradas de niños, ancianos, muchachos y adultos, desconocedor de un regazo y del cariño, con más puntapiés en el cuerpo que un balón de fútbol en el patio de un colegio, lleno de cicatrices, recuerdo inborrable de la afinada puntería de los tirachinas de los chavales, olfateador infatigable en busca de su comida diaria y que es lo más diferente a esa mimada mata de pelo limpia, peinada, sana, simpática, cariñosa, fiel y tal vez gorda que tienes ahí, a tu lado, mientras lees este blog a la que llamas perro. Pero éste no es can albarraniego, ni alforjero, ni braco, ni brucero, ni sabueso, ni de ayuda, ni de busca, ni mucho menos lucharniego, ni viejo, ni de casta, ni tan siquiera faldero mas simplemente feo y callejero.
Y al principio cuando vas a correr te ladran, a escondidas de los amos. e incluso alguno te persigue preocupándote y haciéndote pensar en comprarte algún silbato de ultrasonidos que los ahuyente hasta que un día imitas a los camboyanos y levantas la mano haciendo ademán de tirar una piedra provocando en el chucho una estampida como alma que lleva el diablo dejándote claro cómo les tratan.
Aunque peor les trataría el veterinario, por poner un nombre a quien, bisturí en mano, les raja por donde sea necesario, dejándolos tirados en un rincón sin gasas, ni algodones o calmantes.
Entonces un lamento de tu perro te hace volver a la realidad y a la la conversación y no puedes evitar interrumpir con una pregunta:
Lleva vida de perro pero ¿perro de dónde?¿español o camboyano?
jueves 20 de septiembre de 2007
Las 3 preguntas
martes 18 de septiembre de 2007
Minas o bombas antitú

Lo único que yo conocía de las minas antipersona (escribo antipersona y no antipersonal porque personal suena impersonal y no te viene a la cabeza que ese "personal" puedes ser tú o puedo ser yo) era lo que veía en las noticias: básicamente hace ya muchos años recuerdo a Lady Di y la Reina Noor de Jordania con los chalecos puestos visitando algunos campos y algunas vícitimas. Al apagar el televisor las minas se quedaban en el olvido.
Todo era así hasta que llegué a Camboya y vi con mis propios ojos lo que en realidad es una mina y el daño que hace. El objetivo de estas bombas del tamaño de tu mano no es matar (que también matan),no, su objetivo es mutilar, desgarrar, herir, provocar un ejército de tullidos porque eso es mucho más doloroso para la familia y un recordatorio desmoralizante y constante del poderío del enemigo. A los muertos los entierras y te acabas olvidando pero no puedes dejarlo atrás cuando has de ayudar cada día a tu hijo a abrocharse la camisa porque no tiene manos.

Tal es su macabro fin que al hablar con algún antiguo soldado te comenta las excelencias de las minas soviéticas, que amputan justo a la altura de la rodilla, frente a las camboyanas, que nunca sabes que te van a arrancar, si poco o si mucho.
¿Cómo harán las pruebas de calidad? "Mira, a esta mina le ponemos un 9 porque ha explotado justo por encima de la rodilla (es mucho peor por encima de la rodilla que por debajo ya que pierdes mucho movimiento) y a la camboyana que ha matado al probre granjero que pastaba con sus bueyes sólo le ponemos un 5 pelado (un suspenso no ya que matar tampoco es tan malo)" podría decirle un soldado a otro.
Pero bueno, si sabes que hay minas, no te metas en el campo, me dirás. Ojalá no tuvieras que meterte en el campo, te respondo yo. ¡Cómo si ellos quisieran! Ellos entran por necesidad; ¿qué harías tú si no tuvieras qué comer y tu único sustento fueran las bayas del bosque, la madera de los árboles y las plantas para comer pero sabes que puedes dar con una mina en cualquier pisada? ¿Qué haces: te mueres de hambre o te la juegas? Y mientras esperan a que llegue algún equipo a limpiar el terreno viven rodeados de minas y se dedican a espantar a los cerdos para que no pasten por rincones en los que su inversión podría saltar por los aires, literalmente, y a educar a los numerosos niños para que no correteen por ahí.

Te puedo hablar de casos que he conocido personalmente, de los 6 niños del centro en el que vivo que están mutilados: de Chaet Nieng, que perdió las 2 piernas y un brazo cortando leña en un bosque, de Srei Nieng, a la que le falta un pie, de Sokheum, quien perdió una pierna y a su tío cuando una mina explotó al paso de su tractor,... O de los nuevos casos que, como un goteo lento pero inexorable, sigue habiendo: el chaval de 15 años que el 30 de agosto (sí, hace sólo 2 semanas) le explotó una mina que le ha sumido en la oscuridad eterna al reventarle los ojos y, no contenta con su daño, la mina se le ha llevado la mano izquierda. Y más, desgraciadamente hay más pero no te lo enseñaré porque aunque siempre queremos el caso más increible (se llega a oir "bueno, a este sólo le falta una mano" como si ésta cariciese de importancia) no quiero caer en el morbo de las heridas.

Y cuando hablo de minas tengo que hablar de UXO, Un-Exploded Ordenance, una manera aséptica de hablar de bombas que no explotaron y que están ahí a la espera de que alguien las coja, como hicieron Sot, que se dejó los brazos al recoger la más cruel mariposa (ésa es la forma que tenía la bomba) que el hombre haya construido, y Rattanak, quien este pasado 18 de enero (hace tan poco que incluso puedes acordarte de donde estabas ese día) perdió un antebrazo, un ojo, casi toda la visión del otro y un par de dedos de la otra mano, suficiente como para que ya no pueda ir a la escuela ni aprender braile.

Impresionado piensas orgulloso "Mira que buenos somos que hemos firmado el tratado de Otawa prohibiendo las minas antipersona" (el tratado ha sido ratificado por 155 países, entre ellos España. ver http://www.icbl.org/). Cierto, pero ni las minas anticarro ni las bombas de racimo lo están. Éstas son bombas que se abren cuando están en el aire y esparcen bombas más pequeñas, como granos de uva descolgados de un racimo, en un radio muy amplio, sin control ninguno sobre dónde caerán y con un gran porcentaje de ellas que no llegan a explotar y quedan aletargadas en el suelo a la espera de que alguien las toque, como si fuesen minas. Aún pareceré un experto militar o un pacifista militante pero no soy más que alguien que ha visto personalmente el daño de estos ingenios mortíferos.
Para conocerlo por mi mismo la semana pasada fui a pasar una mañana con un equipo de desminado para quedarme alucinado de como se juegan la vida esos héroes de 150 dólares al mes. Y cuando hacen detonar las minas que han encontrado, estremeciéndote por la explosión a pesar de estar a 80 metros de distancia, no puedes evitar pensar en la pesadilla por la que tendrías que pasar si te tocase el castigo, cual macabra lotería, y tuvieses que arrastrarte, sangrando y en carne viva, fuera del campo. Porque a ver quien es el valiente que, sabiendo que si hay una mina puede haber más, entra a recoger a un herido poniendo sus piernas en peligro. Aquí no hay rambos ni salvadores del mundo. Es entonces, tras la detonación delante de tus propias narices y con el corazón disparado durante horas por la adrenalina, que vuelves a ver a alguien llevando una pierna postiza y piensas en si tú serías tan fuerte como ellos. Serán pobres, bajos, muchas veces cortos y poco tirados para delante pero ¡qué narices! son hérores anónimos que han aguantado que les desgarren las manos, pies, piernas y ojos y no se quejan. Y no la hacen ni tan siquiera en el hospital. Lo sabes porque lo has visto con tus propios ojos.

¡Malditos jemeres rojos! exclamas a continuación. Odiados y odiosos jemeres rojos, responsables de matanzas y atrocidades, pero que no fueron los únicos en plantar minas. Aquí puso minas todo hijo de vecino: los jemeres rojos, el ejército vietnamita, el ejército camboyano, el ejército tailandés e incluso los propios aldeanos para defender sus aldeas de la llegada de los soldados. Y no, no hay minas estadounidenses (aunque sí muchas bombas suyas quedan por ahí tras los bombardeos durante la guerra de Vietnam; en Camboya cayeron más bombas que las que soltaron bombardeos aliados durante toda la segunda guerra mundial).
¿Cuántas minas quedan? parece ser la gran pregunta. No lo sé pues hay un baile de cifras (al gobierno camboyano le interesa rebajar el número) pero todavía se habla en cientos de miles e incluso en millones. Se llega a barajar la cifra de siete millones de minas: 1 por cada 2 habitantes. ¿Te imaginas España con 22 millones de minas? Y ¿cuán difícil es pisar una mina? El ejemplo para que lo entiendas es fácil: ¿Cuántas veces has pisado una caca de perro? Casi nunca pasa, pero pasa.
Pero lo cierto es que si vives en la ciudad poco o muy poco te limita el que haya minas. Tan sólo cuando te vas a los pueblos asumes que no puedes salirte del camino. Y con salirte del camino me refiero a que si tienes que vaciar la vejiga lo haces en el propio camino, dejándote el pudor en casa, para, nunca mejor dicho, no mear fuera del tiesto.
Poco te impide, la verdad, hasta que un día, recordando tus paseos por los Pirineos, decides que quieres subir el Monte Aural, la montaña más alta de Camboya, para salir de la rutina. Y es entonces cuando alguien te pregunta "¿Quedan minas?" y al inquirir tú a los guardas del parque te dicen que has de subir con guía porque aún puedes pisar uno de esos añejos recordatorios, que no caducan a pesar del los años pasados porque los hicieron demasiado bien.
Justo ahora me acuerdo de la cara del primer camboyano que conocí al que le pregunté si se podía subir las montañas en Camboya y me contestó: "¿Para qué?¿Qué hay ahí arriba por lo que tanto valga la pena jugársela?" Yo, decididamente , me quedo abajo.
domingo 16 de septiembre de 2007
Un tributo a mi abuela
Dicen que llegado este momento ya está todo dicho, que un gesto, un roce, una mirada vale más que cualquier palabra. Pero yo digo que no, que es ahora cuando hay que decirlo todo, no dejar que ni el embudo de tu garganta, ni las memorias agolpadas en tu cabeza, ni tu corazón compungido te impidan un último acto de sinceridad y amor hacia el otro porque no hay acción más vana que hablar al viento bonitas palabras que ya no alcanzarán los oídos del ausente.
Dicen que es ley de vida y yo digo, sí, lo es, pero cumplir esta ley me hace querer romperla porque esta ley no entiende de recuerdos ni de corazones rotos, aunque esta ley es buena si alivia el dolor del que se va y sólo por eso no la discuto.
Pero, Avia, cuando partas, dejándonos atrás, no te irás, porque aunque tu cuerpo ajado, menudo y consumido por el paso de los años, las alegrías y las penas haya encontrado merecido reposo tu impronta será imborrable y tu vida, referente.
Como la flor marchita por el tiempo tu cuerpo se arrugó y tus cabellos grisearon pero jamás hubo arruga tan entrañable ni gris tan colorido. Pero al igual que el recuerdo de aquella es la fragancia, la belleza y la primavera y no su final yo te recordaré cariñosa, cercana, viva, activa, querida y matriarca pero no anciana.
Te pueden llamar Carmen, tía Carmen o L’Avia pero con nombre o sin él eres mi abuela y a las abuelas no se les dice adiós, se les dice hasta la próxima pues convencido estoy de que contigo como guía nos reencontraremos; sencillamente me niego a creer que alguien como tú desaparecerá sin más porque dicen que lo bueno es eterno y tú eres buena.
Y al llegar a anciano con un cuerpo que ya no pueda correr, ni unos ojos que leer y pase frío y tormento pero esté rodeado de hijos, nietos y biznietos me acordaré de ti y pensaré que ha valido la pena seguir tu ejemplo. ¡Qué orgullo que me digan “Has hecho como L’Avia”!
“¿Qué recuerdas de tu abuela?”, me preguntarán cuando ya no estés y la memoria te evocará en mil palabras (parchís, frontón, bocadillos calientes, piscina, ping pong, meriendas, cuarto de las tinieblas, coca de recapta, tenis, salita, aguinaldos, primos, infancia...) para sólo responder “Amor, cariño y felicidad”.
Si me preguntas que echo a faltar en Camboya ya tienes parte de la respuesta.
sábado 15 de septiembre de 2007
¿Qué puede llevarse en una moto?
- Pues yo he visto 4 de tamaño normal más un cerdo, replica el otro dudando si no existe una contradicción entre camboyano y grande.
Esto forma parte de una conversación normal en Camboya pues existe de modo oficioso una especie de competición entre los extanjeros, ya sean visitantes o residentes, para saber quien ha visto la moto más cargada de todas.
"Y tú ¿qué has visto?" es la pregunta clave para saber si mereces la consideración del otro.
Todo el mundo tiene derecho a participar pero si quieres tomar parte y no ser el último en la lista deja de lado tus ideas occidentales de que en una moto sólo caben dos personas con casco y, tal vez, un baúl para llevarlos.
Aunque tampoco tendrás que hacer mucho esfuerzo porque es inevitable empezar a señalar con el dedo y que te acabe cogiendo tortícolis de tanto girar la cabeza mirando a diestra y siniestra intentando adivinar como es posible que en dos ruedas y pocos más quepan tantas cosas.
No es necesario un juez, ni que presentes una foto, ni tener que inscribirlo en un registro oficial; con tu palabra basta.
Tampoco hay reglas que determinen qué tiene más valor y esas tendrían que instaurarse porque ¿qué vale más: cuatro personas adultas y dos bebés colgando de los brazos de la madre o cincoo camboyanos jóvenes?
En ese punto se desencadena la discusión y has de defender tu caso frente a los demás si quieres que te otorguen medalla, es decir, que incluyan tu visión en la frase "Yo una vez conocí a una persona que vió". No hay medalla de oro, lo siento, no hay premio absoluto porque no hay arugmentación irrefutable ya que tras seis meses aquí no ha conocido moto que no pueda cargarse más.
Ya sé que no existen reglas de puntuación pero sí que hay una serie de mínimos para poder competir. A saber: ni tu trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel con dos maletas grandes y una mochila ni ver a tres personas subidas en una moto son dignos de mención. Bueno, esto último tal vez sí lo sería si las tres personas llevasen casco.
Aquí te paso una serie de ejemplos comunes que no constituyen derecho de medalla para que sepas en que términos se mueve el asunto y no empieces una discusión que seguramente tienes perdida de antemano. En una moto se puede llevar:
- Cinco personas normales (yo he ido un par de veces cuatro en una moto y una de ellas uno de nosotros era grande pero como para ellos enorme que le querían cobrar como dos)
- Cuatro personas normales más un par de niños pequeños estrujados de tal manera entre los cuerpos de los adultos que no sabes como no se asfixian
- Un par de cerdos de los grandes, de esos de ciento y pico kilos cada uno
- Unos veinte lechones
- Una ternera
- Cuatro monjes (ya sé que son sólo cuatro personas pero siendo monjes de túnicas anaranjadas llama más la atención)
- Dos personas, pero la segunda subida encima de un par de fardos y con otro más entre las piernas del conductor
- Un cristal de dos metros de alto por uno y medio de ancho que , a modo de vela, impide el avance de la moto y fuerza al que va detrás sujetándolo a doblarse hacia atrás cual contorsionista chino poniendo a prueba sus abdominales.
- Incontables docenas de huevos. Y con incontables me refiero a que por lo menos debe de haber como mínimo una centena (de docenas). Nota: Si consigues la foto de una moto cargada de huevos estrellándose y con los huevos rotos tienes premio asegurado.
- La puerta de un coche (o dos) siempre que haya tres personas en la moto.
- Una moto. Sí, sí, en una moto se puede llevar otra moto.
- Un volumen de cestas de mimbre que triplica a la moto o en altura o en anchura.

Todas las situaciones mencionadas tienen en común que infringen todas las leyes de tráfico de un país desarrollado, que suponen dificultad al conducir y que no sabes como el conductor consigue encotrar espacio para sentarse, ya sea en el sillín o fuera de él.
Además la manera de conducir las motos desafía las más elementales normas de seguridad lo que le confiere aún más interés a la competición (por favor, no trates de hacerlo en casa, sólo camboyanos experimentados están autorizados a ello y por experimentado me refiero a aquella perona que lleva ya muchas horas de conducción en estas sitauciones bien sea con 6 años o con 70 pues no hay límite de edad ninguno) ya que también computa la moto cargada caída (no, no soy ningún morboso con necesidad de sangre pues como van muy despacio no se suelen hacerse daño en caso de caerse). Usos y costumbres de la conducción:
- Los espejos retrovisores han de quitarse inmediatamente de la moto una vez adquirida.
- En caso de dejarlos puestos estos apuntarán al cielo, al suelo o a cualquier otro lado menos a la carretera
- Servirán como espejo para afeitarse los 4 pelos de la barba que les salen o para maquillarse. Todo mientras se conduce
- El que va detrás ha de adivinar lo que hará el de delante. En caso de adelantar, o porque te viene en gana, hay que pitar la bocina hasta la saciedad
- Las motos se incorporan a la carretera sin mirar y llegando casi hasta la mitad de la calzada
- Las mujeres se sientan de través, como tiempo ha hacían las doncellas en la grupa de los caballos. En caso de llevar a dos mujeres cada una se sentará mirando hacia lados opuesto (será para compensar, digo yo).
- ¿Qué es eso del intermitente? Seguro, seguro que no venía en el manual de instrucciones.
- También, y debido a la carga, se sientan mirando para atrás. Supongo que servirá para avisar que viene alguien muy deprisa ya que el conductor no usa retrovisores.

- En caso de ir muy cargada una moto tiene derecho a saltarse cualquier señal so pena de perder el equilibrio si se para.
Y al volver a España, después de haber pasado unos días en Camboya, sin haber conseguido tu medalla y dudandoo seriamente entre comprarte un coche familiar o cargar todo en la moto cual caracol, coges tu moto (en la que ni te acuerdas que un día llevaste una maleta de 25 kg. entre las piernas y por lo que creías que tenías derecho a entrar en el libro Guiness) para irte a hacer un recado y al intentar cargar el bulto en el portapaquetes lees una advertencia del fabricante que dice "Carga máxima: 5 kg". ¡Venga va, no me tomes el pelo! exclamas pensando en que las pruebas de calidad las tendrían que pasar en Camboya.
viernes 14 de septiembre de 2007
Y se hizo el silencio
¿Cuánto queda para que el jolgorio rompa el silencio y este cuerpo recupere su alma?¿Cuánto para que vuelvan los niños?
jueves 13 de septiembre de 2007
En la peluquería
Anteayer me decidí. A pesar de estar a 10 metros de la puerta de casa me ha llevado un par de semanas decidirme pero tras mirarme mucho al espejo, agarrar las tijeras y estar a punto de cortarme esas coletillas que asomaban por la nuca di el paso: fui al peluquero.Había que sopesar ventajas e inconvenientes para tomar tan difícil decisión. ¿Desventajas? Básicamente que te corten el pelo como una seta o como un cuadrado (que se ve por aquí algunas veces). Porque aunque te creas que hablo jemer, más bien lo chapurreo, ¿cómo le dices al peluquero que quieres el corte de tal o cual manera?.
En el otro lado de la balanza pones todo tipos de argumentos y razonamientos para envalentonarte. Las principales son que tienes que probarlo todo, has de integrarte (bien Kike lleva 20 año cortándolse el pelo aquí y sigue vivo), que no vas a estar esperando a ir a España o Bangkok para cortarte el pelo, que tampoco, muy a tu pesar, te van a dejar mucho más feo de lo que ya eres y que, como última opción, siempre puedes raparte al 1, cosa que alguna vez has hecho. Todo eso y que cuesta 2.000 rieles, es decir, 40 céntimos de euro, argumento que decanta finalmente tu decisión.
Y ¿dónde está la peluquería? En cualquier sitio pues es una caseta de madera abierta por los laterales instalada donde más convenga al "estilista". Eso puede ser al lado del mercado, en medio de la calle o de la carretera (¿Quién querrá cortarse el pelo en medio de la carretera? pregunto yo).
Una caseta de madera sin revistas de moda ni de cotilleos, sin champús ni cremas pero en la que no puede faltar el hilo musical, ya sea suyo o del vecino. La música que no falte. Es lo más parecido a una barbería cutre.
Lo bueno es que no hay que pedir hora ya que eres el único cliente, principalmente porque sólo hay una silla. Te sientas en ella y te remueves porque está inclinada hacia abajo y porque estás expectante ante lo que va a pasar. El peluquero se acerca y ¡se pone mascarilla! ¡¿Para qué narices te pones mascarilla?! Tal vez tus pelos sean más dañinos de lo que te crees pero cuando te habla y le ves la boca agradeces que se ponga la mascarilla y no te eche el aliento en la nuca. Sólo le pides que para afeitarte el cogote no utilice esa navaja que parece un regalo de familia que ha ido pasando de generación en generación. Soprendido te das cuenta que que además de las tijeras normales tiene 2 tipos de tijeras más para vaciar sin cortar mucho. Esto no está tan mal, piensas. Alrededor del cuello te pone una toalla que pretende ser blanca y estar impoluta (suerte que el espejo está sucio y descascarillado y no sabes si la suciedad que ves es de la tela o del cristal) y un gran babero para recoger el cabello.
Y tras empolvarte las patillas y el cuello con polvos de talco se pone a cortar. Primero te repeina como hacía años que no te peinabas tú, exactamente desde el día que hiciste la primera comunión: con la ralla hacia un lado. Luego le dices "tic tic" (poquito) y más tarde otro "tic tic" y otro más (el tío debe de estar ya hasta las narices) hasta que, ni tan siquiera 10 minutos más tarde, ya ha acabado. Te mirás al espejo y decides que no es necesario usar la maquinilla. Por 40 céntimos de euro ¿qué más puedes pedir? Ya serán ellas, las mujeres, quienes juzgarán lo bien o lo mal que te queda.
Estás ya sacando esa gran fortuna del bolsillo cuando te ofrece limpiarte las orejas. ¡Eso es nuevo! Ves unos palillos larguísimos con un trocillo de algodón en la punta y tras imaginarte como debe de ser una lobotomía declinas la oferta. Además, piensas, ¿para qué necesitan esos palillos si con sus uñas tienen suficiente?
Las uñas, esas partes duras de los dedos que regularmente cortas para "no parecer una niña", como decían en la escuela. Se ve que en Camboya no tienen reparos a que los comparen con las niñas porque es característico de los camboyanos dejarse crecer la uña de al menos un dedo de cada mano siendo especialmente apreciados los dedos pulgar y meñique. Esto sucede hasta con los bebés porque supongo que los padres no quieren traumatizar al niño para que con 5 años, y tras volver de la escuela, no les interroge desesperado "¿Se puede saber porque los otros niños tienen uñas de 2 centímetros y yo sólo de 1?". "¡Qué mono el bebe! pero ¿podrían cortarle las uñas?" piensas cuando lo coges en brazos.
La única ventaja de tener unas uñas tan largas es que la mugre acumulada durante años y años de no utilizar ni cepillo ni cortauñas sirve de registro, al igual que en los árboles se sabe la edad por los anillos en su tronco. "Mira, este trozo de aquí (de mierda, y perdón por la expresión, añado yo) es de cuando lleve a pastar a mi primer búfalo" podría decirte uno de ellos señalándote sus uñas.
Y como las del peluquero no difieren de las demás que has visto y como tampoco te apetece que te hurgue en las orejas ni con ellas ni con los palillos lobotómicos pagas y te vas.
"Total ¿no me ha dicho el otorrino unas cuántas veces que no utilice los palillos de las orejas para limpiármelas?" te justificas a ti mismo mientas no paras de atusarte, incrédulo, el cabello.
miércoles 12 de septiembre de 2007
Se come todo lo que sale a la mesa ¿Estás seguro?

Bueno a lo que iba. Después de haber relamido todos los dedos y la cara al haber comido mi primera naranja a la camboyana, es decir, a base de exprimirla, estrujarla y hacer un agujero para que salga el jugo y te pringues todo, he decidido hacerlo como me enseñaron: cojo un cuchillo y la parto en 4. Para ello apoyo la naranja sobre un plato en el que había unos restos verdes que parecían trozos de piel y....¡Craso error!
Al empezar a chupar la naranja también me he zampado algo de esos restos, que han resultado ser condimentos picantes. Y en ese momento he maldecido: ¡Ya estamos otra vez con la comida camboyana!
Mis padres me enseñaron que hay que comer de todo y no hay que decir no pero "mamá y papá, todo tiene un límite"
Porque has de saber que la comida camboyana no es buena. Y no, no me digas que te gusta la comida tailandesa. ¿Acaso la comida española y la francesa son iguales? Tendrán ingredientes en común pero no, no son iguales.
Hay 3 tipos de comida camboyana: la comida para extranjeros, la comida camboyana al estilo occidental y la comida camboyana.
La comida camboya es....arroz. Sí, arroz y algo más. Lo que sea pero con mucho arroz de por medio. Un camboyano medio se come unos 500 gramos de arroz al día, o sea unos 15 kg al mes. Y que no me digan que es como el pan porque si yo me como 500 gramos de pan al día el panadero me hará la ola al verme entrar por la puerta.
Además del arroz se le echa lo que sea. Vas al campo y ves como van cogiendo todo tipo de plantas para echarlas a la cazuela. Y mucho ajo (no te precoupes si tienes una cita porque él o ella seguro que también come ajo). Muy sano todo: arroz y verde. De hecho a veces te encuentras algún retazo de amarillo, azul o rojo. No te preocupes, es sencillamente alguna flor.
Ahora ya tenemos la fibra y los hidratos, ¿qué falta? Las proteínas. Ays, será que eso es más difícil.
Cuando en un restaurante te piden que elijas entre pollo, ternera y cerdo para acompañar tu plato de arroz, viene a dar más o menos lo mismo. En cualquier caso tendrás que sacar la lupa y podrás contar con los dedos de una mano los trozos de carne que hay.
La otra opción es el pescado y ahí has dado en el clavo. Les encanta el asqueroso y apestoso pescado fermentado llamado prahoc. Es uno de esos sabores que o has crecido con él o jamás te gustará. Y te ofrecen y ofrecen y ofrecen otra vez porque no entienden que no te guste algo tan suculento para ellos.
Todo aderezado con 3 tipos de salsa: el curry verde, el curry marrón y el picante. Y digo picante en general porque todo pica tanto que me da igual si es pimienta o lo que sea. Todo es muy "jal" (picante) que suena "cool" pero no lo es. Tal vez tenga un función higiénica bucal sustitutiva del cepillo, que pocos usan.
Aunque tal vez hayas tenido la suerte de que hoy no está muy jal y pensarás que podrás saborear el resto de los alimentos. ¡Pues te equivocas! Todo esta bañado en salsa. A mí muchas veces me da igual si me ponen pollo, ternera, cerdo, rana o ave de campo porque hay una salsa rojiza de chili que mata tapa todo posible sabor.
Y todo está frito. ¿Qué es eso de que la dieta asiática es más sana? Aquí todo está frito: poco frito, frito o muy frito, a gusto del consumidor. Y frito en aceite de palma. Repito ¿qué es eso de que la dieta asiática es más sana? En España cuando algo está frito con aceite de palma o de cacahuete puedes leer en la etiqueta el eufemismo de "aceite vegetal" para que te venga a la cabeza un mar de olivos de Jaén. Aquí, en cambio, sólo les falta resaltarlo con letras luminosas en la carta.
Y a la hora de lanzarte al plato te darás cuenta de que no hay cuchillo. ¿Para qué se necesita cuchillo cuando toda la comida te viene ya machada y troceada de la cocina? Y tampoco uses los palillos, como si supieras de que va el tema. Y por supuesto nada de cubiertos. Aquí la manera tradicional es con las manos ya que para algo el arroz está tan pasado y apelmazado. Sí, sí, tantas broncas que te echaron de pequeño por comerte la pata de pollo a lo troglodita o el melón cual mono pero aquí harías lo correcto.
Pero si no quieres comer con las manos puedes comer una de sus sopas. ¿Qué llevan las sopas? Misterios de la vida. No me preguntes.
O puedes comer pasta. "¿Pasta?" Casi se me olvidaba decirte que es pasta de arroz.
¿Y de postre? Pues si te apetece algo de fruta siempre puedes tomarte fruta verde (les encanta que no esté madura) con un aderezo picante de sal y chili y que yo ellos toman a cualquier hora del día. Está tan picante y la fruta es tan ácida que mientras comen oyes como sorben entre dientes para intentar que la lengua recupere los sentidos (luego se quejan de acidez de estómago y los miras como si no supieran sumar 1+1=2). Después de eso podrías ir al dentista a que te hiciera cualquier cosa de lo insensible que se te queda toda la boca. O tal vez decidas probar el plátano hervido el leche de coco, con arroz y cerdo dulce todo envuelto en hoja de plátano. Una advertencia: no sabe tan bueno como suena.
Mi primera semana en camboya fue así. El primer día incluso tripití de arroz del hambre que tenía, antes las miradas estupefactas de mis veteranos compañeros de mesa. mientras que al quinto día te preguntan si estás enfermo ya que no pruebas bocado. Y si no preguntale a Rafa como acabamos rogando por un poco de ketchup para ponerlo sobre el arroz blanco, sin nada más.
Así que cansado de probar la comida camboyana das un paso y pruebas la comida camboyana al estilo occidental porque todavía no quieres aceptar que eres un inadaptado barrán. Esa es la comida que suelo comer yo. Desde rollitos de primavera, hasta espaguetis con salsa de tomate y piña pasando por carne troceada hecha de maneras diferentes, pero que siguen haciendo que la carne tenga el mismo sabor sea del animal que sea. Rara, rarísima es la vez, que sale algo a la mesa hecho con pescado prahoc. Y muchísimos huevos. Yo en mi vida he tomado tanto huevo frito, tortilla o huevo revuelto. Parece que ahí han encontrado el comodín para agradarte. Hoy, tras 4 días seguidos comiendo huevo, le he pedido a la del restaurante que no me lo pusiera, que ya tengo el colesterol subido lo necesario. Y muchísimos batidos de fruta, única cosa realmente deliciosa de este país.
Pero de vez en cuando decides que necesitas una comida occidental porque el cuerpo te lo pide, porque los dientes se te afilan los dientes pensando en un buen chuletón (dejémoslo en filete).
Con una sonrisa entre los dientes llegas al restaurante y pides uno. Al cabo de un rato, cansado de esperar e impaciente por la comida, te levantas de la silla y te dirijes a la cocina para ver como te preparan tu filete mientras miras a los demás comensales haciéndoles señas de lo grande que va a ser "sí, sí, me voy a comer la vaca entera" (que ha de ser de importación porque las vacas de aquí dan pena de lo flacas que están
). Y al llegar a la cocina ves horrorizado como una menuda mujer está machacando tu trozo de carne con un martillo de carnicero para dejarlo liso como el papel ayudada con todas sus fuerzas, que son inversamente proporcional a su menudez. Tan estupefacto estás que no alcanzas a decir palabra mientras lo cuece tanto que queda como una suela de zapato.Ya sólo te queda decirle: "mujer, cortémelo ya y así me ahorro el cuchillo".
Pero tranquilo, siempre puedes recurrir a comprarte una bolsa de cucarachas fritas para saciar tu sed de proteínas.
martes 11 de septiembre de 2007
Javi, ¿Qué haces en Camboya?
Básicamente, y digo básicamente porque el trabajo es muy cambiante, trabajo con un equipo, llamado entre nosotros "Outreach", yendo de pueblo en pueblo intentando ayudar a gente discapacitada, ya sean mutilados por mina o discapacitados por polio, que aquí sigue habiendo bastantes. En el equipo somos el padre Gabby, jesuita filipino, 3 camboyanos (Som, Sor y Chantú, ésta última es un chica) de los que 2, Som y Sor, son víctimas de mina y les faltan, al menos, una pierna a cada uno, y yo.
Además estoy trabajando en un proyecto en un pueblo llamado Prey Thom, de dónde vienen 3 niños víctimas de mina que viven en el mismo centro que yo, para repartir tierra entre familias pobres ( y digo pobres, pobres) y conseguir su desarrollo económico y social. Todas, además de ser pobres, tienen la particularidad de que algún miembro de su famlia o tiene polio o es víctima de mina.
"Vale, ahora te entiendo. Pero ¿con quién trabajas?"
Pues mi jefe, porque así se entiende mejor, es Kike.
"Y Kike es....."
Kike es el diminutivo de Enrique Figaredo Alvargónzalez, un jesuita gijonés de 47 años que lleva trabajando con los camboyanos desde que en 1.985 llegase a los campos de refugiados de Tailandia y que en cuanto se reabrió la frontera para los extranjeros se instaló en el país. En 2.001 llegó a Battambang (donde estoy yo), al noroeste de Camboya, al ser designado Prefecto Apostólico (obispo).
Pero, una vez resumida a grandes trazos su biografía, hay que decir quien es de verdad Kike. Kike es una de esas personas que te marca en la vida, alguien de quien aprender cada día, que ha decidido sacrificar su vida por los más pobres y los discapacitados. Y ahora pensarás en el cura serio del pueblo de donde vienen tus padres o abuelos. ¡No puedes andar más equivocado! Tiene un buen sentido del humor, ha visto mucho mundo y te puedes sentar a comer tranquilamente con él y hablar de todo.
Ahora me dirás "¡Tío, métete a cura si tanto le alabas!" Pues no, no tiene nada que ver. Por supuesto que tiene defectos, como cualquier persona, pero si me quieres entender vente a Camboya y compruébalo por ti mismo. Teclea su nombre en Google y ya verás lo que te sale.
"Oye, pues trabajar con discapacitados tiene que ser duro ¿verdad?" ¡En absoluto!
Es lo más gratificante del mundo. Yo, antes de llegar aquí, jamás había trabajado con discapacitados y mucho menos con mutilados por mina.
Vivo en un centro con unos 40 niños y chavales de entre 10 y 21 años. Hay 5 víctimas de mina, 4 ciegos y el resto enfermos de polio (esa enfermedad que existía antiguamente pero de la que te vacunan, es una gota, cuando eres pequeño).
En julio tuve la oportunidad de compartir unos días en la playa gracias al trabajo de un genial (cojonudo, para no utilizar eufemismos) grupo de voluntarios españoles y fue la experiencia de un vida (que requier un artículo por si misma). ¡Tendrías que haber visto sus caras de agradecimiento! Y no hubo una sola queja durante el trayecto de 7 horas en un autobús apretados como sardinas en la lata. No te puedes imaginar lo fácil que es arrancarles una sonrisa.
Tú vienes a ayudar pero yo no sé quién ayuda más a quién. Ellos a ti o tú a ellos. Es todo muy aleccionador.
Jugar con ellos un partido de fútbol es muy peculiar: los hay que juegan con muletas (las muletas no pueden tocar el balón y tú no puedes pegarles en ellas, en ambos casos es falta), otros que se mueven como monos, o arañas, con sus brazos de hierro y sus piernas de trapo, el ciego que hace de portero y se mueve según los gritos de los demás, y tú entero de pies a cabeza que no puedes regatearles. "oye, si le pegas un pelotazo a uno de ellos (porque no olvides que su cara te llega por las rodillas) ¿¿qué pasa?? ¡Pues que los demás se parten de risa!

Si tiene algo malo vivir con estos niños es que a las 5:30h ya están en pie para asearse, desayunar, limpiar e irse a la escuela. Eso y que les encanta el pescado prahoc, pescado fermentado, que apesta. Y teniéndolos justo debajo es imposible no despertarse.
Yo me paso muchas jornadas subido en una moto yendo de aldea en aldea para visitar a tal o cual discapacitado. Pero siempre, y digo siempre, vuelvo a casa encantado por haberme cruzado con esta gente. Cansado, tal vez pensativo porque hay que hacer una cosa u otra, pero encantado.
"¿Es eso todo lo que haces?" Pues no. Aquí hay mucha gente de visita y si no hay una cosa hay otra. No sé dondé o con quién pasaré mi jornada cuando me despierto pero sí sé que será interesante.
Y ya sabes, si quieres verlo, no tienes más que venir y comprobarlo por ti mismo. No es tan complicado. Súbete a un avión en Madrid (o en otro sitio) bájate en Bangkok y haz un trasbordo que te lleve a Phnom Penh. Al salir del aeropuerto no te preocupes que un taxi te estará esperando. 3 horas y media más tarde estarás aquí. Vale la pena, te lo aseguro.
Y si no puedes venir ponte en contacto con Sauce http://www.sauceong.com/. Sauce es la ONG, dirigida por la cuñada de Kike, para financiar proyectos aquí desde España. La web de la prefectura (obispado) es http://www.battambang.net/ (en breve habrá un buen cambio. Gracias Will, gracias Grdar.)
Y, por si quieres ver más, en noviembre estaremos en España en unas conferencias de La Caixa sobre las bombas de racimo: el 28 de noviembre en Barcelona y el 29 en Lérida.
Estaremos Kike, Chaet Nieng, Rattanak, Srei Nieng, Mao y yo. Los 4 nombres camboyanos son de chicos/as mutilados por mina.
Aquí te presento a Chaet Nieng (19 años. Hace 2 años le explotó una mina buscando madera en el bosque y le amputaron las 2 piernas y un brazo), con quien te partes de risa, y a Rattanak (10 años al que el 18 de enero de este año 2.007 jugando con unos amigos le explotó una bomba, de resultas de lo cual le falta el antebrazo derecho, 2 dedos de la mano izquierda, el ojo derecho y perdió bastante visión en el izquierdo), el cariñoso benjamín del grupo.

Y cuando el próximo día salgas a correr y te duela un poco la rodilla piensa en que, tú al menos, puedes seguir corriendo.
Los 4 puntos más populares
1) Pero, Javi, ¿Qué narices haces en Camboya exactamente?
2) Los niños
3) Las minas
4) La sonrisa eterna
lunes 10 de septiembre de 2007
Por favor, sé egoísta

¿Qué tendrá la música que gusta tanto a los camboyanos?¿Qué tendrá su cultura que les anima a compartirla con todo el vecindario a cualquier hora del día?
Está visto que importar auriculures no es un negocio rentable pues la música tiene que estar al máximo volumen ya sea durante el canto de los monjes a las 5 de la mañana, o en una boda que dura 2 ó 3 días, en un funeral que puede durar otros tantos, o con el tipo que barre el suelo con una radio tan pequeña que no entiendes que de ahí salgan casi 100 dB, o el vídeo musical del autobús, o la mujer con su radio portátil a tope por si falla el vídeo músical, o el teléfono polifónico que puede sonar durante 15 segundos en la mano de su dueño que está recreándose en su música antes de responder o el jefe de la aldea soltando su discurso durante horas para que lo oiga todo el pueblo .
Y cuando vas a una de esas aldeas a visitar a una famila pobre, de esas que no ganan entre los dos más de 50 dólares al mes (con suerte), que vive en una cabaña de 20 metros cuadrados (tal vez la ex-ministra de vivienda se dió una vuelta por aquí antes de lanzar su famosa propuesta de los minipisos) y en la que un lavabo brilla por su ausencia ¿qué sobresale? Por encima de todo hay un par de altavoces de casi un metro de alto y de unos 4.000 w. Lo divertido del caso es que luego tampoco los pueden utilizar mucho porque no tienen el dinero para pagar la batería de coche a la que conectarlos. Pero, bueno, siempre está bien tenerlos por si acaso....hay que martirizar al "barran" (extranjero).
Y las bodas, ese acontecimiento social que tantas horas de conversación nos ha brindado a Luke (mi compañero australiano de aventuras y de piso) y a mí. El tema principial de la conversación es "Cómo romper, desactivar, destrozar esos altavoces". Te imaginas (me he imaginado) con un bate descargando tu rabia, cortando la luz, cortando un cable para que no funcione, sobornando a la policía (cosa fácil, muy fácil) para que les obliguen a apagar.
Porque hay que saber que a mayor riqueza de los novios, mayor tamaño y potencia de los altavoces. Y eso en la temporada de bodas (que es después de la cosecha y entre febrero y abril tiene su punto álgido) son muchas horas con los cantos de las bendiciones de los monjes y la trdicional música camboyana. Y la música está tan alta que no puedes hablar con el que tienes sentado al lado (no me extraña que se vayan inmediatamente después de haber comido).
Y temo el próximo mes de octubre. La que me espera. Es la semana de los muertos, el "Chum pum", o como se escriba. El nombre parece muy adecuado porque los monjes se pasan todo el día (repito lo de todo el día para que quede claro que hablo de 24 horas) rezando y dándole a los tambores "Pum, chum-pum, pum, pum" para que no te olvides de tus antepasados. Estoy seguro de que me acordaré de quienes me antecedieron pero seguro que tendré aún más presentes sus túnicas anaranjadas. ¡Tan majos que parecen! Pequeñito pero matón que diríamos en mi pueblo (en aras del bilingüísmo, la corrección política y de que mi pueblo de veraneo es Viladrau, y no Barcelona, que de pueblo tiene poco, he de traducir: Petit però pinxo).
El padre Totet, un filipino que lleva aquí muchos años, que está muy integrado en la cultura camboyana y es gran amante del Karoke, me dijo una vez que como la gente no podía pemirtirse el comprar una radio era egoísta no compartir la música con los demás y que por eso ponen el volumen al máximo.
Pues la próxima vez que alguien me despierte a las 5 de la mañana con su música gritaré: ¡Sé egoísta: ponte auriculares!
domingo 9 de septiembre de 2007
Camboya: 2 caras
Todo aquel que venga a Camboya tiene la oportunidad de conocer sus dos caras, la rural y la urbana, o quedarse sólo con la segunda, que es lo que se ofrece a la mayoría de turistas. Pero en un país donde el 80% de la población aún vive en el campo vale la pena poner un pie en los fangosos y polvorientos caminos de sus aldeas.
Este viaje de una Camboya a otra no necesita más que las 5 (ó 6, ó 7 u 8) horas de autobús del trayecto de Battambang a Phnom Penh.
La primera es la segunda, o tercera tal vez, ciudad del país, dónde la mayor parte de la gente trabaja en sus extensos campos de arroz.
La segunda es la bulliciosa capital en la que los arrozales están siendo sustituidos por fábricas textiles que dan trabajo a miles y miles de mujeres y a algunos hombres.
Te despiertas en Battambang. Empiezas el día a las 5:30 con el canto de los monjes resonando en los ruidosos altavoces de los numerosos templos desperdigados por la ciudad. Te das cuenta que intentar conciliar otra vez el sueño es inútil por lo que decides pegarte tu ducha fría matinal (pocos lugares hay que tengan agua caliente) mientras te das cuenta de que la para ti heroicidad de levantarte a esas horas de la madrugada no supone ningún hecho extraordinario al ver como se despereza el tráfico en la calle, las tiendas ya están montadas, la gente barriendo y tú aún por ducharte.
Una vez fresco y liberado del sudor de la noche vas al mercado, que ya se encuentra en plena ebullición. Son poco más de las 6 y con el sol desperezándose entre la bruma del horizonte ya es hora punta: lentamente grupos de bicis te adelantan, los niños con los vacas se dirigen a los arrozales, los bueyes ya están arando la tierra, los escuálidos perros ya están husmedando en busca de comida y los camboyanos enfundados en sus cromás (pañuelo típico camboyano) para protegerse del sol o como falda están listos para empezar otra jornada. ¿De trabajo?¿de calma? Aquellos que no tengan un puesto en el mercado o una tienda o un campo que trabajar estarán a la espera, otro día más, de que alguien les ofrezca trabajo. Esa es una de las grandes diferencias con la ciudad: el trabajo.

De vuelta a casa te cruzas con un carrito de comida que transporta bottellas: algunas de color marrón oscuro y otras de un blaco marfil. Acabas de cruzarte con la máquina del café y la leche de soja. Puedes probarlo si quieres pero sólo te hago una pregunta: ¿Sabes de dónde ha salido el agua?.
Llegando ya a casa caes en la cuenta de que ya no se oyen los rezos de los monjes. No son ni las 7 y ya han parado. ¡¿Qué pasa?!¿Sólo lo hacen para tocarme las narices y despertarme?! Tal vez, tal vez. Además, te diré que muchas veces es una casete. "Menudos vagos", piensas, "Si me despiertan, al menos que sea con un canto auténtico".
Tras el desayuno, a la estación. Bueno, habría que decir a la parada, para que nos entendamos, pues no existe el concepto de estación al uso en España, en la que se encuentran todas las compañías y salen todos los autobuses haciendo las diferentes ciudades. Allí donde tenga su tienda la compañía de autobús, allí está la estación. Y digo estación, y no parada (contradiciédome la frase anterior) porque puede ser que no haya uno sólo bus si no unos cuantos, pero todos de la misma compañía.
Una de las cosas que me sigue llamando la atención de este país es la definición de aparcamiento. Podríamos definirlo como cualquier lugar en el que cabe una moto. ¿Hay espacio dentro de la tienda de la compañía? Pues eso es un aparcamiento. Estás sentado en una de las sillas, al lado de camboyanos que a veces miran, y a veces no, la televisión mientras pasan por delante de ti, a medio metro, motos que entran y salen. ¿Para qué vas a ser tan tonto de aparcar en la calle si dentro, a cubierto del sol, hay sitio?
El trayecto es largo y el autobús se parará varias veces. ¿Cuántas? Depende de cuantas veces el conductor necesite ir al lavabo, de lo que le ruja el estómago pidiéndole comida, de las paradas que vaya a hacer para recoger a gente (porque están las paradas previstas y las imprevistas). Esta regla también se aplica, aunque en menor medida, para los taxis. Puedes dar por descontado que en este trayecto, de unos 300 kms, será mínimo 3 ó 4 veces.
En cualquiera de las paradas tendrás puestos de comida y motodops ofreciéndote llevar. Una de las particularidades de los puestos de comida es que todo está envuelto en plástico. Todo. ¿Quieres un refresco de lata? Pues ahí va junto con la bolsa de plástico para llevarla. Aunque tengas pensado bebértela en ese momento te dan la bolsa.
Tras casi 5 horas de constantes alteraciones con el perro que se cruza, la vaca que decide no moverse, el banquete de la boda ocupando media calzada, el camión reparando la rueda en tres cuartas partes de la calzada, los boquetes de meteorito ocupando toda la calzada, las motos que se incorporan sin mirar, los adelantamientos en los que te pones a rezar y miras aunque no quieras en una monótona carretera en la que las curvas se pueden contar con los dedos de la mano, en la que parece que el paisaje sea una preciosa y constante repetición, arrozales y más arrozales, llanuras extensas hasta donde alcanza la vista, palmeras en medio de la nada como esperando que saques una fotos, te acercas a Phonm Penh.

"¿Qué tal es Phnom Penh?" me preguntan. "No te gustará" repondo.
El tráfico se vuelve más y más lento, pasas fábricas textiles por doquier, camionetas cargadas hasta los topes de mujeres que allí trabajan, todo tipo de comercios, puestos uno al lado del otro sin ton ni son, cada vez hay más basura, las bocinas se oyen en todas las direcciones y a todas horas. Estás en Phon Penh.
Tras dar vueltas y más vueltas el autobús por fin se para. Te bajas y decides, muy a pesar de los motodops y tuk tuks, que hoy vas a caminar.
No he conocido a nadie a quien esta ciudad le haya gustado nada más verla. Es desordenada, bulliciosa, ruidosa, fea, sucia. Sí, es todo eso. Además no tiene monumentos dignos de admirar en los que valga la pena recrearse, la basura se acumula en cualquier parte, las casas se caen y la suciedad abunda.
Pero es una ciudad interesante, mucho, en la que la vida se hace en la calle. Es una jungla en la que aprender a moverse, en la que preguntar como llegar a un sitio requiere saber de antemano como llegar a ese lugar porque el callejero quedó en el callejero y no la memoria de la gente así que no preguntes donde está la calle 58 porque nadie lo sabrá y porque no tiene porque estar al lado de la calle 57. El sinsentido bien organizado de su tráfico, en el que subirse a una moto (sin casco, por supuesto) es una aventura de alto riesgo pero en el que, no sabes cómo, casi no se ven accidentes. Al principio le dices al motorista que, por favor, respete el semáforo en rojo y tras contestarte que para qué, si no pasa nadie, te relajas, al menos un poco, y le dejas hacer. Sorprendentemente llegas a tu destino. Bueno, tras preguntar a todos los vecinos donde está el número que buscas porque el motodop no sabe exactamente la dirección y tal vez está varios manzanas más lejos.
La cantidad de motos es asombrosa. Me imagino la cantidad de motos que puede llegar a haber en un semáforo del paseo de Gracia en hora punta y me quedo muy, muy corto. Además todas las motos, o casi todas, están destartaladas y son anticuallas.
Y el maloliente mercado donde hay que regatear por todo. Sí, maloliente porque la comida está al aire libre, el calor es insoportable y no hay ni neveras ni aire acondicionado por lo que la fruta fermenta (¿Habéis olido alguna vez el Durian, la fruta más apestosa que existe?) y la carne se reseca y desprende olor, porque los pasillos son estrechos, el techo bajo y la gente lleva horas sudando.
Pero hay que fijarse y hay que volver a ella, una y otra vez, para encontrar su parte bonita, donde uno puede descubrir interesantes contrastes, sus barrios pudientes (lástima de todas esas verjas) y casas coloniales decrépitas pero que aún mantienen su hermosura.
Ya son casi las 5 de la tarde, hora en la que cierran las comecios, la gente vuelve a casa, cambio de turno en las fábriccas, los jóvenes, que son mayoría (el 65% de la población camboyana tiene menos de 25 años), se acicalan, tanto ellas com ellos, en uno de los muchísimos peluqueros callejeros, para irse a pasear en moto, por el borde del río, con la música a todo trapo y comer en cualquier de los miles de puestos de comida.
La verdad, puede que sólo se salve el paseo al lado del río, con sus bares para tomar algo viendo el atardecer. Bares para extranjeros, bares para camboyanos y muy pocos bares para extranjeros y camboyanos.
Y también puede que yo lleve demasiado tiempo aquí y que haya que echarle demasiada imaginación para ver su cara bonita.
Y tal vez por eso me vuelvo al campo, a disfrutar de atardeceres que jamás vi en ningún otro sitio, en el que la total oscuridad de la noche resplandece por la luz de las estrellas y donde el sinfín de ruidos del bosque te invita a domir.
Javi
viernes 7 de septiembre de 2007
Bill Gates frente a los "flower powers"
Diré más de mi: creo en las multinacionales que traen trabajo y en la necesidad de empresas y empresarios, creo en que es necesaria la piedad y la colaboración pero que eso no lleve a estar siempre dando limosnas, creo que esta gente necesita trabajo y poder competir con nosotros en los mercados.
No creo en la idea de "paz y amor" con la que algunos personajes, los por mi llamados "flower-powers", aparecen por Camboya buscando su "espiritualidad", hablando de lo bonito que es el mundo, de la felicidad de las gentes de Camboya, del materialismo que rodea occidente y de lo poco que se necesita aquí para vivir cuando te sueltan la perorata sin pensar en su seguro médico, en su billete de 1.000 euros, que aquí es más de un año y medio de buen salario camboyano, en sus estómagos llenos 3 veces al día, en su "ahora me voy a Nepal y mañana a Fiji" y en que, si quieren vivir en una gruta como nuestros ancestros, es decisión suya y no imposición de la situación. ¡No hace falta que busque más!¡Quédate y trabaja! Pero trabaja.
Creo que la idea de "Paz y amor" como el amor de un padre a un hijo, al que quiere pero exige, al que brinda oportunidades y medios pero espera resultados.
Creo que este país de la sonrisa eterna necesita de esa idea si quiere que la alegría que se refleja en sus rostros no sea un mero escaparate.
Y es precisamente ese reto, llevarte una sonrisa auténtica de un niño, madre o padre, lo que hace que Camboya te enganche.
La sonrisa, el agradacemiento de una familia cuando les llevas semillas de arroz para que sean ellos quienes orgullosamente las plantes, cuando les llevas a un técnico agrícola para que les imparta clases sobre como mejorar la cosecha, cuando les das una silla de ruedas con la que poder ir a la escuela a estudiar, cuando das un préstamo de 100 dólares (y he escrito préstamo y no donación) para montar un negocio, y más aún, el orgullo que sienten al devolverte el dinero.
Creo en la labor social de las empresas y que aquí todo el mundo quiere mejorar: dales una oportunidad y verás como se agarran a ella. Los camboyanos no son tan diferentes de nosotros: quieren tener una mejor casa, quieren poder mandar a sus hijos al colegio, quieren poder comer 3 veces al día, quieren un mejor móvil, una mejor moto, ellas son presumidas y quieren ropa, ellos tamibén quieren ponerse sus mejores galas y repeinarse para impresionarlas, quieren que sus hijos no enfermen y, sí, tambien quieren poder tener tiempo libre y divertirse.
Cierto es que no todo puede juzgarse por criterios únicamente empresariales o, tal vez, sí que tenga que juzgarse todo así, sólo que los límites que pones a una inversión han de incluir parámetros diferentes: aquí como aval no tienes más que las horas de charla con la mujer que te pide el préstamo y ver como cuida su casa y a su familia pues tal hace con ella misma como hará con el dinero que le des.
A todo aquel que me hace este comentario le pongo siempre la misma pregunta:
¿Quién hace más por esta gente: Bill Gates cuando decide donar 200 millones de dólares para la investigación contra la malaria o tú repartiendo flores y predicando amor y paz?
Sin querer despreciar la hermosura de las flores la respuesta está clara.
Javi
jueves 6 de septiembre de 2007
Un blanco en Camboya o cómo sentirte un marciano

Lo primero que experimentas cuando llegas a Camboya es que todo el mundo te mira. Te sientes observado y tras repasar toda tu ropa, incluyendo la bragueta, mirarte al espejo por si tienes algo raro en la cara caes en la cuenta de que aquí el bicho raro eres tú. Al igual que te quedas mirando a un paquistaní paseando con su turbante por cualquier centro comercial de Barcelona, ellos te miran a ti.
He aquí una serie de situaciones cotidianas en las que sentirte un marciano:
1) Ir a correr. ¿Qué hace un blanco corriendo? A santo de qué corre uno se preguntan y te preguntan los camboyanos. De nada, respondes tú. Corro por correr. Esta es la mejor manera de sentirse como Forrest Gump: todos te saludan por la calle, hacen ademan de seguirte, los oyes que te dicen "Un, dos, tres", ya sea en inglés o en jemer, mientras saltan sobre sus pies como si corriesen, todos, absolutamente todos, los niños saben decir "Hello", algunos te siguen en bici, otros en moto, las conversaciones se paran, las mujeres rien, los perros te ladran extrañados y te persiguen. Hasta la recepcionista del gimnasio cuando te ve correr deprisa (demasiado deprisa para su gusto) se acerca a ti abriéndose camino entre un corrillo de camboyanos expectantes, y te dice: "No hace falta que corras, te vas a cansar". "¿¿No se supone que estoy en un gimnasio y deberías estar acostumbrada??" piensas, jadeante en la cinta, cuando la escuchas.
Ponerse a hacer series (repeticiones) de unos 200 metros es hilarante. Si no estuvieras ahogado por el esfuerzo te reirías de todo. Ver a un tipo correr , pararse, y volver corriendo en sentido contrario los desconcierta sobremanera. Hasta el punto que todo el vecindario sale a verte, sacan las sillas y se sientan a observar el paso del Expreso de Occidente. Y, bueno, si por cualquier motivo vas sin camiseta es el acabóse con tu piel blanca reluciente y tu vello en el pecho. Ya no eres de Martes, eres de Júpiter.
2) Caminar. Ya no se trata de ir a correr con tus ropas estrafalarias sino de caminar simplemente. Se van acercando los moto-dops (moto taxis) y te preguntan, uno tras otro si quieres que te lleven. Les respondes que quieres caminar. Te miran extrañados por la respuesta, por habérselo dicho en jemer y porque, si miras alrededor, ves que es un jungla en donde las aceras o brillan por su ausencia o están saturadas de coches y grandes todoterrenos.
2) Comprar un coche y pedirle al vendedor que, un día antes de entregártelo, te diga el número de matrícula para informar al segura y que te responda: "No tiene matrícula. Usted pidió un coche, no un coche con matrícula".
3) Intentar hacerle entender que necesitas la matrícula. Su respuesta es aún más contundente: "Pero si puede conducir sin matrícula. En Camboya mucha gente lo hace". Se ve que el concepto del seguro no está muy extendido.
4) Ponerte el cinturón de seguridad en el coche y pedirle a los camboyanos que se lo pongan. Su respuesta siempre es, con cara de sorpresa porque se lo digas y porque muchos jamás se han puesto uno ni saben cómo se utiliza, que no les gusta. La cara de marciano la pones tú cuando te subes a un taxi y ves que con lo holgado que va el cinturón podrían caber todos los que van el taxi (y hablamos de 9 personas). Al comentárselo al conductor la respuesta es concluyente: Así es más cómodo.
5) Hacer intentar comprender que en un coche caben 5 personas. Ése número queda auténticamente desfasado por las leyes de la física: En un coche caben tantas personas como volumen haya. En un taxi ése número varía entre 8 y 9. Te subes a un taxi, te sientas en el asiento del copiloto y esperas a que el coche arranque (bueno, más bien que parta porque les encanta dejar el motor encendido durante horas sin necesidad alguna) cuando ves que otro individuo intenta sentarse donde estás tú. Tú, sorprendido, dices que nones, que has pagado por ese asiento. Pero no, estás equivocado, has pagado sólo la mitad del asiento. Resginado aceptas o pagas doble, pero como el tipo ya está ahí no puedes echarle, al menos a las buenas. No has acabado de digirir este cambio de planes cuando ves que una mujer se sienta en el asiento del conductor y pienas "¡Qué raro! una mujer conduciendo" (hay que tener en cuenta que es un país muy machista). Pero no, vuelves a estar equivocado pues esa mujer, de golpe, se estruja hacia ti cuando el conductor quiere entrar. Hete aquí como entran 4 personas adultas delante. Lo más divertido del caso es cuando el coche no es automático, que la mayoría de taxis lo son, y ves como la mujer, o persona correspondiente, ha de separar las piernas para que el conductor pueda cambiar de marcha. Y todo esto con 5 personas más en el asiento trasero, las que tú pensabas que cabían en un coche.
6) Pensar que una furgoneta no caben más cosas. Siempre, repito, siempre caben más cosas. Y más personas. No sé el tiempo que tardarán en montar todo lo que llegan a cargar para que no se caiga. No tendrán estudios y algunos serán cortos o muy cortos pero de verdad que los que montan eso podrían dedicarse a la logística. En una furgoneta, con la parte trasera abierta, pueden caber: Un par de motos, unas 15 personas, 10 sacos de arroz de unos 50 kg. cada uno y fardos y más fardos. Todo bien asegurado con cuerdas. Y digo todo y no todos porque las personas van como buenamente puedan. Fuera y dentro pues dentro hay tanta gente como la norma explicada en el punto número 5. Y ¿dónde caben más cosas o personas? ¡En el capó! He ahí la nueva campaña de la DGT. Un hombre sentado en el capó agarrándose con sus manos en cualquier rendija y, para velar por su seguridad, con un casco. Pero, hombre ¡¿no te das cuenta que ahí sentado por mucho casco que lleves si hay un frenazo o un choque sales disparado cual hombre bala?!
7) Hablar jemer. Eres como el loro que habla, el mono del circo, o un austronauta en medio de la playa en verano: eres la atracción. Muchas veces no te entienden la primera vez que te diriges a ellos. Se lo tienes que repetir un par de veces hasta que se dan cuenta que sí, que tú, el extranjero, les estás hablando en su lengua. Entonces la vendedora se lo dice a los demás y ellos le preguntan "¿Sabe jemer?" y cuando eres tú el que responde "Baat" (sí) se oyen risas. Sí, sí, el barran (extranjero) habla jemer. Puedes tener a una decena de personas mirándote y preguntándote cosas. Otros no se atreven a hablar y tan sólo te observan.
7) Decir que no quieres hielo. Es costumbre camboyana llenar con hielos los vasos hasta que rebosen. Luego verterán el líquido pero primero va el hielo. Por favor, si no quieres hielo ¡no se te ocurra tirarlo al suelo! Aquí se servirá en el siguiente vaso. Y bueno, si ya lo has tirado ¿qué más da? Se le echa un poco de agua, se sacude con la mano y ya está, de vuelta a la nevera.
8) Perseguir a alguien porque te quieres gastar tú dinero en su empresa. Pero cuando hablo de perseguir, hablo de llamadas de teléfono durante meses. "¿Qué pasa?¿Mi dinero no te gusta?". Es que me iba mal, es que ya le llamaré,.....Pero no hay que creerse que sólo es cuando uno quiere entablar relaciones con una empresa. ¡Qué va! ¿Qué habías quedado con alguien para pagarle 20.000 dólares? Tranquilo, ya vendrá otro día.
9) El banco. El primer día que vas al banco a sacar dinero llevas tu pasaporte encima para poderlo sacar cuando te pidan que te identifiques. Ese pasaporte no saldrá del bolsillo. Rellenas el impreso, ya sea solicitando 1 ó 100.000 dólares, lo entregas junto con la libreta de la cuenta y te devuelven el dinero, después de haber pasado por 15 pares de manos diferentes. Mejor no preguntes y mejor no pierdas la libreta, ya que está visto que el nombre del titular no importa en absoluto.
10) Los fajos de billete a la vista en las casas de cambio y en el banco. ¿Qué es eso de tener que avisar al banco con un par de días de antelación para cobrar un cheque de 4.000 euros? Aquí puedes tener a la vista 100.000 dólares. Miras alrededor extrañado hasta que ves a un aletargado policía (condición bastante habitual en los camboyanos) con una metralleta que asusta no sólo por lo grande que es si no por lo oxidada y vieja que parece y porque has oido historias de que son de gatillo fácil.
Para acabar, sólo una recomendación: tómate las cosas con calma. Si te estresas estás acabado. Estar visitando a una familia, a la que has ido a ver para recoger un papel que te piden en el colegio, y acabar echándote una siesta, comer unos plátanos y asistir a una reunión en la que nadie dice nada durante minutos y más minutos es....el pan nuestro de cada día. Tus planes de ver a 5 familias en un par de horas saltan por los aires. Paciencia, mucha paciencia.
Como paciencia para que pasen los mails. Por suerte hoy no llueve y no habrá problemas (eso creo) porque cuando sí llueve, se corta muy a menudo. Y al llamar a la compañía de teléfono (a la que pagas más de 200 dólares al mes por este servicio) te contestan: es que llueve. ¡¿Qué pasa?¿Qué no llueve nunca en este país de monzones?!
Javi
martes 4 de septiembre de 2007
Condiciones sanitarias en Camboya
Viviendo en Europa das un gran número de cosas por descontadas. Tantas y tan obvias te parecen que si te pregutan cuales son no sabrías qué contestar o tendrías que pensar en ello.Una de ellas es la sanidad. A todos nos parece lógico que si uno se pone enfermo, aunque sea levemente, haya en algún lugar un médico que le asista y unas pastillas que tomarse. Y todo aquel que viene aquí me pregunta: ¿Hay seguridad social en Camboya?. Pues la respuesta es, por descontado, no.
No hay cobertura sanitaria y todo el que quiera ir al hospital ha de costeárselo ya sea endeudándose, tirando de los pocos ahorros que tenga él y/o su familia o vendiéndose el negocio.
Es por ello que se yendo de pueblo en pueblo uno se queda asombrado de las infecciones que ve. Por lo antes explicado y por la falta de higiene del país. Las bolsas de pus en cualquier parte del cuerpo son asombrosas y la gente aplica la medicina del "ya se curará" ayudada de trapos sucios para secar la sangre y de cuchillos oxidados apoyados en el suelo para arrancar la crosta, hacer un agujero en la herida y permitir su drenaje. Sin embargo, muchas veces no es necesario facilitar el drenaje ya que los abcesos de pus son tan grandes que, al igual que un grano de acné pero de dimensiones mucho mayores, hacen tanta presión en la piel que ésta se acaba abriendo.
El niño de la foto tiene tan sólo 3 años pero tiene pánico a los mal llamados "médicos" que no paran de apretarle en la herida, día sí y día también, para intentar expulsar el pus y la sangre. Sólo que parece que lo más adecuado tras casi un mes con esa infección es llevarle al hospital.
Pero cuando lo llevan al centro de salud de su pueblo lo único que hacen para ayudar es decirle a los padres que está bien y que le afeiten la cabeza. Ahora resultará que afeitar el lado izquierdo del cráneo ayuda a sanar una herida en la parte derecha.
Ayer me econtré a este niño y hoy, tras convencer a los padres que, según ellos, no tenían tiempo, me lo he llevado al hospital provincial de Battambang.
Al llegar allí los médicos, que estos sí son médicos o al menos lo parecen, no han dudado en hacer lo que había que hacer: desinfectar la herida a base de chorros de yodo, arrancar la crosta, abrir la herida para permitir su drenaje y luego taparla con una gasa desinfectada.
Y en todo ese proceso ¿qué damos por descontado que el médico nos daría? Aquello que, lógicamente aquí, no se da: anestesia.
Personalmente le he pedido al médico un poco de "anesthesie" pero, medio riéndose, que no sonriendo, me ha mirado a la cara para responderme que eso es sólo para operaciones mayores y que en Europa, donde damos las cosas por sentadas, estamos malacostumbrados.
Los gritos de dolor de un niño de 3 años tumbado en una camilla agarrado por su padre y un desconocido (el que escribe) a la vez que chillaba "¡Crupet!¡crupet!" (médico, médico) mientras éste le arrancaba la crosta me han hecho pensar en todo aquello que damos por descontado y en mi fútil ofrecimiento de comprar lidocaína, reservada para mayores intervenciones.
Tras las curas, las medicinas. También las hemos comprado nosotros pues tampoco son gratuitas. Y sin medicinas mañana volvería a estar igual. Tratamiento de Eritromicina, un antibiótico, y Paracetamol, un analgésico, para una semana: 2.000 rieles, es decir, 40 céntimos de euro.
¿Te imaginas no poder curar a tu hijo porque no tienes disponibles 40 céntimos de euro y el dinero del pasaje del bus hasta el hospital?
Y aquí todos daban por descontado el llanto del niño. Y que las medicinas las paga cada uno de su bolsillo.
Y nadie pensaba en la lidocaína.